“A San Josemaría lo tengo clavado aquí: en la memoria y en el corazón”

Gabriel Madrid es pintor. En 1975 conoció a San Josemaría en una de las tertulias que sostuvo en Caracas (Venezuela). "Yo puedo decir que sin la ayuda del Opus Dei y sin la fe cristiana, no sería quien soy; es más, no existiría, ni tendría los hijos que tengo, ni la esposa que tengo".

En primera persona

El señor Gabriel Madrid tiene como profesión la albañilería, la pintura, la plomería y la jardinería. Desde 1972, no ha dejado de prestar sus servicios en los colegios llevados adelante por personas de la Obra y amigos en Venezuela. En su “experiencia”, como él dice, tiene el haber conocido al Fundador del Opus Dei.

“Conocí el Colegio Los Campitos en 1972. Llegué por recomendación de un cuñado que trabajaba en Altoclaro (una casa de retiros ubicada en San Antonio de Los Altos, Los Teques); la directora en ese entonces era Olga Medina. En ese año yo ya estaba casado. Tenía dos hijos. Ahora tengo seis: entre 23 y 42 años. Ya tengo 11 nietos... son los nietos los que me han vuelto viejo”, cuenta sonriente.

El señor Gabriel nos dice que tiene ascendencia española, y que nació en Colombia. “Tengo 68 años y mi especialidad es cuidar muchachas”, cuenta entre risas, refiriéndose a su oficio de vigilante. “Es que para mí la gente de Los Campitos es como mi familia. También he trabajado en el colegio Altamira y en el Santa Cruz”.

Con su atuendo de pintor, cuenta que antes de conocer a San Josemaría era tremendo, y a continuación relata algo que él mismo reconoce como insólito y superado: “Yo era travieso, no me da pena decirlo... uno tiene que reconocer los errores. Era bebedor a copa suelta, machista, ni me podían mirar porque siempre pensaba que la gente me quería hacer daño. Eso sí, siempre me ha gustado trabajar".

"De Colombia nos vinimos a Venezuela, a Maracaibo. Como a los 20 años estuve preso porque me robé a la que hoy es mi esposa; sí, me la robé, pero mi suegra me persiguió y la tuve que devolver y fui a la cárcel. Cuando salí, me la volví a llevar, pero esa vez sí me casé con ella, porque yo lo había prometido. Claro que ella me quería. Gracias a Dios las cosas después se fueron solucionando, me fui con mi esposa a Caracas... yo era prácticamente una basura”.

¿Y ahí conoció al Fundador del Opus Dei?

En 1975 yo oía por los pasillos del colegio ¡viene el Padre!; me llamó la atención aquella algarabía, aquella ¡revolución! Le pedí permiso a la directora para ir yo también a conocer al Padre. Ella me contestó enseguida que no sólo un permiso, sino dos o tres, los que fueran necesarios.

Fui a una tertulia en Altoclaro y puedo decir que no sería lo que soy ahora si no hubiese sido por ese rato en Altoclaro. Hoy me siento más católico, más humano, más sencillo, más tranquilo, más colaborador. Y todo eso desde que conocí a San Josemaría.

El Señor Gabriel sigue recordando aquel año 1975.

“A San Josemaría lo tengo clavado aquí en la memoria y en el corazón: recuerdo perfectamente cómo caminaba, cómo se movía, cómo hablaba. Para mí San Josemaría era un santo desde antes de morirse. A mí él se me sembró muy adentro. Se me erizaban los pelos cuando lo escuchaba hablar y hasta lloré, y eso que yo no era llorón. Ahora sí soy, porque ya me estoy poniendo viejo”.

“Recuerdo como si fuera ahora una frase que le dijo a una señora que le preguntó acerca del sufrimiento y que me llegó muy adentro. El Padre caminaba de un lado a otro, levantó su mano derecha así -el señor Gabriel se pone de pie y describe los movimientos de San Josemaría, uno a uno- y luego dijo: es la cruz tuya, tú ves si la cargas, si la dejas, si la sueltas... era como si me lo dijera a mí”.

“Yo puedo decir que sin la ayuda del Opus Dei y sin la fe cristiana, no sería quien soy, es más, no existiría, ni tendría los hijos que tengo; ni la esposa que tengo. Petra, mi señora, ella me aguantó mucho y lo reconozco, ella es una compañera única, ella supo soportar toda la carga. Ya hoy tenemos cuarenta y pico de años de casados”.

¿Cómo es su día desde entonces?

Me levanto a las 4:00 de la mañana y me pongo a trabajar. Me acuesto a las 10 de la noche. Todos los días rezo el Santo Rosario, eso es lo más importante. Me lo enseñaron a rezar en Los Campitos. En mi casa lo rezamos en familia. Voy a Misa todos los domingos y cuando puedo voy entre semana.

Algunos favores

Le tengo mucha devoción a San Josemaría. En mi vida me ha hecho grandes favores. Dos muy especiales con mis hijos. Uno de esos favores sé que va a ser para mí como la puerta del Cielo: fue una prueba muy fuerte. Yo le hice una promesa al Padre para que ayudara a uno de esos hijos; mucha gente me decía “deje a ese muchacho, que no tiene solución”, pero yo se lo encomendé a Josemaría, y él me lo salvó.

El segundo favor fue con mi otro hijo. Le dieron una paliza y perdió la memoria. Lo buscamos por todas partes. Cada vez que levantaba una de esas sabanitas en la morgue le pedía a Josemaría que no fuera mi hijo... que me lo salvara... Pasó el tiempo y lo encontramos vivo. Eso se lo agradezco siempre al Padre.

¿Qué le enseñó San Josemaría?

Yo soy un hombre enamorado de mi profesión, y de San Josemaría aprendí la santificación del trabajo. Siempre pienso, “si no voy a hacer un trabajo bien hecho, entonces ¿para qué lo hago?” Yo le ofrezco todo mi trabajo a Dios, y lo hago todo lo mejor que me salga, porque es para Dios, y me encomiendo a San Josemaría siempre. Y también a Don Álvaro, a mi papá y a mi mamá. Me compuse una oración que digo siempre que salgo de la casa para que Dios me proteja:

Jesucristo sea conmigo y yo con Jesucristo. Jesucristo adelante de mí y yo detrás de Jesucristo. Jesús, María y José. Las tres divinas Personas, la Santísima Trinidad, me han de acompañar a donde quiera que ande. Que el ánima de Josemaría Escrivá; el ánima de Don Álvaro del Portillo; el ánima de Lascario Madrid, mi padre y de Dominga Burgos, mi madre, me han de acompañar, amén.