Al recordar todos estos años…

Ángel Medina Alonso, un agregado sevillano del Opus Dei, cuenta su historia

En primera persona

Somos ocho hermanos y es fácil imaginarse los esfuerzos y sacrificios de mi madre y de mi padre en la Sevilla de los años cincuenta y sesenta para sacarnos adelante. Mi padre era Maestro de Escuela Primaria y después de las clases trabajaba como lo que ahora se llamaría Ayudante Técnico Sanitario. Vivíamos en una barriada modesta, con las estrechuras propias de tantas familias numerosas. Recuerdo que los cinco niños dormíamos en una misma habitación, que mi padre usaba por las tardes como consulta de enfermería.

En 1967 comenzó un colegio, Altair -obra corporativa del Opus Dei,- en un descampado que había cerca de mi casa. Fui a estudiar allí. Yo no sabía nada del Opus Dei hasta que un día fui a un centro de la Obra, más que nada, por curiosidad. 

Aquel día el sacerdote predicaba una “meditación”, un rato de oración personal junto al Señor, todos juntos, en el oratorio. El sacerdote predicaba en voz alta, para ayudarnos a hacer esa oración. Y cual fue mi sorpresa cuando me encontré allí con uno de mis hermanos y con bastantes compañeros de clase.

Eso me animó, y aunque aquel centro quedaba algo lejos de mi casa, volví los siguientes días para estudiar, porque en casa, con tantos hermanos, no había sitio para eso. Pasé muchas horas en la sala de estudio  de aquel centro y me encantaban las excursiones y las tertulias musicales que se organizaban. Era un ambiente muy sano: se respiraba alegría. Mas adelante decidí asistir a una charla de formación cristiana.

Todo aquello me atraía mucho y fui aprendiendo a ofrecer las horas de estudio a Dios y a hacer un rato de oración en el oratorio cada día. Muchas veces leía puntos de Camino, que me servían para rezar. Y comencé a animar a mis amigos a acercarse a Dios. Fue el comienzo de una gran aventura.

No partía desde cero, desde luego. Había recibido de mis padres una buena formación cristiana: me habían dado el ejemplo de su propia vida, que es algo fundamental. Recuerdo que los domingos, cuando íbamos a Misa, solían confesarse, y al terminar, dejándome en libertad, me animaban a que me confesara yo también.

En el año 1972 vino San Josemaría a Sevilla y asistí a uno de los encuentros que se organizaron para jóvenes. Mis padres estuvieron en otro encuentro, en Jerez de la Frontera. 

Pasaron los meses y decidí pedir la admisión como Agregado. Soy el único en mi familia que es del Opus Dei. A los pocos años falleció mi padre y comencé a trabajar de botones en una entidad financiera, porque la economía doméstica seguía siendo precaria. Logré acabar el bachillerato asistiendo a clases nocturnas.

Ahora intento transmitir algunas enseñanzas cristianas que he aprendido en el Opus Dei: por ejemplo, el esfuerzo por mejorar en el propio trabajo, con responsabilidad personal. Cuando terminé el bachillerato, me animaron a preparar oposiciones para subir de categoría profesional. Luego estudié Derecho, compaginando la carrera con mi puesto de trabajo, y en la actualidad ocupo un puesto de abogado en mi empresa.

También me han recordado en el Opus Dei mis deberes personales de justicia y solidaridad como cristiano. Eso me ha llevado a colaborar con la Asociación de Vecinos de mi barrio, organizando actividades, como el Día de la No Violencia –para los niños-, concursos durante las Navidades y conferencias. En las fiestas del barrio, siempre que puedo y me lo piden, tomo el micrófono y presento las actuaciones musicales. También doy clases de buenos modales en asociaciones juveniles del barrio, como se ve en la fotografía, y participo como voluntario en una ONG que desarrolla programas para inmigrantes. 

Ahora vivo con mi madre, y al recordar todos estos años, doy gracias a Dios por haberme embarcado en esta aventura espiritual que me ha llevado a ayudar a los demás a mejorar -sobre todo a los jóvenes- en la medida de mis posibilidades. Es lo mismo que hicieron conmigo cuando era estudiante.