Del comercio de ropa al Banco de Alimentos

José Antonio García García, de 73 años, es presidente del Banco de Alimentos de Albacete. Casado con Ana María, tienen 9 hijos y 17 nietos, “más dos en camino”, añade. Cuando se jubiló, tras una vida dedicada al comercio –era propietario de dos tiendas de ropa, una para mujeres y otra para hombres–, comenzó a colaborar en el Banco de Alimentos. José Antonio es supernumerario del Opus Dei.

Iniciativas sociales

¿Por qué te animaste a colaborar en el Banco de Alimentos de Albecete?

Porque la persona que lo atendía tuvo que dejarlo por enfermedad de su mujer y, al jubilarme y saber de su problema, me ofrecí a ayudar.

¿Hace falta alguna cualificación técnica para ser  voluntario?

No. Pero, al tener que funcionar como una empresa, tratamos cada uno de acoplarnos en el sitio en el que creemos que nuestros conocimientos pueden ser más útiles.

¿Qué cambios ha supuesto en la labor del Banco de Alimentos la profunda crisis económica que estamos padeciendo?

Aparte del aumento constante de personas y asociaciones que demandan alimentos, se ha producido un cambio significativo en el perfil de las personas atendidas. Antes la mayoría eran inmigrantes. Ahora son familias españolas que han disfrutado de buena posición, pero que el paro les obliga a solicitar alimentos.

¿Cómo animas a la gente a que participen en vuestro proyecto?

Primero, les explico lo que hacemos. Luego les invito a que nos acompañen en nuestro trabajo, para que conozcan lo que hacemos y cómo y a quién ayudamos. Si desean colaborar, les pregunto por el tiempo y el trabajo que están dispuestos a dedicar.

Muchos voluntarios son católicos; otros no. En mi caso, la fe es el motor que me mueve ayudar a los demás.

En estos años os habrán sucedido anécdotas variopintas. ¿Puedes contar alguna especialmente significativa?

Pues sí, han sucedido muchas cosas que pueden sorprender. Por ejemplo, te podría contar que hay varias personas que, por sentencias judiciales, han venido obligadas para hacer trabajos sociales para la comunidad. Pues bien, cuando han terminado las jornadas obligadas, no han dejado de seguir trabajando con nosotros y se han convertido en unos voluntarios más.

Como es lógico, a estas personas nunca les preguntamos por qué se encuentran en esa situación de tener que cumplir con un trabajo social.