­Declaración de los Obispos del Ecuador

­Declaración de los Obispos del Ecuador a propósito de la difusión escandalosa de la novela «El Código Da Vinci» y del llamado «Evangelio de Judas»

Revista de prensa

Ante el irrespeto a los creyentes y a la verdad histórica

Los Obispos del Ecuador sentimos el deber de dar una palabra, ante el irrespeto a la conciencia religiosa de los ecuatorianos –cristianos y católicos en su gran mayoría–, así como ante la desinformación que la sociedad en general ha sufrido. Nos referimos a la falsificación histórica que la novela “El Código Da Vinci” ha difundido, situación a la que se ha sumado la reciente propaganda sobre el llamado “Evangelio de Judas”. Consideramos un deber moral y pastoral levantar con serenidad una voz de alerta para orientar a la comunidad cristiana ante tanta agresión antirreligiosa, y para advertir a la sociedad en general sobre el carácter tendencioso de este material, rayano en el fraude y la calumnia.

El «Código Da Vinci»

La novela “El Código Da Vinci”, escrita por Dan Brown y publicada por primera vez en 2003 (y que ha vendido hasta ahora cerca de 40 millones de ejemplares en todo el mundo), tiene el claro objetivo de descalificar la fe en la divinidad de Jesucristo mediante un supuesto y sistemático “desenmascaramiento” histórico. En este sentido, propone que la proclamación de Jesucristo como Dios se realizó recién en el siglo IV, como parte de una maniobra política del emperador romano Constantino (“Constantino subió de categoría a Jesús cuatro siglos después de su muerte”, afirma), lo que habría logrado al presionar a los obispos del Concilio de Nicea a votar en ese sentido. De aquí que sostenga que “la divinidad de Jesús fue el resultado de una votación”, que habría sido incluso “muy ajustada”. Señala, además, que este emperador encargó, financió y supervisó “la redacción de una nueva Biblia” que enseñara lo que él acababa de hacer proclamar.

Esto lo complementa con la propuesta de que, hasta ese momento de la historia, “Jesús era, para sus seguidores, un profeta mortal”, tan común y “normal” que habría estado incluso casado con María Magdalena y tenido descendencia, la cual perduraría hasta el día de hoy, en Francia. 

El testimonio de los primeros seguidores de Jesús, que serían los “gnósticos”, a pesar de las “maniobras” de la Iglesia Católica para ocultar lo anterior (también que Jesús, como “primer feminista”, confió su Iglesia a su esposa Magdalena y no a Pedro), habría sobrevivido a través de los escritos de ellos, que serían “los primeros documentos del cristianismo”. Y luego, ante la “campaña de desprestigio” que la Iglesia habría montado contra la Magdalena para que nadie la tomara por “pareja” de Jesús (pudiéndose así reafirmar mejor su “divinidad” al presentarlo célibe), los auténticos seguidores comenzaron a referirse a ella en clave, en una forma críptica, como al “santo grial” (cáliz de la Última Cena del que hablaban ciertas leyendas medievales). De esta forma se podría transmitir la “verdadera” historia de Jesús y de la Magdalena sin que la Iglesia se diera cuenta. Así, este “secreto” habría llegado hasta el pintor renacentista Leonardo da Vinci, quien lo habría plasmado en sus obras mediante un “código” oculto, particularmente en la pintura de “La Última Cena”, del refectorio de los dominicos de Milán.

Toda esta tesis, inspirada casi en su totalidad en libros sensacionalistas anteriores a Brown, es presentada como una trama novelesca que incluye un complot actual por parte de la Iglesia, para eliminar a los “últimos descendientes de Jesús”. Este objetivo se confiaría a un monje del Opus Dei, asesino profesional. 

Hay adornos de erudición histórica, como la hipótesis bíblica del “Documento «Q»”, los hallazgos en las cuevas palestinas de Qumrán, la historia de la dinastía de los merovingios, etc.. Lo impactante de la tesis, el género de suspenso en que se desarrolla la narración y la aparente coherencia de los datos históricos hacen un producto cultural que, con el respaldo de poderosas redes de propaganda y difusión, han logrado el resonante éxito comercial de esta novela, ahora llevada también al cine.

Antes de nada, es preciso aclarar que la novela está llena de errores históricos de todo tipo. Por ejemplo: 1) los escritos gnósticos, que “El Código Da Vinci” asegura ser los “primeros escritos del cristianismo”, pertenecen en realidad a los siglos II y III y son, por tanto, más de cien años posteriores al Nuevo Testamento; 2) se conservan listas de los libros del Nuevo Testamento aceptados por las iglesias desde el siglo II, doscientos años antes de Constantino (siglo IV); 3) el Concilio de Nicea no tuvo como objetivo discutir sobre la divinidad de Cristo, sino rechazar la afirmación del presbítero Arrio de que Jesucristo “no era Dios como el Padre”; lo que se discutió fue sólo la mejor fórmula para descalificar aquella idea; 4) en dicho Concilio sólo dos obispos, de los más de 300 que participaron, apoyaron abiertamente a Arrio; 5) existen multitud de testimonios escritos desde fines del siglo I (de todas las regiones de la antigua cristiandad), en los que se proclama explícitamente la divinidad de Jesucristo; por no hablar de la aplicación a Jesucristo, en el Nuevo Testamento, de los mismos textos bíblicos que el judaísmo aplicaba sólo a Dios (profetas, salmos, etc.); 6) la primera vez que se habla de María Magdalena como “pecadora” es a finales del siglo VI, es decir, casi tres siglos después de Nicea; en consecuencia, mal pudo ser dicha afirmación el “fundamento” para la declaración de un concilio del siglo IV.

La seriedad histórica de la obra, por lo tanto, se descalifica absolutamente. Incluso por inexactitudes históricas y culturales elementales, como el afirmar que los textos de Qumrán se descubrieron “en la década de 1950” cuando lo fueron en 1947; que en el Opus Dei hay “monjes”, algunos de ellos asesinos, cuando en esa Prelatura personal de la Iglesia Católica ni existen monjes ni es pensable que se cobijen asesinos profesionales; que Constantino declaró “el cristianismo como religión oficial”, cuando esto no sucedió sino 55 años después con el emperador Teodosio I; que el personaje pintado a la derecha de Jesús en “La Última Cena” de Da Vinci es la Magdalena y no San Juan, cuando el mismo Leonardo, cuando describe su cuadro en su “Tratado sobre la pintura”, habla de este personaje en género masculino y describe la escena representada como la del evangelio de Juan 12, 21-25 en que Jesús está solo con sus apóstoles celebrando su última Pascua en la tierra (y no como la del momento de ningún supuesto “matrimonio” de Jesús); que la técnica que utilizó Leonardo en esa pintura fue “al fresco”, cuando en realidad fue “al óleo”; que el “Vaticano”, en el siglo VII, intervino en el asesinato del rey merovingio Dagoberto II, cuando la colina vaticana comenzó a ser utilizada por los Papas recién en el siglo XIV; por lo demás, Dagoberto no era “rey de Francia”, como dice Brown, sino de Austrasia, ya que Francia todavía no existía como país (su actual territorio estaba dividido en tres reinos); o, que recién con Constantino (siglo IV) los cristianos comenzaron a celebrar el Domingo, cuando la celebración dominical ya se encuentra testimoniada en el mismo Nuevo Testamento y por varios autores de los siglos II y III.

El «Evangelio de Judas»

Coincidiendo con la Semana Santa de este año, se ha sumado a lo anterior la difusión, por la National Geographic Society, del hallazgo en 1978 de una versión copta del siglo III o IV del llamado “Evangelio de Judas”. Tal difusión ha revestido un carácter un tanto escandaloso, desde el momento en que se ha presentado tal documento como “auténtico” (habría sido sometido a la prueba del carbono 14) y como potencialmente capaz de “revolucionar” la historia de Jesús (“descubrimiento espectacular”, lo llaman).

Este escrito viene a decir que Judas entregó a Jesús por solicitud de él mismo, con el objetivo de liberarlo de su “envoltorio carnal” y favorecer la salvación de la humanidad. Judas sería un héroe, no un traidor. Por ello, destacan la frase que dice “tú los sobrepasarás a todos (los demás apóstoles)”.

Lamentablemente, la National Geographicofrece una información completamente sesgada. No señala que tal documento era desde hace tiempo conocido (aunque no se tuviera a mano el texto completo), y que nunca se lo consideró digno del menor crédito. 

Se trata, en efecto, de un escrito del siglo II perteneciente a la secta gnóstica de los “cainitas”, grupo libertino egipcio separado de los gnósticos valentinianos llamados “ofitas”. Esta secta, que no contó nunca con gran número de partidarios, tomaba su nombre de Caín, el hermano asesino de Abel, porque sus seguidores tributaban culto a todos los personajes reprobados por el “Dios de los judíos”, entre los que destacaba Caín. De aquí su veneración también por Judas Iscariote, otro individuo de triste recuerdo para la historia sagrada (motivo por el que celebraban lo que llamaban el “misterio de la traición”).

El origen de este escrito no tiene, pues, nada que ver ni con la época de Judas (es más de un siglo posterior); ni con Palestina (surge en Egipto); ni con la mentalidad judía (su dualismo y espiritualismo contradice la antropología hebrea); ni con el cristianismo (es un texto del gnosticismo). La única “autenticidad” que se le puede conceder al papiro publicitado es la de pertenecer al siglo III o IV y de ser una traducción copta de un texto anterior. Pero esto no avala para nada la veracidad de su contenido.

Más aún, habiendo surgido los gnósticos en polémica con la Iglesia Católica, su literatura miraba en gran medida a contradecir y a “superar” el cristianismo; por ello no tiene sentido asumirlo como fuente del cristianismo. Sin embargo, nada de esto destaca con claridad la National Geographic. Y, efectivamente, quienes lo conocieron desde la antigüedad, como los obispos Ireneo de Lión (siglo II), Epifanio de Salamina (siglo IV) y Teodoreto de Ciro (siglo V), así como los estudiosos modernos, lo señalan como apócrifo gnóstico. De ningún modo es un Evangelio auténtico, ni fue marginado por un supuesto poderío eclesiástico que seleccionó entre varias versiones. La recepción de los escritos inspirados en la Iglesia de los primeros siglos encierra una clara y sencilla lección sobre la obra del Espíritu Santo, inspirador de un criterio lúcido en las comunidades cristianas para discernir acerca de las tradiciones realmente llegadas de los Apóstoles, por vía oral y escrita, respecto de las que intentaron introducir otros agentes históricos.

Juicio pastoral

Percibimos en todo esto una campaña de desprestigio contra la Iglesia y un ataque a las creencias religiosas. Se han irrespetando los sentimientos y la fe de los cristianos, difamando sin argumentos reales no pocos valores de gran importancia para miles de personas. Pues tanto “El Código Da Vinci” como la publicidad sobre el “Evangelio de Judas”, proponen sistemáticamente y de la peor manera facetas “oscuras” o “problemáticas” de la fe cristiana y de sus fundamentos, ajenas por completo a la mínima seriedad científica. Se ha confundido la libertad de expresión con el derecho a difamar con mentiras las convicciones de los demás. 

Pero no es sólo esto. Se da también un verdadero atentado contra la veracidad histórica, y, en consecuencia, contra la misma cultura. La ficción elevada a verdad indiscutible implica un atentado a la dignidad de las personas. Todos tenemos derecho a que se nos proporcionen datos fidedignos y bien fundados, cuando se trata de presentar una revisión histórica de tales dimensiones y con explícitas pretensiones de exhaustividad, como la que implica la novela de Dan Brown o el argumento del “Evangelio de Judas”. Pero nada de esto aparece. Es flagrante la violación del derecho que tiene toda persona a recibir información veraz de quienes se presentan como expertos en determinados temas. En una sociedad civilizada, en efecto, no puede justificarse la deformación novelesca de realidades históricas y hacerlas pasar por “veraces” y “reales” (como “El Código Da Vinci” califica a sus datos y descripciones).

Somos conscientes de que, como ha dicho el predicador pontificio, Fr. Raniero Cantalamessa, ‘Cristo sigue siendo vendido, ya no a los jefes del sanedrín por treinta denarios, sino a editores y libreros por miles de millones de denarios’, por parte de ‘hábiles retocadores de antiguas leyendas’. En toda época histórica ha habido una producción de panfletos anticristianos. Hoy día la novedad consiste en que un cuidadoso estudio del mercado detecta la posibilidad de grandes ganancias, cuando se golpean convicciones profundas de muchos, pues la polémica y la confrontación de criterios acelera los tirajes, los ratings y el éxito de taquilla de las películas. Se trata de un nefasto método que altera la naturaleza y los fines de una comunicación social válida y digna, que nunca puede basarse en sembrar inquietudes y suscitar escándalos mediante el procedimiento de propalar deliberadas mentiras y de silenciar claras verdades. Se tiene una nueva prueba de que la codicia, en esta sociedad que va perdiendo los valores, prima sobre el respeto a las personas, a sus convicciones profundas y a su derecho a una información objetiva. Por último, la industria de la información y del entretenimiento manipula cínicamente a quienes debería servir.

Algunas orientaciones

Esta “campaña” irrespetuosa, sin embargo, es también una oportunidad que los cristianos podemos aprovechar positivamente. En efecto, el interés despertado por este debate abre muchas oportunidades para hablar sobre la fe, la Iglesia y la historia del cristianismo; temas que, probablemente, aparecían en algunos ambientes como poco interesantes hasta ahora. Nos encontramos, así, con una inesperada curiosidad sobre temas como la transmisión de la fe en los primeros siglos, la formación del “canon” bíblico, la historia de la Iglesia en general, el mensaje esencial de la fe cristiana, etc. Lo cual debe constituir un estímulo, tanto para los pastores como para los fieles en general, en orden a adquirir una formación doctrinal, bíblica y cultural más amplia, a la altura de dichos temas.

Es también una circunstancia para revisar la calidad de la predicación eclesial, rectificando lo que ha podido tener de excesiva exhortación moral y de descuido en las dimensiones doctrinal, bíblica y catequética, que son indispensables para una equilibrada formación de la comunidad cristiana. Esto implica, por supuesto, una mayor valoración por la preparación intelectual, y un dejar atrás toda práctica de improvisación y repetición de lugares comunes.

Es una ocasión, además, para fortalecer en los fieles la confianza en la Iglesia y en su doctrina, haciendo ver que muchas de las sospechas y acusaciones que se repiten constantemente contra la Iglesia (oscurantismo, intrigas, ignorancia, fanatismo, etc.), no son más que prejuicios heredados de los racionalismos y materialismos de siempre. Debemos mostrar que, por el contrario, la Iglesia es “experta en humanidad”, como afirmó S. S. Pablo VI. Que ella no rehúye la confrontación con la verdad, sino que la busca honestamente, pues confiesa que toda verdad viene de Dios y lleva a Dios. En este sentido, puede destacarse la seriedad y hondura del empeño de la Iglesia por la cultura, así como la confirmación y la armonía de varios resultados científicos para con cuestiones relacionadas con la fe (pedagogía, psicología, arqueología, etc.). Que no se abra paso el prejuicio de que, si se dice algo contrario a la Iglesia, “debe ser verdad mientras no se demuestre lo contrario”.

Se puede aprovechar también para un acercamiento con cristianos de otras confesiones, con quienes lamentablemente ha existido demasiada rivalidad en el pasado, pues también a ellos les afectan estos ataques. No han faltado, en efecto, respuestas de autores evangélicos a “El Código Da Vinci”, particularmente en los Estados Unidos[4], así como de otras iglesias a la cuestión del “Evangelio de Judas”, como la del Patriarcado de Moscú. Esta puede ser, pues, una buena ocasión para compartir una causa común y crecer en el conocimiento y la comprensión.

Y, análogamente, también esta circunstancia debe llevar a los católicos a ser más sensibles en no ahondar los partidismos intraeclesiales, cayendo en cuenta de que contribuir a fortalecer la conciencia de una misma tradición de fe es el mejor servicio que se puede hacer a una comunidad cristiana afectada por intentos de desorientación.

Incentivamos a los intelectuales y estudiosos serios a manifestarse contra este tipo de “campañas” pseudocientíficas, que devalúan el valor de la investigación histórica y atentan contra los debates de altura. Las verdaderas aportaciones científicas son respetuosas y se alejan de la polémica sensacionalista.

Respecto del consumo de esos lamentables productos culturales, declaramos que no es aconsejable. Conviene despertar la lucidez de los fieles, para que no se dejen manipular, ni quiere premien al manipulador con la pingüe ganancia que buscaba. Superemos la ingenuidad con que cuentan para su lucro los fabricantes de las fantasías seudohistóricas.

Oración

Roguemos al Señor Jesús, que es el Camino, la Verdad y la Vida, por intercesión del Santo Hermano Miguel, Patrono de la Catequesis, por la conversión de quienes lucran con el ataque a la fe, porque ningún creyente deje entrar dudas en su fe a partir de las manipulaciones, por el renovado compromiso para conocer y amar más la doctrina de la fe y para difundirla en la familia y en la sociedad. 

Quito, 28 abril 2006

+ Néstor Herrera Heredia                                       

Obispo de Machala

Presidente de la Conferencia Episcopal Ecuatoriana

 +Luis Antonio Sánchez, SDB

Obispo de Tulcán

Secretario General de la Conferencia Episcopal Ecuatoriana

(siguen las firmas de los demás Arzobispos y Obispos del Ecuador)