Carta a las madres de los sacerdotes

María Luisa, supernumeraria del Opus Dei, acaba de asistir en Roma a la ordenación sacerdotal de su hijo y dirige por medio de esta página una carta abierta a las madres de los sacerdotes de todo el mundo.

En primera persona

Acabo de regresar de Roma, donde he asistido a la ordenación de mi hijo Yago, de 31 años, periodista. Y a la vuelta me han pedido: ¿por qué no nos escribes algo de estos días?

Al principio dije que sí, pero luego me he dado cuenta de que es imposible. Son sensaciones, sentimientos y recuerdos que no se pueden transmitir. Han sido días de una gracia especialísima. Recibes un don inmenso y al mismo tiempo, una gran responsabilidad. Es como si tocases el Amor de Dios con las manos. Y piensas en tantas cosas... en tu propia vocación... en la historia de la vocación de tu hijo... Las que tengáis un hijo sacerdote me entenderéis: no hay palabras para contar lo que se siente.

Por eso quiero dirigirme a vosotras en estas líneas. Cuando estuve en Santa María de la Paz, en la Iglesia Prelaticia del Opus Dei, rezando ante la tumba de San Josemaría, pensé en su madre, en doña Dolores. He leído escritos sobre su vida y sé lo que supuso para ella tener un hijo sacerdote. Lo sacrificó todo para ayudarle a sacar adelante esta partecica de la Iglesia, como llamaba su hijo al Opus Dei.

Cuando le dieron la noticia de su muerte inesperada, san Josemaría estaba predicando unos Ejercicios Espirituales a unos sacerdotes de Lérida. Les hablaba de la misión insustituible de las madres de los sacerdotes junto a sus hijos. A unos padres y madres de familia de Zaragoza les concretó en 1.960, en qué consistía esa misión.

“Algunos de vosotros tenéis a los hijos lejos -les decía-. Han ido lejos a coger la mies de Dios. Yo os digo que os quiero con toda mi alma. Y os doy la enhorabuena, porque Jesús ha tomado esos pedazos de vuestro corazón –enteros- para El sólo... ¡para El sólo!

Padres y madres de estos hijos que también son míos: ¡no habéis terminado vuestra misión en la tierra! Ellos –ellas- han venido a entregarse a Dios, a servir a la Iglesia y los tenéis metidos en tantos rincones del mundo, en África, en Asia, en toda Europa, en toda América, desde Canadá hasta la Tierra del Fuego; pronto, el año que viene, en Australia. Bien.

No habéis acabado la misión: tenéis una gran labor que hacer con vuestros hijos; una labor maravillosa, paterna y materna: santificarlos. –Padre, ¡que estoy muy lejos! -¡Con tu oración! –Padre, ¡que estoy lejos! -¡En la vida profesional, poniendo en cada momento la última piedra, haciendo las cosas bien y por amor, y con el pensamiento en esos hijos!”

Durante estos días he estado pensando mucho en estas palabras. Porque esta es ahora nuestra tarea: rezar y trabajar por amor.

Acaba de salir en la prensa una noticia que me ha gustado mucho. En Barcelona hay veintidós madres de sacerdotes que se reúnen cada mes en la Iglesia de la Merced para rezar por sus hijos sacerdotes, por todos los sacerdotes, por todas las vocaciones y por toda la Iglesia.

Yo me uno en mi oración a la oración de esas madres y quiero invitar desde aquí a todas las madres de sacerdotes del mundo que me lean, para que también se unan espiritualmente. Estoy convencida de que si le pedimos a la Virgen que le conceda a la Iglesia muchos sacerdotes santos, Ella –que es Madre de Jesucristo, Sumo y Eterno sacerdote, y Madre de todos los sacerdotes- escuchará especialmente nuestra oración.