Duodécimo día con San Josemaría

Para preparar la fiesta del próximo 26 de junio, aniversario de la marcha al cielo de San Josemaría, publicamos cada día algunos fragmentos del libro "15 días con Josemaría Escrivá" de D. Guillaume Derville, editado por Ciudad Nueva.

Textos para orar
Opus Dei - Duodécimo día con San Josemaría

Pilatos El amor a la verdad

Las últimas metas de la prudencia no son la concordia social o la tranquilidad de no provocar fricciones. El motivo fundamental es el cumplimiento de la Voluntad de Dios, que nos quiere sencillos, pero no pueriles; amigos de la verdad, pero nunca aturdidos o ligeros. «El corazón prudente poseerá la ciencia» (Pr 18, 15); y esa ciencia es la del amor de Dios, el saber definitivo, el que puede salvarnos, trayendo a todas las criaturas frutos de paz y de comprensión y, para cada alma, la vida eterna (Amigos de Dios 88).

Después de su captura en el huerto de los Olivos –beso de Judas, curación del criado del sumo sacerdote herido por Pedro–, después de haber sido violentamente abofeteado ante Anás, después de haber comparecido ante Caifás –negación y lágrimas de Pedro– y después ante el Sanedrín, cuando Judas ya se había ahorcado, Jesús es llevado ante Pilato. El gobernador romano está apurado. Le acosa con preguntas sobre su identidad. Entonces Jesús hace una declaración: «Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz» (n 18, 37). Entonces Pilato deja caer la pregunta, pero no espera la respuesta, se marcha enseguida, pues la pregunta es más bien una declaración de escepticismo: «¿Qué es la verdad?» (Jn 18, 38).

Esta negación implícita de la existencia de una verdad aflora a los labios de alguien que poco antes se preguntaba por la identidad de Cristo. No sabe que la verdad es él, Jesús, la imagen del Padre, Dios verdadero.

Expulsado por Herodes, Jesús volverá poco después a Pilato. Ridiculizado, tratado con desprecio, lo visten con un manto cuyo esplendor sella la oscura amistad de los dos poderosos de este mundo.

No es fácil aceptar la verdad sobre uno mismo y sobre los demás. A menudo estamos tentados de esconder la cabeza. Podemos llegar a negar la existencia de una realidad y la posibilidad de conocerla. Podemos rechazar la evidencia y también la verdad moral.

Pilato no libera a Jesús, pero en realidad se encierra en su escepticismo. «Lo escrito, escrito está». Jesús había dicho a los que creían en él, que permaneciendo en su palabra, serían sus discípulos, conocerían la verdad y, había añadido después: «La verdad os hará libres» Un 8, 32). El amor a la verdad otorga la paz con uno mismo, permite un diálogo auténtico con los demás, porque al decir la verdad se da una prueba de que se les respeta, condición necesaria para el amor verdadero.

Sin poner el error en el mismo plano que la verdad, se debe acoger a quien se equivoca con un espíritu de comprensión y saber también rectificar cuando nos hemos equivocado. Diálogo, libertad, responsabilidad. Josemaría, que nunca hablaba de política, decía en son de broma que tenía el sentimiento de ser el último romántico, porque amo la libertad personal de todos –la de los no católicos también– y me gusta la democracia. Pero una democracia real, no fingida, en la que no se maltrate a quien quede en minoría (Archivo general de la prelatura del Opus Dei, P01 1974, p. 584).

El apostolado cristiano –y me refiero ahora en concreto al de un cristiano corriente, al del hombre o la mujer que vive siendo uno más entre sus iguales– es una gran catequesis, en la que, a través del trato personal, de una amistad leal y auténtica, se despierta en los demás el hambre de Dios y se les ayuda a descubrir horizontes nuevos: con naturalidad, con sencillez [...] con el ejemplo de una fe bien vivida, con la palabra amable pero llena de la fuerza de la verdad divina (Es Cristo que pasa 149).

Agradecemos a la editorial Ciudad Nueva que nos haya permitido reproducir algunos párrafos del libro “15 días con Josemaría Escrivá”, escrito por D. Guillaume Derville.