Entrevista a Anthony Babafemi Ogunsaya

Anthony Babafemi Ogunsanya nació en Lagos hace 33 años. Estudió en el Saint Gregory College, donde unos compañeros católicos “despertaron mi interés por la fe”. Mañana, 21 de mayo de 2005 será ordenado sacerdote en la Basílica de San Eugenio en Roma, por el Prelado del Opus Dei.

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Hijo de padre anglicano y madre católica, Anthony Babafemi Ogunsanya nació en Lagos hace 33 años. Estudió en el Saint Gregory College, donde unos compañeros católicos “despertaron mi interés por la fe”. Más tarde estudió Ingeniería en la Obafemi Awolowo University y una vez licenciado, en 1997, hizo las maletas y dejó Nigeria. Primer destino España, y más tarde Roma, con el propósito de estudiar filosofía y teología.

¿A quién debe su vocación sacerdotal?

Como es lógico, al Señor. Toda vocación parte de la infinita misericordia de Dios. No cabe duda, por otra parte, de que el Señor se sirve normalmente de muchas personas cuando quiere llamar a un hijo suyo a una entrega especial. El fundador del Opus Dei, que ha jugado un papel decisivo en mi vocación, decía que el 90% de ella la debemos a nuestros padres, queriendo expresar de un modo gráfico que el agradecimiento a los padres debe ser muy alto. Además, observando la historia de mi familia, que durante unos años ha llevado una vida agnóstica, puedo decir que la Virgen ha estado siempre presente a través de mi abuelo materno. Yo sabía que rezaba todos los días el rosario, y cuando íbamos a verle nos invitaba a rezarlo con él.

¿Qué reacciones ha provocado su ordenación entre parientes y amigos?

Pienso que todos están muy contentos. El ambiente en el que he vivido, gracias a Dios, siempre se ha caracterizado por un gran respeto a la libertad. En mi casa jamás pusieron obstáculos a cuestiones relacionadas con la fe, ni cuando decidí dejar de asistir a las ceremonias anglicanas, ni tampoco después con mi vocación al Opus Dei. Sólo el valor de la educación no podía ser discutido por ninguno de los cuatro hijos, y el tiempo les ha dado la razón. “Lo que te sostendrá es tu formación”, decían, para animarnos a estudiar bien y con responsabilidad.

Vive en Europa desde 1998. ¿Cómo ve un africano el viejo continente?

Es una pregunta difícil, que siempre evito responder. No me gusta hacer juicios generales, porque es fácil equivocarse u ofender. Hecha esta premisa, pienso que lo que más sorprende a un africano cuando llega a Europa es la tristeza de algunos rostros. Se echa en falta un poco más de alegría.

¿Y cómo se ve África desde Europa?

África es un gran continente que ha vivido y vive momentos históricos difíciles, con guerras sangrientas y con zonas castigadas brutalmente por la pobreza. A pesar de ello, no todo en África es miseria; es más, estoy convencido de que es un continente con valores y con signos claros que invitan a la esperanza, también para la fe. Para mí es muy significativo que, en el siglo pasado, Dios haya mirado con amor a los africanos suscitando grandes misioneros. Miles de hombres y de mujeres han dado su vida en África, incluso muriendo mártires. Como ha dicho el Papa Benedicto XVI, es de esperar que la Iglesia recoja los frutos precisamente en esos lugares donde más se ha sufrido por Cristo. El Papa Juan Pablo II, vislumbrando esa “nueva época misionera”, exhortó a los africanos: “No solamente salvar a África con África, sino también evangelizar otros pueblos con misioneros africanos”.

Usted ha realizado en Roma la tesis doctoral sobre el magisterio de Pablo VI, concretamente sobre la participación de los fieles laicos en la vida política. En el actual debate cultural y político, ¿cuál es el punto más crítico ante el que debe enfrentarse el fiel laico?

Entiendo que su pregunta se refiere a Europa u Occidente en general. El punto crítico del debate es el relativismo cultural, como ha señalado recientemente el Papa, consecuencia de un pluralismo ético. Por desgracia, son muchos los que reivindican la más completa autonomía para sus propias preferencias morales, mientras que, por otra parte, los legisladores creen que respetan esa libertad cuando formulan leyes que prescinden de los principios de la ética natural, como si todas las posibles concepciones de la vida tuvieran igual valor. Estudiando la doctrina social de la Iglesia y el magisterio de Pablo VI, he podido constatar que la fe nunca ha pretendido encerrar los contenidos socio-políticos en un esquema rígido. A la vez, la Iglesia enseña que la auténtica libertad no existe sin la verdad. Pienso que este es otro punto importante que un fiel laico debe tener presente. La vida política implica considerar la dimensión histórica en la que el hombre vive, habitualmente en situaciones imperfectas, que debe intentar modificar a través de los medios lícitos que el orden jurídico democrático pone a disposición de todos los miembros de la comunidad política.

¿Piensa volver pronto a Nigeria?

Ciertamente lo deseo, aunque bien podría yo ser una de esas personas en las que pensaba Juan Pablo II cuando hablaba de que los africanos debían evangelizar otros pueblos. Como es habitual, será mi prelado a juzgar cuál es el lugar donde la Iglesia y mis hermanos los hombres me necesitan. Como sacerdote sólo deseo servir a las almas, sin distinción alguna. Este verano tengo previsto realizar unas tareas pastorales en España y es posible que más tarde vuelva a mi país.

¿Qué recuerdo se llevará de Roma?

Muchos, muchísimos. Quizá el recuerdo más fuerte en estos momentos sea el día del traslado del féretro de Juan Pablo II desde la Sala Clementina hasta la Basílica de San Pedro. Como diácono pude participar en la ceremonia del traslado y ver al Papa muy cerca, acompañarlo, rezar de un modo muy singular en medio de la muchedumbre que llenaba la Plaza. De todas formas, me llevaré el recuerdo de Roma como Roma, una ciudad única en el mundo. Ahora entiendo a los que dicen que es imposible dejar Roma: sería renunciar a algo que te pertenece íntimamente, tan profundo que es difícil explicar, sobre todo para una mente de ingenierio como la mía. Los poetas sabrían explicarse mejor.