Al servicio de mi familia

“Descubrir mi vocación fue un regalo de Dios”. Son palabras de Marisol Pérez, agregada del Opus Dei en Palencia.

En primera persona

Conocí el Opus Dei cuando tenía 20 años. Estaba pasando las vacaciones en una ciudad del sur de España, cuando una amiga me invitó a una meditación. Nunca había estado en un sitio parecido; el ambiente de la casa, la gente era joven y alegre… Había un oratorio y un sacerdote nos habló de vida de oración y del trabajo bien hecho, que podía ser santificante y santificador… Aquello me resultó tan atractivo que cuando volví a casa pregunté donde podía encontrar un Centro del Opus Dei y, en siete meses, decidí que esa era la vida que quería para mí. 

En aquellos momentos mi situación familiar era un tanto complicada, porque a mi madre, que era entonces una mujer joven de 50 años, le habían diagnosticado una artritis progresiva y generalizada. A los pocos meses, tuvo que utilizar una silla de ruedas. Pude cuidarla hasta el final, durante seis años, con una incapacidad que llegó a ser total. También cuidé de mi padre hasta que falleció.

Esta atención continuada, de noche y día, me exigió algunos cambios en mi vida y no pude seguir acudiendo a clase. Me matriculé entonces en la Universidad a Distancia. Luego tuve que interrumpir mis estudios, porque no existía la especialidad de Filología Inglesa.

Cuando murió mi madre, me dediqué durante cinco años a trabajar en la Administración de unas Casas de Convivencias del Opus Dei, para que tuvieran un ambiente cuidado, acogedor, de hogar de familia. Fueron años de trabajo intenso, pero muy creativo y gratificante.

Después regresé a la Universidad. Hice la carrera y preparé las oposiciones de Enseñanza Secundaria. Obtuve la plaza en mi propia ciudad, primero de forma provisional y más tarde definitivamente, lo que me permitió estar al cuidado de mi padre sin sacarle de su ambiente.

"El sentirme y saberme hija de Dios, es la raíz de mi alegría y, por qué no decirlo, del buen humor, que es tan importante en la vida"

Ahora comprendo que, descubrir mi vocación, fue un regalo de Dios. Gracias al espíritu de la Obra, pude afrontar la dura enfermedad de mi madre, ver la voluntad de Dios en el día a día y contribuir a que otros lo vieran. El sentirme y saberme hija de Dios, es la raíz de mi alegría y, por qué no decirlo, del buen humor, que es tan importante en la vida. La oración, el abandono en las manos de Dios, la búsqueda de la santidad en el trabajo, sea el que sea, es siempre una fuente de alegría y satisfacción. 

He visto que la vida puede dar mucho de sí. En el libro de San Josemaría, Camino,  hay un punto que habla de un muelle comprimido que, cuando se suelta puede llegar lejos. Así me ha ocurrido a mí. He pasado algunos años preparando actividades en el extranjero para que otros colegas los llevaran a cabo. Luego, cuando no tuve compromisos familiares, mi trabajo me ha posibilitado viajar, acompañando a grupos de alumnos en intercambios (en el Proyecto Comenius) o  en actividades de voluntariado por diversos países como Inglaterra, Irlanda, Suecia, Polonia, Estados Unidos o Italia.

Por otra parte, vivir siempre en la misma ciudad, como es mi caso, tiene sus ventajas: conoces a muchas personas y mucha gente te conoce, especialmente cuando el trabajo profesional te obliga a tratar con los alumnos y con sus padres. Hace algún tiempo me pidieron que colaborase en una emisora de radio en una tertulia y acepté. Ahora participo en un espacio de opinión semanal y presido la Asociación Española contra el Cáncer, que tanto ayuda a las personas afectadas por esta enfermedad y a sus familiares.

En cuanto a mi experiencia en el Opus Dei puedo decir que, como todo camino que se elige libremente y que va a durar toda la vida, presenta pruebas, dificultades y dudas, pero cuando se confía en Dios, las oscuridades se desvanecen y tarde o temprano vuelve la luz.