1. Consagración a la Sagrada Familia (14-V-51)

“El Fundador del Opus Dei”, biografía escrita por Andrés Vázquez de Prada

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En el decreto por el que se aprobó definitivamente el Opus Dei y su Derecho particular se hace somera mención del crecimiento de la Obra en los años que van de 1947, en que aparece la Constitución Apostólica Provida Mater Ecclesia, hasta 1950. En esos tres años y pico se ha verificado, dice el preámbulo del decreto, un prodigioso desarrollo del Opus Dei. Primeramente en cuanto al número de sus miembros, pues, «por bondad divina, se ha multiplicado como el pequeño grano de mostaza sembrado en el campo del Señor, el cual crece hasta hacerse árbol de gran tamaño». Y, luego, «en cuanto a la extensión territorial, porque cuenta actualmente con más de un centenar de centros, repartidos por diversos países» |# 1|.

La expansión a otros países no requirió, por parte de la Obra, especiales preparativos. Durante el verano de 1948 —como va dicho—, algunos jóvenes universitarios habían asistido a cursos de formación en Molinoviejo. Acerca de esos jóvenes escribía el Padre a los de Roma: Aquí hay un grupo de portugueses, de italianos y de mexicanos, que, si nosotros les sabemos empujar, serán un fundamento fuerte y santo |# 2|. Efectivamente, en el otoño de 1949 algunos de ellos estaban ya instalados, de manera estable, en media docena de países. Sus recursos no eran otros que lo que pudieran ganar con el ejercicio de su profesión civil, que es la manera corriente de sostener económicamente las labores apostólicas de la Obra. Pero los comienzos —como más adelante se verá— fueron muy duros. (In paupertate et laetitia, dejó escrito el Padre en el diario de Palermo). Y, como no era difícil de prever, a los pocos días tropezaron los de Palermo con las primeras dificultades. El Padre les animará, insistiendo en su lema de santa alegría:

Me da alegría vuestra alegría: y no hay motivo para menos. [...] Paciencia. Las fundaciones de nuestras casas —como fue la de la Obra— son así: la riqueza de la pobreza, el querer de Dios y nuestra correspondencia ¡con toda el alma y todos los sentidos y todas las fuerzas! |# 3|.

Aparte de Italia y Portugal, en cuyos comienzos intervino personalmente don Josemaría, sus hijos se establecieron a primera hora en Inglaterra, Irlanda, México y Estados Unidos; y en 1950 en Chile y Argentina. La expansión comenzó por Europa. En la Navidad de 1946, el 28 de diciembre, llegó a Londres un joven investigador en bioquímica, Juan Antonio Galarraga, aunque no en avanzada solitaria, porque los que van a Londres —escribía pocos días antes el Padre— deben pensar en Dublín y en París. Urge preparar las cosas en los tres países |# 4|.

En octubre de 1947 se comenzó en Dublín y en París. A Irlanda fue un ingeniero, José Ramón Madurga, que pronto se colocó profesionalmente; y no pasó mucho tiempo sin que el Fundador pudiera hablar de lo que calificaba el milagro de Irlanda. Y lo llamaba así porque, antes de que apareciese un sacerdote de la Obra por la isla, ya había enviado el Señor varias personas irlandesas —hombres y mujeres— a aquella incipiente labor apostólica |# 5|.

Los comienzos en París tenían diferentes antecedentes históricos. El Padre se encargó de recordarlo al punto de dar la bendición de viaje a Fernando Maycas y a los dos estudiantes —Álvaro Calleja y Julián Urbistondo—que le acompañaban. Les trajo a la memoria los preparativos hechos en junio de 1936 y cómo el estallido de la guerra civil española cortó de raíz el proyecto. Pero ni las oraciones ni la mortificación del Fundador por el apostolado en Francia habían quedado interrumpidas. A París llevaron como reliquia un trozo del sudario de Isidoro Zorzano, que el Padre les entregó para que encomendaran a su intercesión aquella aventura apostólica |# 6|.

Como bien pensó el Padre, el salto del charco requería un previo viaje de reconocimiento. Este encargo de cruzar el Atlántico y recorrer buena parte de los Estados del continente americano recayó en Pedro Casciaro |# 7|. De retorno a España informó al Padre sobre su gira por varios países; y el Fundador decidió empezar por México y Estados Unidos. El 18 de enero de 1949 ya se hallaba Pedro en la capital mexicana; y el 19 de marzo el Arzobispo de México celebraba misa en el oratorio del primer centro del Opus Dei en América |# 8|.

Unas semanas antes, el jueves 17 de febrero llegaba a Nueva York José Luis Múzquiz acompañado de Salvador Martínez Ferigle. Cuando partieron de Madrid, el Padre, apenado por no tener unos dólares que darles, les decía: hijos míos, no puedo daros nada: solamente mi bendición |# 9|. Y añadía luego unas palabras de consejo: Hay que hacerse muy americanos, con buen humor, alegría y visión sobrenatural. Algo más valioso que el dinero entregó a sus hijos. El regalo consistía en una imagen de la Virgen, un pequeño cuadro que había presidido círculos y tertulias en la habitación del Hotel Sabadell de Burgos, donde vivieron en 1938, durante la guerra |# 10|.

De buena gana el Fundador les hubiera acompañado en el viaje y compartido con ellos las aventuras divinas de primera hora. Cuántas veces, al escribir a los primeros que ponían pie en un país remoto, se encendía su corazón en afán apostólico y le venían a la memoria recuerdos lejanos, que suscitaban en el Padre una santa envidia |# 11|. Por eso, cuando situaba a sus hijos en el extranjero, era siempre dentro de una recta perspectiva apostólica:

Sé que estás abriendo camino, en esa ciudad inmensa. Te acompaño y te encomiendo, porque con tu fidelidad y tu trabajo vas a lograr que, más adelante, se haga ahí una gran labor de almas. A veces, os tengo verdadera envidia, y me hacéis recordar aquellos primeros tiempos, también heroicos |# 12|.

El Padre, desde la ribera del presente, y meditando lo que había sido la gestación de la Obra, veía a sus hijos seguros, protegidos por la Virgen. Y, si cometían pequeñas imprudencias o equivocaciones, de ello se serviría el Señor para que ganasen experiencia e irles dando madurez. ¿Acaso no había hecho eso mismo con él, sorprendiéndole docenas de veces con descubrimientos insospechados y providenciales? Desde lejos, el Fundador amparaba a sus hijos con oraciones, día y noche. Encauzaba sus impaciencias, les alentaba en sus fatigas, les acompañaba en su aislamiento |# 13|. Sentir el frío de la soledad, era lo más recio, sin duda alguna. Por eso tenía espiritualmente presentes en todo momento a aquellos de sus hijos sin compañía, en tierras lejanas:

Muy queridos londinenses —escribía desde Roma—. ¡Cuántas veces os nombramos, en esta casa! Vuestras cartas se leen y se releen y saben a poco |# 14|.

Me doy cuenta —dice a otro aislado en Chile— de tu soledad, que es sólo aparente (¡te acompañamos tanto!) |# 15|.

Todos se hallaban embarcados en una misma empresa, de ello eran conscientes. Pero no todos estaban curtidos por las duras experiencias que de sobra conocía el Fundador, ni tenían la paciencia de esperar con calma los frutos anhelados, que no terminaban de llegar. Esas tardanzas les ponían nerviosos, olvidando que antes de sembrar es preciso una bendita labor de arada |# 16|; y, después de la sementera, hay que dar tiempo al tiempo para que la semilla arraigue, y crezca, y grane. No se cansaba el Fundador de recordarlo a unos y a otros.

Que estéis contentos: roturar es cosa muy recia... ¡para tiazos, como vosotros! |# 17|, decía a los de París; y a los de Estados Unidos también procuraba animarles:

¡Cosa envidiable, roturar! Ya os lo he dicho otras veces: y más si la cosecha se avecina rápida y fecunda, como va a suceder ahí |# 18|.

En algún país, por excepción, la tierra estaba propicia y mullida. Apenas se cumplían tres meses de su llegada a México cuando el Padre les escribía desde Roma:

Muy contento de vosotros: y, como esa tierra es feraz, esperando la cosecha casi enseguida de la siembra |# 19|.

Pero aun siendo sobrenaturalmente razonables los consejos que les daba el Padre sobre la roturación y el ejercicio de la paciencia, a sus hijos, gente joven, aquellas labores les resultaban lentas. De manera que el Fundador, que llevaba sobre sus hombros un pesado manto de obligaciones económicas y de urgencia de almas, tenía que estar de continuo moderando sus propias impaciencias y las del prójimo. Tal fue el tono de aquella oscura y humilde etapa de los primeros años de expansión, antes de que el Señor invitara a un buen puñado de gente a pedir la incorporación al Opus Dei:

Roma, 20 de junio, 1950.

Queridísimos: que Jesús me bendiga a esos hijos de Inglaterra.

Leo y releo vuestras cartas, siempre con la ilusión de que cambiemos pronto el rumbo en esas tierras. Encomendad las cosas y tened un poquitín de paciencia.

Mientras, estad muy unidos, cumplidme bien las normas, y convenceos de que vuestra labor actual, oscura y sin extensión, es indispensable, para llegar a las otras etapas.

¡Muchas ganas de veros, muchas!

Aquí todo muy bien, pero despacio. Así os doy ejemplo de paciencia.

Un abrazo muy fuerte y la bendición de vuestro Padre

Mariano |# 20|.

Don Josemaría, con larga experiencia fundacional, casi un cuarto de siglo, esperaba que el Señor bendijera a sus hijos con la Cruz, porque ése era el camino normal en el Opus Dei. Surgían, ciertamente, dificultades de menor cuantía; pegas y pequeñeces las llamaba el Padre, sin concederles mayor importancia. Pero se adelantaba a anunciarles que no faltarían en su camino obstáculos mayores. Al milagro de Irlanda, por ejemplo, que era un rosal de floración inesperada, no tardaron mucho en venirle las espinas, como reconoce el Padre en carta de junio de 1950 a sus hijas de Irlanda:

Queridísimas: Agradezco de veras vuestras cartas, que leo siempre con mucho gusto. A su tiempo, supe la pequeña contradicción que tuvisteis: no sabéis qué alegría tan grande tuve yo, al pensar que el Señor permitía que, ¡por fin!, comenzarais a sufrir un poquito por vuestra vocación |# 21|.

Como veis, la cosa en sí no tiene ninguna importancia, seguía diciéndoles el Padre. Eran unas palabras de consolación, porque el sufrimiento de sus hijas de Irlanda duró largos meses. Un año más tarde volvía a escribirles sobre el mismo asunto:

Roma, 23 de abril, 1951.

Que Jesús me guarde a esas hijas de Irlanda.

Queridísimas: muy contento de vosotras, y seguro de que el Señor también está contento.

Estad alegres: cuando se sigue a Jesucristo, hay que contar siempre con alguna bendita contradicción. Y ésa de ahí es bien pequeña.

Sed fieles, y pasará la nube pronto.

¡Cuánto y qué bueno es todo lo que esperamos de esa amadísima Irlanda, para servicio de nuestra Madre la Iglesia y extensión del Reino de Jesucristo!

Que la Santísima Virgen os presida siempre, y así seréis, como la Obra nos quiere, sembradoras de paz y de alegría.

La bendición de vuestro Padre

Mariano

Os envío una imagen de Nuestra Señora, que os darán con esta carta |# 22|.

El confusionismo, base de aquella contradicción, lo disiparon el correr del tiempo y la prudencia del Fundador. El asunto era un claro ejemplo de las dificultades que encontraban algunos religiosos —en este caso el Arzobispo de Dublín— para entender el carácter secular del Opus Dei y la novedad que representaban en la historia de la Iglesia los Institutos Seculares. Calificando el hecho de pequeña contradicción, el Fundador animaba a sus hijas y a sus hijos a no perder la alegría, a no faltar a la caridad y a que se abstuvieran de juzgar |# 23|.

Refiriéndose a la contradicción que para los de Irlanda suponía la actitud negativa de Mons. McQuaid, les recomendaba paciencia: ¡Calma! No olvides —advertía a uno de ellos— que el Señor escribe derecho con líneas torcidas |# 24|.

* * *

Puede asegurarse que con el decreto de aprobación definitiva quedaba clausurada otra etapa de la historia del Opus Dei. Pero el itinerario jurídico que el Fundador recorrió con su grey fue —si echamos una mirada atrás y otra adelante— un continuo trashumar. De momento se encontraba viajando entre los Institutos Seculares, aunque decidido a abandonar dicha compañía y seguir su camino, cuando llegase el momento oportuno de obtener una forma jurídica plenamente conforme a la naturaleza teológica y pastoral del Opus Dei. En todo caso, por aquellos días, el horizonte estaba sereno y don Josemaría se mostraba contento, sobre todo por haber resuelto el problema de los sacerdotes seculares diocesanos |# 25|. Aunque de su correspondencia se escapa, a veces, una nota de cansancio |# 26|.

Cuando don Josemaría apareció en Roma, en 1946, iba con el alma estrujada, sin saber lo que le reservaba la historia. Su destino fue un sostenido batallar, hasta el final de sus días, intentando abrirse camino por entre las instituciones canónicas. Era, por tanto, natural que esa ininterrumpida tensión de espíritu provocara, junto con un evidente desgaste de energía física, una más sutil erosión en el ánimo del Fundador, el cual reconoce que las circunstancias exigían poner en práctica la virtud de la paciencia hasta el grado más heroico |# 27|. Tan continuado fue el ejercicio excelso de esta virtud, que llenó todas las jornadas de su vida; ya que, por una u otra razón, jamás le faltaron ocasiones de ejercitarla cristianamente, en especial durante los largos períodos en que andaba necesitado de reposo.

El dicho de que el Señor escribe derecho con líneas torcidas, quedó fuertemente grabado en su memoria, como producto de dolorosas experiencias personales; y como expresión de una lógica divina, que no siempre cuadra con el saber humano. Entre los dichos que frecuentemente repetía, y procuraba inculcar en sus hijos, hay uno especialmente dulce y amable. Y es éste: que a los padres les debemos la vida y el noventa por ciento de la vocación |# 28|. Además, la caridad rectamente ordenada lleva a amar y practicar el cuarto mandamiento: el dulcísimo precepto del Decálogo |# 29|.

Pues bien, no pasaron muchas semanas, después de la aprobación definitiva del Opus Dei, cuando de nuevo comenzaron los ataques, robando la paz a los hogares y haciendo del dulcísimo precepto un mar de amargura |# 30|. Se trataba de viejos métodos, empleados ya en España. Acababa de lograr el Fundador, en 1950, la aprobación definitiva de la Santa Sede y daba por descontado que con ello cesarían los ataques a la Obra. Pero se equivocó. Al cabo de unos meses los antiguos detractores volvieron a las andadas, sembrando la tribulación y el desconcierto entre las familias de los miembros del Opus Dei en Italia. Detrás de este primer ataque vino una asechanza aún más taimada; y, en vista de que también fracasó esta insidia, se reorganizaron de nuevo los ataques, sin que esto impidiera la rápida y constante expansión de la Obra.

Antes de estos sucesos, los jóvenes estudiantes que frecuentaban el Pensionato vivían felices al lado del Padre, el cual mantenía con las familias de sus hijos relaciones llenas de afecto sobrenatural y humano. Quería el Fundador que los padres palpasen y se impregnaran del ambiente de familia que reinaba en el Opus Dei. Era admirable ver el cariño del Fundador, que, en medio de sus muchas ocupaciones y agobios, procuraba hacer partícipes a los padres del calor familiar del Opus Dei, dándoles noticias de sus hijos, y pidiéndoles colaboración y oraciones, para que sintiesen la Obra como algo suyo, porque lo era realmente.

Esta delicada intimidad en el trato con las familias de sus hijos es claramente perceptible a través de su correspondencia. He aquí una carta a la madre de Mario Lantini, al año de haber pedido su hijo la admisión en la Obra:

Muy distinguida señora:

He recibido su amable carta, que le agradezco sinceramente, por cuanto me dice, especialmente por sus oraciones que son, sin duda alguna, el mejor regalo que tanto Vd. como su marido pueden hacer al Opus Dei y a sus miembros.

Estoy, muy de veras, contento de la vocación de su hijo Mario y doy por ello gracias a Dios: trabaja siempre con la alegría y el entusiasmo de quien está sirviendo al Señor. Al contemplar a su hijo pienso, forzosamente, en la bondad de los padres, a quienes debe en parte su vocación.

Pidiéndoles que continúen encomendando al Señor el Opus Dei, le saluda y bendice

Josemescrivá de B. |# 31|.

Una vez iniciados, desde el Pensionato, los viajes apostólicos a diversas ciudades de Italia, aumentó también el número de personas que en Roma se incorporaban a la Obra.

En abril de 1949 pidió la admisión en el Opus Dei un estudiante sudamericano —Juan Larrea—, cuya familia no veía con agrado la decisión del hijo |# 32|. Tal vez por desconocimiento de lo que realmente era el Opus Dei, o acaso porque tal decisión desbarataba planes e ilusiones familiares. Sobre lo ocurrido testimonia Juan Larrea:

«Por entonces mi padre era embajador del Ecuador ante la Santa Sede y me dijo que consultase el caso con Mons. Montini, Sustituto de la Secretaría de Estado. Hablé con Mons. Montini, contándole mi historia y después de larga y cariñosa conversación, Mons. Montini me dijo: tendré una palabra de paz para su padre. Días después recibió a mi padre diciéndole que había hablado con Pío XII y que le había dicho: "Diga Vd. al embajador que en ningún sitio estará mejor su hijo que en el Opus Dei".

Veinte años más tarde, siendo yo Obispo, visité a Mons. Montini, que era el Papa Pablo VI, y me recordó con amabilidad la audiencia antes descrita» |# 33|.

Distinta postura era la de aquellos padres que se oponían a la decisión tomada por sus hijos, por las maquinaciones de personas celosas, que atizaban un primer descontento en el seno de las familias hasta transformarlo en abierta oposición dentro del hogar. El Fundador abrigaba la esperanza de que con el Decreto Primum inter se deshiciera este tipo de contradicción. Sin embargo los hechos no lo confirmaron.

En abril de 1949 había pedido la admisión en la Obra un joven de veintiún años, que frecuentaba Villa Tevere. Se llamaba Umberto Farri. Por deseo del Fundador fue a Milán en 1950 y en noviembre de 1951 regresó a Roma. Entre tanto, su padre, el Sr. Francesco Farri, había establecido relación con los padres de otros estudiantes universitarios que, al igual que su hijo Umberto, habían pedido la admisión en el Opus Dei y frecuentaban Villa Tevere. Todo ocurrió con tan gran rapidez que el daño causado en algunos hogares a las relaciones cordiales existentes entre padres e hijos no parecía tener ya remedio. En particular cuando, a última hora, el Sr. Farri, con el consejo y orientación del padre jesuita A. Martini, preparó una notificación de protesta, dirigida personalmente a Su Santidad Pío XII. El escrito llevaba fecha del 25 de abril de 1951 y recogía las firmas de cinco padres de miembros del Opus Dei |# 34|.

«Beatísimo Padre —comenzaba el escrito—:

con filial confianza se presentan a los pies de Vuestra Santidad los cabezas de un grupo de familias y manifiestan que la tranquilidad de que han gozado hasta el año 1947 ha sido sucesivamente interrumpida y turbada por una causa verdaderamente grave.

Esta angustiosa situación es debida al hecho de que jóvenes pertenecientes a estas familias han llegado a incumplir los deberes familiares para con sus Padres y Parientes; y, algunos de esos jóvenes, también las exigencias de sus estudios, a los que anteriormente se habían dedicado con diligencia y buenos resultados. Todo lo cual ha originado el consiguiente trastorno en su preparación para la vida; y en la lealtad y sinceridad de su comportamiento respecto a sus Padres y a los Padres Espirituales, apartándose de los principios humanos y cristianos que constituían el ambiente de sus hogares y el de las Asociaciones religiosas que antes frecuentaban» |# 35|.

Más adelante exponen en el escrito sus dudas sobre la vocación de sus hijos al Opus Dei, «porque todo lo acaecido se ha desarrollado en una atmósfera que no parece corresponder a la lealtad del espíritu de Dios y, sobre todo, no ofrece garantía de que el ánimo de estos jóvenes no haya sido artificiosamente conducido a tomar decisiones para las que no se hallaban preparados».

En consecuencia, la conciencia de los Padres —según denuncia la notificación— está constreñida por la angustia, y ellos mismos, «preocupados por la pérdida, por parte de sus hijos, de los valores morales»; pero más nos hace cavilar —continúan— que los miembros del Instituto Opus Dei «desarrollan una labor de proselitismo con procedimientos que no responden a la tradición de lealtad y de claridad de la Iglesia, en esta materia» |# 36|.

«Las Familias —termina el escrito— esperan y solicitan que se les consuele en esta situación en que se ve destruida su paz interior. No pretenden oponerse a las legítimas aspiraciones y a la eventual vocación de sus hijos, pero piden que vuelvan a sus estudios para terminarlos en el ambiente normal en que ha discurrido su vida y, después de consultar a hombres doctos, píos y con experiencia, tomen su decisión definitiva» |# 37|.

El escrito es una desmesurada denuncia condenatoria del apostolado del Opus Dei y un acto de fuerte presión ejercida sobre el Papa, en el momento histórico en que acababa de aprobar de manera definitiva la Obra, en 1950, para que dejase sentir el peso de su autoridad soberana.

«Esto, Santo Padre —son las palabras finales—, le piden encarecidamente y esperan obtener de Su bondad paterna». Viene luego la fecha: Roma, 25 de abril de 1951; y las firmas de los cinco peticionarios.

¿Cuál fue la reacción del Padre al enterarse? Don Josemaría, como hiciera en 1941, pidió a sus hijos callar, rezar, sonreír y trabajar |# 38|. Y sus hijos, obedientes, siguieron estrictamente esta pauta de conducta, silenciando dentro del alma los tristes sucesos de la persecución. De suerte que, como refiere Mario Lantini, sus propias experiencias personales no salieron a la luz hasta que le llegó el turno para deponer como testigo ante el tribunal del proceso de beatificación del Fundador, treinta años más tarde: «He de añadir —declara en 1983— que de todo esto hablo hoy por vez primera, y con dolor, porque Mons. Escrivá siempre nos prohibió, de manera explícita, tratar de ello, para que no faltásemos a la caridad, ni aunque fuese hablando entre nosotros, según se dice en un punto de Camino (n.443): cuando no puedas alabar, cállate. Por consiguiente, los episodios que yo he vivido no se conocen en el ámbito de la Obra si no es por los interesados, por el Fundador y por don Álvaro, entonces Consiliario de la Región italiana» |# 39|. Don Álvaro, a su vez, afirma no haber oído del Padre «una sola palabra de recriminación contra los que le difamaban, ni siquiera en los momentos más duros» |# 40|.

La reacción del Padre fue refugiarse confiadamente en el Señor. Cogió una octavilla y escribió: poner bajo el patrocinio de la Sagrada Familia, Jesús, María y José, a las familias de los nuestros: para que logren participar del gaudium cum pace de la Obra, y obtengan del Señor el cariño para el Opus Dei |# 41|.

Ese mismo año de 1951, en carta a sus hijos, hace una instantánea memoria de aquel desdichado episodio:

Me gustaría ahora contaros —escribe— los detalles de la Consagración de la Obra, y de las familias de cada asociada y de cada socio a la Sagrada Familia, el día 14 de mayo de este año, en el oratorio —que por eso se llama, desde entonces, de la Sagrada Familia— todavía sin paredes, entre trozos de tablas y de clavos, del encofrado que sostuvo el cemento de las vigas y del techo, hasta que fraguó. Pero se conservan unas notas precisas, redactadas entonces. No me extiendo más aquí, por tanto. Os comunicaré que únicamente podía acogerme al cielo, ante las maquinaciones diabólicas —¡las permitía Dios!— de ciertos desaprensivos, que hicieron firmar a algunos padres de familia un documento repleto de falsedades, y lograron que terminara en manos del Santo Padre. Jesús, María y José se ocuparon de que pasara el nublado, sin descargar ninguna granizada: todo se aclaró |# 42|.

Inmediatamente se hicieron sentir los efectos del recurso a la Sagrada Familia. La misma semana de la presentación del escrito al Sumo Pontífice se echó atrás uno de los firmantes |# 43|. El resto se percató enseguida de lo infundada que era la «angustiosa situación» de que se hablaba en la denuncia. En adelante no pusieron impedimento alguno a sus hijos, y el Señor devolvió la paz a esos hogares. La exposición de agravios hecha a Su Santidad se desvaneció por falta de peso, y don Josemaría tuvo el profundo gozo de ver crecer el afecto de las familias de sus hijos hacia el Opus Dei |# 44|.

Desde 1951 se renueva anualmente la Consagración, pidiendo —como reza la fórmula— para que Dios llene de bendiciones a los padres y hermanos de los miembros del Opus Dei, y se acerquen a la gran familia que es la Obra:

«Concédeles, Señor, que conozcan mejor cada día el espíritu de nuestro Opus Dei, al que nos llamaste para tu servicio y nuestra santificación; infunde en ellos un amor grande a nuestra Obra; haz que comprendan cada vez con luces más claras la hermosura de nuestra vocación, para que sientan un santo orgullo porque te dignaste escogernos, y para que sepan agradecer el honor que les otorgaste. Bendice especialmente la colaboración que prestan a nuestra labor apostólica, y hazles siempre partícipes de la alegría y de la paz, que Tú nos concedes como premio a nuestra entrega» |# 45|.