Con los ojos de la fe

A los diez años contrajo una enfermedad que le hizo perder la vista. José Enrique Fernández del Campo, agregado del Opus Dei, nos cuenta su historia.

En primera persona

Cuando tenía diez  años contraje un glaucoma, una enfermedad degenerativa de la vista que entonces tenía muy poco tratamiento. Mis padres pusieron todos los medios y los médicos me hicieron varias intervenciones quirúrgicas, pero dieron muy poco resultado. Aunque se prolongó algo más el proceso y durante un tiempo conservé la vista, acabé perdiéndola del todo.

Al principio me costaba aceptar mi realidad: me estaba quedando ciego. Gracias a Dios, mis padres me ayudaron mucho y se esforzaron para que tuviera una atención adecuada, llevándome a un colegio especial. Hoy esto no resulta necesario, pero entonces no existía la pedagogía adecuada en los centros ordinarios y fue una buena solución.

Aquel colegio fue una sorpresa para mí, porque era muy diferente de cómo me lo esperaba. Los chicos de mi edad, a pesar de sus limitaciones, hacían lo mismo que cualquier chaval de doce años: se subían a los árboles, jugaban al fútbol, etc. Aquello me pareció un paraíso, y el cambio de colegio me vino muy bien.

Allí aprendí a funcionar con autonomía, sin depender de nadie; y desde entonces voy en metro y viajo en tren o en avión cuando es necesario sin que me suponga ningún trastorno grave. Naturalmente algún pequeño accidente sí que tengo de vez en cuando, pero sin mayor importancia: una brecha al tropezarme con un andamio que han puesto en mitad de la acera y cosas así.

Ya sé que esto puede sorprender, pero tengo muchos amigos ciegos y la mayoría no vivimos esta limitación como una tragedia. Cuando una persona se queda ciega, los que la rodean lo consideran algo terrible; pero desde un punto de vista cristiano, sobrenatural, comprendes que el hecho de ver o no ver físicamente no es algo tan decisivo en la vida. Es algo que puedes superar, una situación a lo que te puedes adaptar. La ceguera verdaderamente terrible es la espiritual, que tantas veces nace del pecado. Y no es irremediable: basta con acudir con humildad a la misericordia de Dios, pidiéndole luz y perdón.

Gracias a mi ceguera

Gracias a mi ceguera, incluso he hecho muchos  amigos. A Pedro, uno de mis mejores amigos, lo conocí porque un día me ayudó a cruzar la calle. Pedro estudiaba Matemáticas, dos cursos por detrás. Varios días después nos encontramos de nuevo, empezamos a charlar y nos fuimos a tomar algo. Y así nació una amistad que se ha prolongado durante cuarenta años.

Dando clase en la ONCE.

La primera noticia que tuve del Opus Dei fue cuando estudiaba segundo de Matemáticas en la Universidad. Me acuerdo perfectamente del día y del momento. Luís, que era de mi mismo curso, me invitó a una conferencia en Montalbán, un Colegio Mayor de Madrid. Asistí  por simple interés profesional.

Fue la primera vez que estuve en un centro de la Obra. Le pregunté qué era aquello y me habló del Opus Dei, de su finalidad, de su misión, etc., pero yo tenía mis ideas preconcebidas y no estaba dispuesto a aceptar sus explicaciones, aunque a partir de entonces, empezamos a vernos con más frecuencia en la Facultad y acabamos haciéndonos amigos.

Un día me propuso hacer un curso de retiro y le dije que no podía; lo cierto era que no me interesaba ni mucho ni poco,  porque, aunque había recibido formación cristiana en mi casa, en aquel tiempo no era especialmente fervoroso, y estaba concentrado en la preparación de unas oposiciones para profesor del colegio de ciegos donde había estudiado. 

Pasaron los meses. Unos días venía Luís a  estudiar a mi casa y otros días iba yo con él a estudiar a Montalbán. Allí tenían por costumbre, haciendo un alto en el estudio, reunirse  en el oratorio para hacer un rato de oración. Un día Luís me invitó, y acepté.

A veces leían algunos puntos de Camino, un libro que me interesó tanto que acabé consiguiéndome una edición en Braille. Y a partir de entonces empecé a leerlo y a meditarlo, a mi aire, todos los días. Así, casi sin darme cuenta, comencé a hacer oración y a tratar personalmente al Señor.

Iba con más frecuencia a Montalbán. El ambiente me atraía: gente muy alegre y al mismo tiempo muy seria en el estudio. Empezó a interesarme la formación cristiana y asistía  cada semana a un curso de formación cristiana para universitarios, y a las meditaciones espirituales que dirigía el sacerdote.

“¿Por qué no te animas a hacer un retiro?”, me preguntaba Luís de vez en cuando. Yo le daba siempre la misma excusa: “mira, es que tengo que estudiar esto, tengo que preparar lo otro…”. Acababa de iniciarme por aquel entonces profesionalmente en el mundo de la enseñanza; aunque la verdadera razón era que no quería comprometerme demasiado con Dios.

Durante ese tiempo san Josemaría estuvo de paso en  Madrid y  Luís le dijo que tenía un amigo ciego al que procuraba acercar a Dios. San Josemaría le comentó que rezaría por mí para “que viera” con visión sobrenatural.

Poco después, un día de 1967, después de estudiar con Luís, hicimos un rato de lectura, que más bien fue de  oración en mi casa con el libro Santo Rosario. Al terminar, estuvimos charlando del  curso de retiro y decidí acudir. Fue un paso decisivo para mi trato con Dios y para mi vocación al Opus Dei, donde pedí la admisión como agregado un mes después.

Cuando le contaron a San Josemaría que había pedido la admisión comentó que ahora lo que hacía falta es que supiera mirar todas las cosas siempre con los ojos de la fe.

Con San Josemaría

Ese mismo año le conocí, porque estuve en Pamplona,  en la Asamblea de Amigos de la Universidad de Navarra. San Josemaría celebró la Misa en el Campus y por la tarde tuvimos un encuentro con él. Yo iba con un amigo mío, ciego también, que no era de la Obra. Le dije a un chico catalán que se ocupaba de la organización de la Asamblea que me gustaría saludar al fundador cuando pasase, si había oportunidad. 

Con un amigo, en tandem.

Yo pensaba como mucho, en darle la mano, en decirle unas palabras o algo así… pero cuando le dijo que estábamos allí san Josemaría se acercó hasta nosotros y nos dio un par de besos. Era realmente un Padre. Me emocioné.

Pocos meses después me dieron una carta con el remite de Roma. La abrí y era de San Josemaría. Me escribía para agradecerme personalmente las cartas que le había escrito, tan llenas de cariño –decía- y de visión sobrenatural. Le agradecí mucho aquello, aunque lo consideraba algo como... ¡exagerado!: en mis cartas yo sólo expresaba el cariño normal de un hijo con su padre, diciéndole que rezaba por él. Y no fue la única carta que me escribió; un par de años después recibí otra en la que me decía que me encomendaba todos los días durante la Santa Misa y me pedía que siguiera rezando por él y por sus intenciones. Lo hice, hasta su fallecimiento en 1975. Desde entonces, acudí a su intercesión.

Durante ese tiempo me licencié en Matemáticas y luego estuve un año en Bélgica, estudiando Didáctica. Hasta 1983 trabajé en el colegio de ciegos y en la Facultad de Educación de la Universidad Complutense de Madrid.

¿Te das cuenta…?

Desde 1982 a 1985 desempeñé varios cargos diversos representativos y ejecutivos en la O.N.C.E., la Organización Nacional de Ciegos Españoles (O.N.C.E.) con algunas incursiones en el campo del marketing y la publicidad. 

Por entonces participé en la vida pública de Madrid, hasta 1987. Luego volví de nuevo a la enseñanza, hasta hace tres años, cuando decidí dedicarme a tareas de asesoramiento e investigación en cuestiones relacionadas con la Didáctica de la Matemática y la Educación de ciegos: mi verdadera vocación profesional, que fue el tema de mi tesis doctoral.

A veces, cuando estoy trabajando, me detengo y me pienso: ¿te das cuenta de que un santo ha estado rezando por ti? Es un don, una responsabilidad, que le agradezco a Dios. Una de las grandes gracias que he recibido en mi vida.

Otra de ellas es la de poder estar junto a Juan Pablo II cuando vino a España en 1982, en el estadio Santiago Bernabéu. Yo era profesor en el colegio de ciegos y les planteé a mis alumnos de bachillerato la posibilidad de acudir. A todos les pareció muy bien. Conseguí unas treinta entradas de segunda fila, en el césped. Les dije a mis alumnos que para prepararse para estar con el Papa, la mejor manera era confesarse y comulgar. Y muchos lo hicieron.

Cuando el Papa terminó su discurso, se acercó a saludar a los enfermos como de costumbre. Vino hasta nosotros y pudimos darle la mano y estar con él.

Estas cosas se te quedan grabadas para siempre. Piensas: he tocado a un santo. Es algo inolvidable, lo mismo que aquel par de besos que nos dio san Josemaría a mi amigo y a mí.