Hablando en plata

Una mujer del Opus Dei, Fonsi Gago, describe, hablando en plata, su apasionante itinerario humano y espiritual

En primera persona

Yo soy de un pueblo de Zamora que se llama Faramontanos de Tabara; un pueblo pequeño de 526 habitantes que antes ni siquiera venía en los mapas; tierra de mucho frío en invierno y mucho calor en verano.

Gracias a Dios, mi familia era muy cristiana: me enseñaron el Catecismo, a ir a Misa… Muy cristiana y muy numerosa: somos diez hermanos. Al ser tantos, desde chiquitina tuve que arrimar el hombro en las faenas de la casa y del campo, ayudando a mi madre a cocinar, planchar, a lavar, a segar y a recoger la cosecha: a lo que hiciera falta. 

Y desde chiquitina también tenía  unas inquietudes espirituales, un deseo de más, un algo dentro, que no sabía cómo concretar.

Estudié en el pueblo hasta los trece años, y luego, al igual que habían hecho mis hermanas, me fui a buscar trabajo a Bilbao. Al recordar todo esto, me parece… hablando en plata, me parece milagroso. Fueron demasiadas casualidades juntas. Allí estaba la mano de Dios.

Pero sigo contando. Estaba buscando trabajo: para cuidar niños, como empleada de hogar, de lo que fuera, cuando un buen día se presenta un señor en casa de mi hermana, al que no conocíamos de nada, y nos pregunta si conocíamos a personas que estuviesen dispuestas a trabajar en  casa de unos señores. 

Yo no sabía cómo iba a cuadrar aquello; porque entonces yo no había salido de mi pueblo y tenía poco mundo; pero las cosas de Dios son así, y todo acabó cuadrando, poco a poco; y cuadró muy bien. Aquel señor me presentó a la señora, que fue muy amable conmigo. El ambiente de la casa me gustó mucho, porque la señora, además de tratarme con mucha confianza, se preocupaba por mi formación. Me ayudó a mejorar y a progresar en todos los sentidos.

Zamora, vista de la catedral

Un día me habló de una Escuela Hogar, dirigida por mujeres del Opus Dei. Fui a verla. Y encontré  allí lo que llevaba buscando desde hacía años, eso que llevaba dentro desde pequeña. Vi en aquellas mujeres un deseo de amar a Dios, una alegría, un afán por ayudar a los demás que me atrajo muchísimo. “Esto es lo mío”, pensé y comencé a asistir a la Escuela Hogar con unos deseos grandes de aprender. 

Y lo necesitaba, verdaderamente, porque había muchas cosas que no sabía; sólo las intuía; pero seguía adelante, porque veía a Dios detrás de todo aquello. Poco después fui a un curso de retiro en Islabe. Comprendí que tenía vocación al Opus Dei y decidí pedir la admisión como numeraria auxiliar. Podía haber tomado muchos otros caminos en mi vida, pero entendí que el que Dios quería para mí era ése.

A veces, cuando cuento estas cosas, me dicen mis amigas: -¡Ah, entonces fue cuando te apuntaste al Opus Dei! Y yo les digo: -mira, yo no me he apuntado a nada; el Opus Dei no es como una autoescuela, donde uno se apunta para sacarse el carnet. Lo que me sucedió tiene un nombre concreto: vocación. 

Si yo no hubiera comprendido en mi alma lo que comprendí durante aquel curso de retiro de 1969, nunca hubiera pedido la admisión al Opus Dei”.  

-¿Y qué comprendiste?, me preguntan. –Comprendí –les digo- que podía realizar mi trabajo desde la noche a la mañana, en presencia de Dios;  comprendí que santificándome con aquel trabajo podía ayudar a santificar a los demás… ¡comprendí tantas cosas! Y tomé la decisión de entregarme… ¡con una certeza interior! ¡con una seguridad...! 

Hay personas que se casan con dudas, porque no saben si la otra persona les responderá o no. Yo lo tenía clarísimo: sabía que el Señor responde siempre y que aquel era mi camino.

Además de mi camino, es la misericordia de Dios para conmigo. Nos decía san Josemaría que con el paso de los años nos iríamos dando cuenta de que nuestra historia personal es la historia de la misericordia de Dios con cada una, con cada uno. Es verdad. Yo cada año que pasa lo experimento más. A mí, ser numeraria auxiliar me parece la llamada más bonita que Dios puede darle a una persona, aunque sé que cada cual pensará lo mismo de su propia vocación, y que cada cual debe ir por donde Dios le llame: “cada caminante siga su camino”, decía nuestro fundador.

A san Josemaría le conocí poco después, cuando vino a España, en 1974, en Pamplona, en un encuentro con pocas personas. Nos miraba con mucha alegría; se le veía lleno de Dios. Al verme, me preguntó cuántos años tenía. -¡Eres muy joven! –me dijo, sonriendo. Y dirigiéndose a todas, añadió unas palabras que no se me olvidarán nunca:

-¡Mis hijas no cumplen más de veinticinco años, porque tienen la juventud de la entrega!

A lo largo de la vida (y no es que yo sea tan mayor, pero, como suele decirse, los cincuenta ya no los cumplo) he ido comprobando la verdad de esas palabras.

No eran una frase bonita: verdaderamente el amor a Dios, la entrega, rejuvenece el corazón. 

¿Por qué? –me preguntan.  -Una de las razones -les digo-, es porque una persona entregada a Dios, en mi caso, como numeraria auxiliar,  se pasa todo el día, de la noche a la mañana, pensando en los demás. Y pensar en los demás rejuvenece mucho…

"Verdaderamente el amor a Dios, la entrega, rejuvenece el corazón"

 -¿Haciendo qué?, siguen preguntándome. -Haciendo -les explico- el trabajo de cada día, según la personalidad de cada una. Yo he trabajado en muchas cosas: primero en mi pueblo, después con aquella señora de Bilbao; luego… En mi caso, lo genuino de una numeraria auxiliar es sacar adelante las administraciones de los centros del Opus Dei, procurando que tengan calor y sabor de hogar, casas de familia cristiana, convirtiéndolos en hogares luminosos y alegres.

San Josemaría llamaba a nuestro trabajo “el apostolado de los apostolados”, porque Dios se sirve de él para impulsar las iniciativas apostólicas de este pedacico de la Iglesia, que es el Opus Dei, en todo el mundo. Nos consideraba –y nos lo dijo muchas veces- una pieza fundamental en el Opus Dei. Valoraba mucho “la mano femenina”, el trabajo de la mujer, en casa y fuera de casa: su inventiva, su delicadeza, su creatividad, su sensibilidad.

Y éste es mi trabajo: sacar adelante mi hogar, que es la Obra. Un trabajo bonito, pero también intenso, que me ocupa gran parte del día. Soy, como tantas mujeres de ahora, una de esas personas “con muchísimas cosas que hacer”. Sin embargo, cuando me hablaron de una ONG que hay en Madrid, Desarrollo y Asistencia, DA, que se dedica a ayudar a los demás, no me lo pensé dos veces y decidí colaborar. ¡Y eso que no me sobra el tiempo, precisamente! Pero cuando te propones hacer algo acabas encontrando tiempo, aunque tengas que sacarlo debajo de las piedras…

En esa ONG hay muchos programas de voluntariado. Yo me apunté a uno que consiste en atender a personas desvalidas en sus casas. Vamos siempre dos voluntarios, para garantizar la continuidad de la atención. Las personas atendidas suelen ser mujeres que por distintos motivos viven solas: normalmente son ancianas, sin hijos y sin familia. Los nombres los proporciona el Ayuntamiento.

La primera persona que atendí era una señora mayor, ciega, que vivía sola.  Nos recibía a Amaya –la otra voluntaria- y a mí con un cariño inmenso. Tenía la casa patas arriba, como se puede suponer, porque la pobrecita, en su situación, hacía lo que podía. 

Nosotras estábamos unas horas con ella y la ayudábamos también en todo lo que podíamos. Además procurábamos darle cariño, esperanza, alegría… Y nos fue tomando mucho cariño; tanto que le dijo a un familiar suyo que quería que la acompañáramos a la hora de su muerte: “si ves que me estoy muriendo –le dijo-  llamas enseguida a Fonsi y a Amaya por teléfono”.  

Y así fue, cuando llegamos ya estaba inconsciente pero pienso que notó nuestra presencia, porque cuando le tomé la mano ella me la apretó.

Cuando pienso en las vivencias que he tenido con tantas personas en el voluntariado, hablando en plata, pienso que he salido ganando: yo he dedicado tiempo, a veces con esfuerzo y sacrificio, pero ellas me han enseñado a sufrir en silencio y llevar sus penas con alegría y agradecimiento.