Historia de un marino

Carlos Navarro Revuelta, Vicealmirante del Cuerpo de Ingenieros de la Armada española, cuenta su historia

En primera persona

Una imagen fija

Me lo contó muchas veces. Durante la maniobra de proa un marinero estuvo a punto de caerse al agua y él se abalanzó rápidamente para salvarlo; pudo sujetarlo, pero con tan mala fortuna que estuvo a punto de perder la pierna izquierda, que se le había quedado apresada entre la cadena y el cabrestante.

Esto debió suceder allá por 1920. A raíz de esa desgracia, mi padre pasó a la escala de tierra y en 1934, tras una breve estancia en Ferrol –donde nací yo- otra en Avilés y otra en La Coruña, nos vinimos a Madrid. 

Una desgracia… Sí; fue evidentemente una desgracia, aunque a lo largo de mi vida he ido viendo que Dios nos muestra su amor también a través de esos sucesos que calificamos como “desgracias” y que nos cambian la vida. Desde luego, la vida de mi padre cambió por completo, y con ella, la de toda la familia.

Ahora juzgo aquel suceso de otra manera. Y más que una desgracia lo considero como uno de esos sucesos que Dios permite para nuestro bien. Fue, por decirlo de algún modo, como una imagen fija (congelar la imagen, se dice ahora) de toda la singladura de su vida. Cuando pienso en mi padre me lo imagino en ese momento crucial, abalanzándose para salvar al marinero y roto de dolor, con la pierna destrozada. Porque aquello no fue un hecho aislado, sino una constante de su existencia. Murió siendo capitán de navío en 1974.

"Mi padre no era un hombre de consejos, sino de ejemplo personal. Una persona íntegra, con muchas virtudes humanas"

Cuando uno llega a estas edades piensa mucho en sus padres, en su infancia, en el sentido de la propia vida… Yo me esfuerzo en recordar algunas palabras de mi padre, algún consejo, alguna directriz, y caigo en la cuenta de que no me dio prácticamente ninguna. No era un hombre de consejos, sino de ejemplo personal. Una persona íntegra, con muchas virtudes humanas. No era demasiado religioso, pero era extraordinariamente bueno y honrado, limpio y noble, de alma y de palabra. Cuando había alguna conversación improcedente que pudiese rozar lo inmoral, la cortaba con decisión. "-¡Ya salió don puro !", le decían de broma. A mí me hizo mucho bien esa pureza interior, esa coherencia profunda de su alma.

Y nos vinimos para Madrid, estaba contando. En 1934 me llevaron al Colegio del Pilar. Años después comprobé que era un gran colegio, pero al principio no pensaba del mismo modo. Aún resuenan en mis oídos las carcajadas de mis compañeros de clase cuando una mañana, enfilé, decidido, la puerta de salida.

 -¡Navarro! ¿A dónde va usted? –me preguntó el profesor.

-¡A mi casa! –le contesté, con toda la rotundidad de mis seis años. Y remaché:

-¡Me voy a mi casa, porque me gusta más estar allí que aquí!

Guardo una deuda inmensa con aquel colegio, donde recibí una magnífica formación académica, humana y cristiana. Aprendí a vivir una vida de piedad sincera, aunque todavía “tutelada”. Luego diré por qué empleo esa expresión.

Juan Sebastina 'Elcano'

Acabé el bachillerato en 1944 y logré superar, gracias a Dios, aquel terrorífico Examen de Estado en el que varios catedráticos de universidad nos examinaban muy serios y con cara de pocos amigos desde las alturas de una mesa. Allí, bajo la tarima, uno se sentía como un pigmeo…

Al año siguiente ingresé en la Escuela Naval. En el tercer curso, año 1948, estuve embarcado en el Elcano, haciendo viajes muy interesantes por el Atlántico: Canarias, Río de Janeiro, Cartagena de Indias, Cabo Verde… Salí alférez de navío en 1950 y me destinaron primero al Méndez y luego al Legazpi, al Miguel de Cervantes y al Martín Alonso Pinzón.

Ignacio

Ese periodo fue tan intenso como feliz, en el que conocí a varias personas que han tenido una gran influencia en mi vida. Una de ellas fue Ignacio Martel, un gaditano que era el segundo comandante de otro barco. Era un hombre singular, muy preocupado por los subordinados. Durante siglos, la marinería, para descansar en sus ratos libres, no tenía otra posibilidad que irse a pasear por la cubierta. Y a Ignacio se le ocurrió crear el Hogar del Marinero, un espacio donde los marineros pudieran estar a gusto, charlar y jugar a las cartas. A partir de entonces, en todos los barcos que se construyen se dedica un espacio para el Hogar.

Ignacio era un buen cristiano y gracias a él comencé a realizar actividades de asistencia social. Le acompañaba en sus visitas a personas necesitadas de El Ferrol, encuadradas en las Conferencias de San Vicente. Yo tenía muy presente el ejemplo de mi padre, y me inclinaba a participar en todo lo que significase ayudar a los demás. 

En aquel tiempo había dado ya el salto desde la “piedad tutelada” del colegio hasta una vida de oración personal; lo que se podría llamar una “piedad responsable”. Si no se da ese salto es muy difícil avanzar…

Vista aérea de la Ría de Pontevedra

En la capilla de la Escuela Naval, que estaba siempre abierta, me acercaba cuando podía para hacer un rato de oración junto al Santísimo. Era una capilla pequeña, situada en un lugar precioso, con una vista espléndida de la ría de Pontevedra. 

Me fue bien en los años de Escuela Naval. Gracias a la buena base académica que había recibido en el colegio era uno de los primeros de la promoción y podía ayudar, como es costumbre en la Escuela, a los compañeros que van peor. 

Un curso de retiro en La Estila

Mi primer contacto con el Opus Dei fue en 1950, estando yo embarcado en Ferrol. Asistí, con otros compañeros, a un curso de retiro en Santiago de Compostela, en el Colegio Mayor La Estila, que nos predicó don Federico Suárez, muy buen sacerdote y gran historiador. Aquel curso de retiro nos impactó especialmente.

Colegio Mayor La Estila en la actualidad

Asistía con algunos compañeros a reuniones de formación cristiana. Esas conversaciones sobre Dios durante mi juventud me hicieron muchísimo bien, porque aprendes cosas que no se te olvidan nunca. Y tiempo después me hice cooperador del Opus Dei, animado por otro marino, Rafael Caamaño, que posteriormente fue ordenado sacerdote. 

A partir de entonces he procurado cooperar y ayudar al Opus Dei, porque conozco la labor maravillosa que hace la Obra con todo tipo de personas.

Conocí a mi mujer cuando estaba destinado en Cádiz. Nos casamos, en 1958. Entonces yo era teniente de navío y vivía en Génova, donde me habían destinado dos años antes, para que obtuviese el título de ingeniero naval en la Facultad de Ingeniería de la Universidad. Así que durante los primeros años de casados estuvimos viviendo en Italia. Durante ese tiempo asistía a algunos retiros espirituales en Milán y hablaba con un sacerdote del Opus Dei, don Luigi. 

Génova

Al terminar mis estudios en Génova, ya con una hija, estuve unos años destinado en Ferrol y Madrid. En ese periodo nacieron otros cuatro hijos.

En 1966 me destinaron a Washington como agregado naval adjunto, para colaborar con la marina americana en un programa de construcción en España de barcos de proyecto americano. Regresamos a España en 1970, cuando me nombraron Jefe del programa de las Fragatas Baleares.

Y así fue pasando la vida. Los hijos fueron creciendo, y ascendí a Contralmirante en 1982, como Subdirector de Construcciones Navales, y a Vicealmirante en 1986. Un año después trabajé como asesor del Presidente de Bazán, y en 1993 pasé a la segunda reserva. Desde entonces soy un jubilado. 

Voluntario en DYA, Desarrollo Y Asistencia

Y cuando me disponía a ejercer como tal y a disfrutar del merecido descanso, me llama un amigo, Rafael de Ojeda, y me propone colaborar en una ONG, DYA, Desarrollo y Asistencia, que presidía Jose Maria Sáenz de Tejada, para ayudar a personas solas y necesitadas en sus casas, y a enfermos en los Hospitales. 

“¿Y ahora qué hago?” –me pregunté. Y concluí: “Siempre que me han propuesto ayudar a los demás he dicho que sí. Con mas razón debo hacerlo ahora, que tengo mas tiempo”. Y me apunté a un cursillo de preparación de esa ONG, en la que participan algunos miembros y cooperadores del Opus Dei. Los del cursillo empezaron diciéndonos que los voluntarios íbamos a recibir más de lo que podíamos dar… Al escuchar esas palabras pensé para mis adentros que era las frases típicas de comienzos de cursillo; lo que se le dice al novato para venderle la burra.

Luego descubrí que estaba equivocado: es verdad, los enfermos te dan mucho más a ti de lo que tú les puedas aportar a ellos. Yo llevo diez años atendiendo a los enfermos en el Hospital Clínico y estoy totalmente enganchado, super-enganchado, como dirían mis nietos. En el Hospital llevas una bata blanca, con un brazalete donde pone: voluntario, y vas conversando con los enfermos y ayudándoles en lo que puedes, especialmente con los que están solos y no tienen a nadie que los visite. A menudo basta con escucharlos.

Recuerdo que durante una temporada acompañaba a dar paseos por el pasillo, a una señora mayor que estaba muy sola. Un día, al entrar en la habitación, la encontré guardando sus cosas en una bolsa porque le habían dado el alta. Intercambiamos algunas frases de despedida. Al terminar se puso seria, me miró y me dijo: “Y que usted siga repartiendo cariño”. Confieso que me emocioné.

"Los enfermos te dan mucho más a ti de lo que tú les puedas aportar a ellos"

Es verdad: los enfermos te dan mucho más a ti que tú a ellos. Es lo que me comentó, antes de dejar su habitación, un enfermo que tocaba el clarinete en la Banda Municipal de Madrid.

-Ustedes, los voluntarios, no saben el bien que nos hacen, pero nosotros aquí –me dijo, llevándose la mano al corazón- lo sabemos muy bien.

Los enfermos son muy agradecidos. Un día me llamó una asistente social para que ayudase a comer a una señora con tumor cerebral. En mitad de la comida me hizo un gesto, intentando hablar.

-¿Quiere que le parta la carne en trocitos más pequeños? –le pregunté.

Movía la cabeza diciendo que no, al tiempo que intentaba articular una palabra. Yo no lograba entenderla.

-¿Qué quiere usted? ¿Agua? ¿Pan?

Ella seguía moviendo la cabeza hasta que, al cabo de un rato, haciendo un gran esfuerzo con la boca, logró articular estas dos palabras:

-Mu-chas gra-cias

Mis nietos

"Le doy gracias a Dios porque me ha ido poniendo personas a mi lado que me han propuesto hacer el bien y me han ayudado a hacerlo"

Y a eso es a lo que me dedico ahora, además de la atención, junto con mi mujer, a mis hijos y nietos. Los hijos trabajan todos mucho, tienen poco tiempo libre y, con frecuencia, necesitan ayuda. Y es que, como decía un amigo mío: “Cuando nace un hijo, se sube sobre tus hombros y ya no se baja”.

Tengo nueve nietos, la mayor parte todavía pequeños, y procuro ayudarles en lo que puedo, algo que no tiene demasiado mérito para un abuelo, porque se disfruta muchísimo con ellos. Procuro llevarlos y traerlos al colegio, algo que he hecho con mis hijos, colaborando con mi mujer. Pienso que ésa es la misión de los abuelos: ayudar a los hijos a criar a los nietos, teniendo siempre presente que no nos corresponde a nosotros educarlos, sino a sus padres. Pero debemos darles buen ejemplo. 

Hace poco oí decir a un abuelo: “¡pues si mis hijos se creen que yo voy a hacer de taxista de mis nietos, van listos!”. Sigo dándole vueltas a la frase y no la entiendo. A mí me parece que en esta vida estamos para ayudar a los demás, haciendo de taxista o de lo que sea. ¡Y más si son tus nietos!

Un verano vi desde el jardín de mi casa a un muchacho al que no le arrancaba la moto. Salí y estuvimos probando, una y otra vez, hasta que arrancó. Al terminar, una nieta mía me preguntó: “Abuelo: ¿y tú conocías a ese chico? Al contestarle que no, exclamó: “¡Es que tú ayudas a todo el mundo!”.

Escuala Naval de Marín (Pontevedra)

Claro que estas cosas sólo se entienden bien desde una visión trascendente de la vida. Por eso, cuando me correspondió decir unas palabras en los Actos de las Bodas de Oro de nuestro ingreso en la Escuela Naval Militar de Marin, les hablé a los alumnos y compañeros de promoción de mis vivencias en los años allí transcurridos, y entre otras, cosas, de los ratos que había pasado rezando en la capilla. No sé si fue algo adecuado para un acto de ese tipo, pero me pareció importante contarles mi experiencia, porque a mí, esos ratos personales de oración durante mi juventud me han dejado una huella indeleble.

En estas edades de la vida, echas la mirada atrás y te das cuenta de que la existencia es una continua encrucijada de síes y noes, en las que tienes que decidir constantemente: “¿me voy o me quedo?”. Ante las dificultades tendemos a reaccionar como yo, cuando quería marcharme del Colegio de pequeño…

Le doy gracias a Dios porque me ha ido poniendo personas a mi lado que me han propuesto hacer el bien y me han ayudado a hacerlo: mis padres, Ignacio Martel, mis amigos del Opus Dei… Y sobre todo mi mujer, de una fe clara y firme que me ha servido de ejemplo e impulso. 

Evidentemente, mis respuestas han sido siempre decisiones libres. Yo pude haber dicho que no y quizás ahora me encontrase solo sin que nadie me echara una mano, porque sueles recoger lo que siembras…