Gracias a Camino

Melvin, un estudiante de Puerto Rico, cuenta su búsqueda de la Verdad, su camino hacia la plenitud de la fe y su regreso a la Iglesia Católica, gracias a la lectura de Camino

En primera persona

Un día se celebró una feria de libros usados en la Universidad. Vendían libros de diversas materias desde $1 dólar. Con un poco de suerte -y de habilidad para adentrarse en aquel mar de libros- se podía conseguir alguna que otra “ganga”, y decidí echar una miradita. Logré abrirme paso entre los curiosos; encontré un libro pequeño que me llamó la atención (me gustan mucho los libros de bolsillo) y lo hojeé rápidamente. Era un conjunto de frases y  pensamientos. Se llamaba Camino.

Atravesaba entonces un momento decisivo de mi vida. A pesar de haber sido bautizado en la Iglesia Católica y de haber estudiando en un colegio católico, pertenecía a una confesión protestante desde mis once años de edad. En esa confesión había encontrado personas muy buenas y de gran religiosidad. Yo me había destacado también por mi devoción y participación activa, y me había desempeñado durante dos años como líder de un grupo de jóvenes, coordinando actividades de carácter espiritual: predicaciones, charlas, dinámicas, etcétera. 

En aquellos momentos me describía a mí mismo, y lo comentaba entre mis amistades más cercanas, como un anti-católico. Mi camino –mi regreso- hacia la plenitud de la fe, fue un largo proceso en el que  Dios, a través de la lectura de la Escritura, de la oración y del estudio personal, fue logrando en mi alma un cambio de actitud para con la Iglesia Católica.

Desde que llegué a la Universidad había conocido a personas de diversas confesiones religiosas y eso me había motivado a profundizar en mi fe. Trataba de encontrar los motivos del por qué creía lo que creía. Buscaba argumentos de una mayor solidez doctrinal y teológica, y gracias a Camino mi camino personal hacia la reincorporación a la Iglesia avanzó rápidamente. Conocí muchos compañeros y profesores católicos que fueron contestando atentamente a cada una de mis preguntas y estuve dialogando con algunos sacerdotes del Opus Dei.

Al fin, peregriné a Roma, durante la Semana Santa, con un propósito claro: reincorporarme a la Iglesia Católica. Lo hice el viernes 7 de abril de 2006, en la iglesia prelaticia  de Santa María de la Paz, junto a la tumba de San Josemaría.

Durante un encuentro con Mons. Echevarría le pedí consejo y nunca me olvidaré de sus palabras. ¡Cuánto te quiere Dios! –me dijo-.  En la Escritura se dice que el Señor hablaba a Moisés al oído, como el amigo al amigo. Y lo mismo a ti: ha ido hablándote poco a poco, diciéndote: mira este panorama… te ha ido descubriendo lo que por fin has decidido hacer. Dale muchas gracias. Tú,  con tu libertad, has dicho que sí. Pero es el Señor quien te ha buscado… con todo su amor, se ha ocupado de ti….

Aquellas palabras fueron para mí como si el mismo Señor, por medio de aquellas palabras, me diese su gozosa bienvenida a su Iglesia. ¡Cuánto me quiere Dios!