Comienzos en Yauyos. Testimonio de Mons. Pélach

El 2 de Octubre, aniversario de la fundación del Opus Dei, se inauguró la nueva Prelatura con una Misa...

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El 1° de Octubre subimos a Yauyos y el 2 de Octubre, aniversario de la fundación del Opus Dei, se inauguró la nueva Prelatura con una Misa, lo más solemne que pudimos, en la iglesia de Yauyos, que entonces se convertía en Catedral de aquella ciudad de escasos 1.400 habitantes.

Don Ignacio distribuyó a los cinco sacerdotes: dos en Yauyos y tres en la provincia de Huarochirí acompañando a dos sacerdotes peruanos y a uno norteamericano, que estaban ya en las principales parroquias de aquella provincia. Desde el principio ningún sacerdote debía estar solo.

Así comenzamos a atender los pueblos de aquel territorio eclesiástico que, durante años, había estado abandonado en todos los aspectos. Don Ignacio era el primer obispo que visitaba la mayoría de los pueblos.

Constaba, por ejemplo, que el último obispo que visitó la región del Noroeste de Yauyos fue Santo Toribio de Mogrovejo, que estuvo en Huañec para un Concilio Límense, en el siglo XVI. Yo fui a atender la región de Lanca y Langaico en el norte de Yauyos, donde hacía veinticinco años que había estado por el último sacerdote. Estuve un mes por aquellas alturas de 4.700 metros, atendiendo todo lo que pude. La gente se tenía por católica, pero había que casar a los abuelos, bautizar y casar a sus hijos y bautizar a los nietos.

Al año de recorrer cerros y quebradas atendiendo pueblos, nos llegó un segundo equipo de seis sacerdotes de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz. ¡Qué alegría y qué respiro!

Y llegó el momento de comprar caballos y mulas, porque todos teníamos constantes salidas a los pueblos de la propia zona parroquial, por caminos de varias horas. Para Don Ignacio un caballo negro y fuerte, el “Moro”. Para mí uno color canela, el “Canelo” –precioso y de santa memoria–. El Padre Manuel Lema escogió una mula blanca como un rayo de luna, la “Gringa”. Para el P. Feliciano otra mula llamada “Mulana”, muy noble y suave porque estaba adiestrada con el “paso peruano”. Los demás compraron caballos cada uno a su gusto.

Afortunadamente en la primera reunión que tuvimos al inaugurar la Prelatura, Don Ignacio nos dijo, con visión genial, que cada noche, además del examen de conciencia, anotáramos las actividades sacerdotales de la jornada: bautizos, matrimonios, predicaciones, confesiones, comuniones, extremaunciones y horas de caballo, para que a la vuelta de los años pudiéramos informar al Fundador del Opus Dei, que había recibido de la Santa Sede el encargo de este territorio.

Cuando a los cinco años se anexó a la Prelatura la provincia de Cañete, hicimos el recuento de todo lo anotado y se publicó en la revista española Mundo Cristiano. De cada tema había un sorprendente montón. Sólo recuerdo que mis horas de cabalgar sumaban más de 8.000 horas, que equivalían a más de 40.000 kilómetros, o sea, que me sobraban para haber dado la vuelta a la tierra.

Muchos de los viajes los hice con don Ignacio, él con su “Moro” y yo con mi “Canelo”, ya fuera acompañándole a visitas pastorales, ya a visitar a los sacerdotes llevándoles alegría, buen humor y su grata compañía.

Los primeros sacerdotes en llegar a Yauyos

Recuerdo que un año, en vísperas de Navidad, estaba preparando las alforjas para salir hacia el Nor-Yauyos a atender pueblos. Don Ignacio tuvo compasión de mí, al ver que iba a pasar las Navidades solito por ahí entre cerros, y me dijo, mientras cenábamos:

-¿Y si te acompañara?

- Como quieras. Hay que atender algunos pueblos; van a ser varios días. Si quieres preparo tus alforjas, porque tenemos que salir temprano, a las dos de la madrugada.

- Yo preparo mis alforjas. Tú prepara más cebada para los caballos y así les daremos sobrealimentación en el largo camino.

A las dos, con noche cerrada, salimos de Yauyos. Con ocho horas de constante subida llegamos a la Huacha, cumbre de 5.300 metros de altura. Dejamos comer un poco a los caballos, mientras desayunábamos nosotros también. 

Arreglamos las monturas y con dos horas de bajada llegamos al distrito de Carania. Allí avisamos a la gente que el 27, de regreso, les celebraríamos la Navidad. Seguimos bajando una hora más y llegamos al pueblecito de Piños; avisamos al primero que encontramos que el 26 por la tarde, tendríamos la Navidad. Con dos horas más llegamos al distrito de Alis, que está sólo a 3.100 m. de altura. 

 

Les dijimos que el 25 a mediodía les celebraríamos la Misa de Navidad. Se pusieron contentísimos. Les pedimos que, por favor, avisaran al pueblo de Tomas, que está más arriba en la misma quebrada, que allí tendrían la Misa el mismo día 25 por la noche. Nos sirvieron un refresco –“Inca Cola”– y seguimos viaje, por el empinado atajo, a Yauricocha. 

Yauricocha es un asiento minero con unos dos mil habitantes, a 4.700 m. de altitud. Tardamos cinco horas en llegar; caían copos de nieve y el frío era inmisericorde. 

Entregamos los caballos a un obrero de la mina, para que les dieran buena cena. Nos fuimos a la iglesia, que estaba caldeada por la gente que llevaba largo rato en ella rezandoy ensayando villancicos. Ambos nos pusimos a confesar horas, hasta las 12.

Don Ignacio celebró la Misa de Noche Buena. Yo fui bautizando un montón de niños, todos tostaditos, “capocitos” por el frío, el aire y el sol de la altura. Terminamos casi juntos. Entonces, delante de la iglesia, de pie, entre abrazos y felicitaciones navideñas, nos sirvieron un pocillo de chocolate clarísimo con un par de panecillos dulces, que nos supieron a gloria.

Seguía nevando un poco. Ensillamos los caballos y salimos para el distrito de Laraos, deseando felices navidades a todos, al despedirnos.

Era negra noche; el camino avanzaba cuesta arriba hasta unos peñascos agrestes. Después todo era bajada por un valle hasta Laraos. Antes de llegar a los peñascos, seguramente que el “Moro” los vio y decidió un rotundo “¡hasta aquí no más!” Y se echó de panza al suelo.

Santuario de Cocharcas

Don Ignacio iba encima y no se cayó, más bien desmontó cómodamente; yo también me bajé del “Canelo” deprisa y con susto. Hicimos levantar al caballo y miramos si tenía la cincha demasiado ajustada o qué estaba mal en la montura.

Nos pareció que todo estaba bien y volvimos a montar. Dimos unos pasos más, y el “Moro”, de panza al suelo. Con la linterna inspeccionamos bien al caballo y la montura. Todo estaba conforme. Llevándole por el ronzal, le hicimos caminar un poco, y caminaba normal. Montamos de nuevo, y al poco trecho, otra vez el “Moro” de panza al suelo. ¡Caramba con el caballo!...

Montar y desmontar en aquellas alturas era bien penoso. Revisamos de nuevo el caballo dando vueltas con la linterna, que también decía ¡basta! Entonces don Ignacio se puso delante del caballo y, sujetándolo bien, le dio en el morro tres o cuatro sopapos bien fuertes como aviso enérgico, y nos montamos. Seguimos adelante sin más mañoserías. Se diría que el “Moro” entendió que “quien manda, manda”. Don Ignacio comentó que seguramente tenía el morro frío y con los sopapos se lo había templado. Así se acabó el problema. Me dan ganas de decir que, como que él era médico, “quien sabe, sabe”.

Cruzamos aquellos peñascos y luego, bajar y bajar hasta Laraos. Pero, mientras íbamos bajando –yo medio dormido–, don Ignacio se dio cuenta de que íbamos hacía rato suavemente por camino plano y me dijo levantando la voz:

-¡Enrique! No bajamos hace rato, esto es muy plano, ¿no será esto una acequia?

Me apeé y palpando, porque no se veía nada, me di cuenta de que realmente era una acequia sin agua.

Yo iba con el “Canelo” delante, y al cruzar la acequia el camino, no me di cuenta que el caballo agarró lo más fácil, cansado de tanto bajar.

- Y ahora ¿qué hacemos?

- Si regresamos, nos perdemos, porque ¿dónde estará el camino?

-¿Entonces?

- Mira, Ignacio, los caballos ven de noche aunque esté tan oscuro; jalamos la rienda de la derecha y si ven que pueden bajar, llegamos al fondo de valle que es donde está el camino.

- Prueba; a ver si aquí acabamos la fiesta...

- Tenemos que agarrarnos bien a la baticola con una mano, para no salir por las orejas.

- Y encomendarnos a los Custodios, por si aca!!! –dijo Don Ignacio–.

Dicho y hecho: jalé la rienda de la derecha y el “Canelo” miraba y miraba hacia abajo sin decidirse. Tuve que animarle hablándole suavemente... y se decidió con un primer paso indeciso... y allá fuimos a trancas y barrancas, ¡Dios Santo, qué pendiente! A duras penas nos mantuvimos en las sillas. Baja y baja... y por fin llegamos al fondo del valle y allí estaba el camino. Se detuvieron los caballos y lanzaron un par de sonoros resoplidos, botando la soltando el resuello retenido durante la pendiente.

Y a nosotros nos salió una sonora carcajada que subió hasta el Cielo. Sin duda Don Ignacio aún recuerda aquella aventura y ahora que está allá arriba, sigue gozándola y agradeciendo a los Santos Ángeles que bajaron con nosotros aquella noche negra por la pendiente, desde la acequia casi plana y sin agua.