Enrique García: “Pensé que mi aportación podía ser poner en marcha una ONGD”.

En el seno del Colegio de Ingenieros Industriales de Álava, al norte de España, surgió hace casi diez años una iniciativa con la idea de desarrollar tareas solidarias, tanto en países empobrecidos como en el propio entorno social. Entrevista con Enrique García, ingeniero industrial, uno de los miembros fundadores y actual secretario de la Asociación IC-LI (Ingenieros para la Cooperación-Lankidetzarako Ingeniariak), declarada Asociación de Utilidad Pública por el Gobierno Vasco.

En primera persona

¿Quién tuvo la idea y cuál fue su motivación?

Un grupo de colegas ingenieros, conscientes de nuestra deuda con la sociedad, nos planteamos poner en marcha alguna iniciativa de solidaridad para canalizar ciertas inquietudes nuestras en este ámbito. Nos planteamos también el exponer abiertamente nuestros deseos para despertar en otros el ánimo de trabajar por el desarrollo las personas empobrecidas. También nuestros compañeros de los otros Colegios de Ingenieros del País Vasco han querido participar en esta iniciativa, de manera que en la actualidad IC-LI está constituida por más de 250 ingenieros e ingenieras.

En mi caso concreto, la idea de trabajar en este proyecto fue una consecuencia lógica –y casi diría inevitable- de mi compromiso cristiano y de la asimilación de las enseñanzas recibidas de san Josemaría, que llevaron a plantearme algunas preguntas: el mensaje de la santificación de trabajo, ¿qué consecuencias debe tener para mí? En otras palabras, ¿cómo puedo yo desde mi trabajo profesional –eminentemente técnico, como ingeniero- contribuir a mejorar esta sociedad en la que vivo? Como es lógico, cada uno daría una respuesta diferente. En mi caso pensé que podía colaborar en la puesta en marcha de esta ONGD, con lo que tiene de opción preferencial por los más empobrecidos y, al mismo tiempo, de sensibilización y compromiso para los que me rodean. Todo ello en el marco de mi trabajo profesional.

Es difícil evaluar y medir la solidaridad, pero ¿puede dar algunas cifras que ayuden a hacerse una idea del trabajo que llevan a cabo?

En ocho años hemos desarrollado casi medio centenar de proyectos en Centroamérica, Sudamérica y África, con un monto total que supera los diez millones de euros. Podemos calcular aproximadamente que las personas beneficiadas han sido unas 200.000. Son proyectos fundamentalmente formativos, sanitarios y de infraestructuras: escuelas, dispensarios, electrificación rural, etc. Siempre colaboramos con agentes del Sur, acompañando procesos de desarrollo endógenos o autóctonos, e incorporando en los proyectos acciones que propicien unas relaciones de igualdad entre el hombre y la mujer.

Gran importancia tiene también la labor transformadora de nuestra propia sociedad mediante actuaciones de sensibilización en nuestro entorno y con esa realidad de más de 250 profesionales comprometidos con la ONGD.

¿Cuál es el proyecto más ambicioso en el que actualmente están trabajando?

Difícil pregunta, puesto que estamos involucrados en diversos trabajos, sólidos y urgentes, con nuestros socios del Sur: municipalidades, organizaciones civiles y también instituciones vinculadas a la Iglesia, como diócesis, congregaciones, parroquias, etc. Quizá el proyecto más significativo está en Angola. Consiste en rehabilitar las infraestructuras educativas y sanitarias de diversas misiones de Malanje. Ahora que parece que, por fin, la paz ha llegado a esa tierra tan castigada, estamos trabajando con D. Luis María Pérez de Onraita, obispo de esa diócesis angoleña, para tratar de reconstruir escuelas y dispensarios que faciliten el regreso de los que se han visto obligados a abandonar el país durante los años de conflicto bélico.

Un proyecto mucho menos ambicioso pero enormemente gratificante se desarrolla todos los años en Camerún: enviamos varios millares de juguetes recogidos en uno de los partidos de fútbol jugados por el Deportivo Alavés. Recientemente una empresa de nuestro entorno financió los estudios universitarios de un chico camerunés.

A priori, la idea era sencilla: cada trabajador de la empresa debía donar una hora de trabajo al año para generar, junto con una cantidad equivalente aportada por la empresa, los recursos económicos para que un camerunés pudiera realizar sus estudios. La confluencia de voluntades y esfuerzos por parte de los trabajadores y de la dirección de la empresa, hizo posible Olivier Nkooubou estudiara la carrera de Bioquímica. Uno de los socios de IC-LI, que impulsó la idea, afirmó: “ha sido la experiencia humana más importante que he tenido en toda mi vida profesional”.

Hace poco usted ha sido nombrado Huésped de Honor de San Miguel en El Salvador. ¿Por qué?

Efectivamente, es una de esas circunstancias en las que a veces te encuentras sin saber dar una explicación convincente. En la primera semana de mayo me desplacé a El Salvador y Nicaragua, para trabajar en varios proyectos que estamos desarrollando a buen ritmo y en otros que acabamos de poner en marcha.

Concretamente en San Miguel, la segunda ciudad de El Salvador, teníamos que impulsar un proyecto recientemente subvencionado por el Gobierno Vasco. Cuando llegué allí, me encontré con la sorpresa de que la Corporación Municipal había decidido nombrarme Huésped de Honor. Al ver todo el ambiente de gran fiesta, con banderas, música, himnos y discursos, y al percibir el inmenso agradecimiento que manifestaba la gente, no pude evitar sonrojarme pensando en lo poco que estamos haciendo.