Como los primeros cristianos

Testimonio de Julia Burfitt, profesora de francés en Sidney (Australia). Su esposo James también es profesor. Tienen siete hijos.

En primera persona

“Los círculos en los que me movía eran muy materialistas. Siempre tenía la sensación de que debía elegir entre amar el mundo o amar mi fe. Tenía la impresión de que quienes se tomaban en serio la religión –cualquiera que ésta fuera– no estaban muy interesados en empeños humanos. Cuando conocí el mensaje del fundador del Opus Dei, mi visión cambió totalmente. Encontré personas extrovertidas y alegres, que estaban al día de las últimas tendencias y que eran creyentes. ¡Eran tan positivas frente a la vida! Empecé a entender que era justamente amando las cosas del mundo, como podemos poner en práctica plenamente la fe.

¡Dios nos quiere viviendo en el medio del mundo! Como los primeros cristianos, debemos respirar el mismo aire que respiran todos, sin formar camarillas católicas. Después de todo, ¿cómo podríamos llevar el mundo a Dios si no estuviéramos en contacto con ese mundo?

Cuando leí el primer punto de Camino: Que tu vida no sea una vida estéril... me di cuenta de que hasta ese momento había estado desperdiciando el tiempo. Y cuando descubrí que podía mantener una relación personal con Jesucristo a través de las cosas de cada día, mi vida adquirió su sentido real.

Busco la amistad con cada uno de mis hijos para hablar de su mundo y, sobre todo, escucharles y responder a lo que preguntan. Un día, mi marido y yo nos decidimos a fomentar en casa un tiempo de silencio. Durante media hora, antes de la cena, los niños hacen algo por su cuenta: leer, dibujar, armar un puzzle, etc. Les animamos a que no hablen entre ellos durante esos minutos. ¡Los niños encuentran muy pocas oportunidades de estar en silencio! ¿Cómo llegarán a tener una relación personal con Dios si no saben retirarse del ruido para meterse en sí mismos?...

Sé que si mi familia está en primer lugar, tengo toda la libertad para esforzarme por alcanzar metas profesionales. Gracias a esta convicción, logré completar una maestría en literatura francesa, mientras tenía cuatro niños en casa. Iba a la universidad una noche a la semana y hacía los trabajos mientras los niños dormían o jugaban fuera. Los medios de formación me ayudaron a ser más disciplinada en el uso del escaso tiempo que tenía.

Ahora la vida me parece una aventura extraordinaria. Sé que mi personalidad, las circunstancias en las que estoy, mis talentos, mis amistades, la carrera profesional, etc. interesan a Dios. Lo que haga con ellos, las decisiones que tome, son la arena en la que debo ejercitar mi fe”.

Este relato ha sido publicado en el folleto "La alegría de los hijos de Dios", de Alberto Michelini. © 2002 Oficina de Información del Opus Dei.