La familia… y cuatro más

Rosa Ciriquián y Alberto Portilla ya tenían doce hijos cuando decidieron adoptar… a cuatro niñas indias. Rosa, es supernumeraria del Opus Dei, y además de madre, ha sido puericultora, directora de conservatorio y profesora.

En primera persona

“Cuando nos casamos yo no era de la Obra -dice Rosa-, pero Alberto y yo vivimos la llegada de los hijos con alegría y naturalidad, como un matrimonio cristiano. Durante los primeros diecisiete años me dediqué a la casa. Más o menos cada año llegaba un nuevo hijo. Cuando cumplí veintidós nació el primero y cuando tenía treinta y cinco, el undécimo. La última de mis hijas nació cinco años después”.

En ese tiempo, la familia cambió varias veces de ciudad. Al nacer la sexta, se trasladaron a Huelva. “Allí descubrí que tenía ratos libres. Es curioso: cuantos más niños tenía, más sencilla se volvía la vida. A partir del tercero me empezó a sobrar tiempo y esperando el octavo me matriculé en Peritaje Mercantil”.

“Lo de Perito Mercantil tiene su gracia –recuerda Rosa-. Surgió de una apuesta con uno de mis hijos. Un día me comentó que no valía para estudiar, y yo, para animarlo, le dije que hasta su madre podía hacer sus estudios. Hicimos una apuesta y me matriculé. Aprobé el primer año y acabé los estudios al nacer nuestro undécimo hijo. Cuando uno se complica la vida –reflexiona- se da cuenta de hasta dónde puede llegar y aprende a aprovechar el tiempo”. 

En Huelva no había conservatorio de música y estaban buscando profesores. A Rosa le ilusionaba promover entre los jóvenes el amor a la música y se unió al grupo promotor. Lo que empezó casi como una broma terminó en Conservatorio. “Comenzamos con diez alumnos y el piano de la abuela, y acabamos con seiscientos. Además, se abrieron otros conservatorios en la provincia. Permanecí diez años como directora del Conservatorio”.

Fue en esa ciudad andaluza donde Rosa descubrió su vocación. “Pedí la admisión como supernumeraria cuando esperaba a la duodécima. Pero había oído hablar de la Obra desde la adolescencia”. Al preguntarle en qué ha cambiado su vida, Rosa contesta: “Hago lo mismo que antes pero con más paz interior, especialmente consciente de que soy hija de Dios y de que nada de lo que me pasa le resulta ajeno. No puedo decir que la vocación a la Obra haya añadido nada particular a mi vocación cristiana: es sólo una forma de subrayar los compromisos del Bautismo”.

Y eso a pesar de los apuros económicos. “Cuando no hay dinero –afirma- no te preocupas de lo superfluo; te conformas con lo esencial: que los niños vayan aseados, que tengan una buena educación. Nosotros no podíamos llevarlos a colegios privados, pero nos preocupamos de integrarnos en el APA para influir en su formación. Por otra parte, no sé qué tenía nuestra casa que tanto atraía a los amigos de mis hijos. Para aprovechar la comida, yo solía hacer puré con legumbres, verduras, pequeños restos que no quería desaprovechar. Nuestros purés se hicieron famosos. A los que venían además les llamaba la atención que en casa cenáramos todos juntos y sentados a la mesa. No hacíamos cosas extraordinarias, pero lo pasábamos muy bien”.

Cuando los mayores empezaron sus estudios universitarios se trasladaron a Sevilla. Allí a Rosa le surgió la oportunidad de impartir clases en Entreolivos, un colegio cuya atención espiritual está encomendada a la Prelatura del Opus Dei, y eso le permitió matricular a sus hijas. En ese colegio permaneció quince años, hasta su jubilación.

Desde la India

La última locura de los Portilla fue la adopción de Shobba, Mamata, Yuneshia y Mónica, que tras su catequesis y bautismo se convertirían en Amparo, Macarena, Carmen y Pilar; cuatro hermanas indias, que han incrementado la familia. “Por esa época –recuerda Rosa- pensé que ya no podía tener más hijos, pero que aún tenía mucho amor de madre que dar. Planteé el tema de la adopción a Alberto y a los niños. Y como todos estamos un poco locos nos gustó la idea, sobre todo a María, la pequeña. La adopción fue un proceso duro y largo. Al cabo de dos años de trámites nos contestaron que teníamos dos niñas preasignadas. Pero cuando fuimos a por ellas vieron que teníamos muchos hijos y pasamos a una lista de espera. La verdad es que regresamos a España apenados y dimos por perdida la adopción”.

Poco después entraron en contacto con la presidenta de una ONG que iba a India para recoger a su hija. A los pocos días les llamó para comunicarles que en su orfanato había cuatro hermanas a las que nadie quería adoptar. Tras estudiar el asunto en “cumbre familiar” concluyeron que donde cabían dos, cabían cuatro. 

“Estas hijas han sido un regalo de San Josemaría y de la Virgen. Partieron de India un 2 de octubre (fecha del aniversario de la Fundación del Opus Dei) y aterrizaron en Sevilla el día de Nuestra Sra. del Rosario. Nos han abierto una perspectiva inmensa de generosidad. Han sacado lo mejor de todos, en especial de los hijos. La gente dice que han tenido mucha suerte. Yo digo que la suerte es para nuestra familia”.

Alberto y Rosa tienen quince nietos, uno en el Cielo desde hace un mes. Ahora esperan otros dos. “En ellos vemos la futura juventud. Nos han llenado la casa otra vez de risas y nos enternece oírles preguntar: Abuela, ¿me cuentas un cuento? La verdad es que nos gusta eso de ser abuelos”.