Kenia: mujeres que se ayudan entre sí

Alquilan burros para el transporte, gestionan peluquerías o tiendas de alimentos, cosen, maquillan... Son ya más de 500 las mujeres de Kenia que han puesto en marcha un micronegocio, ayudadas por un grupo de universitarias. Así es el TOT, un proyecto de la Fundación Kianda.

Iniciativas sociales

Ngarariga y Riara son dos pueblos que forman parte del distrito de Kiambú, en Kenia. El paisaje está compuesto de colinas y mesetas que facilitan el cultivo del café y las plantaciones de té. La recolección de estos productos suponen la mayor fuente de ingresos en esta zona del país africano.

Muchos kenianos acuden a Kiambú en busca de trabajo. Durante la cosecha reciben empleo, pero el resto del año no tienen nada que hacer. Esto significa que durante más de seis meses, no cuentan con ningún medio de subsistencia.

En las colinas del Ngong viven los masais, pastores nómadas. Su estilo de vida les dificulta recibir educación, especialmente a las mujeres. A los 15 años, las chicas son ofrecidas en matrimonio a cambio de un poco de ganado como dote. A esa edad, no han tenido tiempo para formarse y poder desarrollar un empleo.

En 2003, con el fin de ayudar a las mujeres de Ngarariga, Riara y Ngong, la Fundación Kianda puso en marcha el proyecto TOT (Training of Trainers: formadoras de formadoras). Se trata de preparar a jóvenes con estudios universitarios para que, a su vez, enseñen a las mujeres del mundo rural cómo poner en marcha un pequeño negocio.

Hasta ahora, 512 mujeres de entre 25 y 60 años se han beneficiado de este programa, gracias a la colaboración de 73 universitarias. También acuden a los cursos algunas señoras de más de 60 años que, tras el fallecimiento de sus hijos a causa del SIDA, se han visto obligadas a ganar dinero para sostener a sus nietos.

Anastacia Wanjiru Mungai, peluquera.

La Fundación Kianda, impulsora del proyecto, promueve el desarrollo social, educativo y espiritual de la mujer en Kenia. Se inspira en las enseñanzas de San Josemaría Escrivá.

“Es necesario –decía el santo- que la Universidad forme a los estudiantes en una mentalidad de servicio: servicio a la sociedad, promoviendo el bien común con su trabajo profesional y con su actuación cívica. Los universitarios necesitan ser responsables, tener una sana inquietud por los problemas de los demás y un espíritu generoso que les lleve a enfrentarse con estos problemas, y a procurar encontrar la mejor solución.

La directora del curso, Susan Kinyua, reune grupos de 15 universitarias y les da un cursillo de una semana. Ellas, a su vez, ayudarán a las 80 mujeres seleccionadas por la Oficina de Desarrollo local. “Aunque las necesidades son mayores –explica Susan-. En diciembre de 2005 fuimos a Kamirithu a presentar el proyecto y no nos esperaban 80 mujeres... ¡sino 3.000!”.

Maria Njeri, con su máquina de coser.

Las primeras sesiones que imparten las jóvenes universitarias tratan sobre “Hábitos para la vida”, es decir, cómo ser personas educadas, honestas, limpias, serviciales... Susan Kinyua explica que “nuestro proyecto comienza por ayudar a la persona. Estas mujeres aprenden a usar las cosas, a ir arregladas... y la primera consecuencia es que aumenta su autoestima”.

A continuación, el curso les enseña a poner en marcha un negocio: planificarlo, hacerle publicidad, asegurar la continuidad, etc. Cuando las alumnas han escogido su tarea, Kianda les ayuda a poner en marcha la micro empresa, gracias a una ayuda que recibe de la Unión Europea.

Para las universitarias, supone una verdadera experiencia educativa. 'Los universitarios -decía san Josemaría- necesitan tener una sana inquietud por los problemas de los demás'.

Las iniciativas que han puesto en marcha son de lo más variado: alquiler de burros para transporte, salones de belleza, tiendas de ropa, costureros, sastrerías, fruterías, etc.

ALGUNAS HISTORIAS

Cuando el marido de Edith Muthoni murió, ella tuvo que mudarse a una barriada donde vivía de alquiler en una habitación, demasiado estrecha para cobijarse con sus hijos. Así que, para lograr una vida mejor, dejó a sus niños con la abuela, y puso en marcha un negocio de compra y venta de leche. Lo poco que ganaba, lo enviaba a sus hijos. Con la ayuda del TOT ha podido desarrollar su negocio y aumentar sus beneficios. Por fin, pudo comprar un piso propio y traer de nuevo a su lado a sus hijos

Hannah Wakaba, del Ngong, es viuda desde hace 10 años. “Al ser viuda, tendía a ser muy compasiva conmigo misma, y había perdido la autoconfianza. Pensaba que todo el mundo me miraba por encima del hombro. Ahora he creado un grupo de viudas, y entre nosotras nos damos ánimo, nos ayudamos a mejorar el trabajo y profundizamos en los valores que oí a esas jóvenes. ¡La vida es bella! Mis tres hijos me dicen que notan que algo en mí ha cambiado”

Anastacia Wanjiru Mungai, por su parte, ha iniciado una peluquería. Su marido sólo puede trabajar ocasionalmente, así que la familia depende de ella. Ahora se ha propuesto mejorar un poco su choza de barro: ahorrando un poco de dinero, ha podido comprar algunos materiales de mejor calidad para el suelo.