“La vida misma vale más que mil palabras”

Roberto Rey es sacerdote agregado de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz. Desde hace unos años, es el párroco de Virgen del Camino, una antigua ermita situada en Collado Villalba, un pueblo al norte de Madrid

En primera persona

Soy sacerdote agregado de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz. Nací en Linares, en una familia numerosa –somos cinco hermanos-. Yo pensaba que me iba a pasar toda mi vida en aquel pueblo de Jaén, pero a los doce años trasladaron a mi padre a Madrid y nos vinimos a la capital, donde comencé a estudiar en el instituto público Ramiro de Maeztu, famoso por su afición al baloncesto. A los catorce años, comencé a participar en algunas actividades del club Llambria, una asociación juvenil dirigida por personas del Opus Dei, que quedaba cerca del Colegio. Allí conocí a algunas personas de la Obra y empecé a acudir a algunos medios de formación cristiana.

A mi padre no le gustaba que fuese por ese Club, porque tenía algunos prejuicios sobre la Obra. Pero mi madre le dijo: ¿Pero tú ves a nuestro hijo que sea especialmente rico?; ¿tú crees que nosotros tenemos dinero, influencia o poder? Ahí no puede aprender nada malo, porque es una institución de la Iglesia. 

Cuando empecé a estudiar Derecho en la Universidad Autónoma dejé de ir por Llambria, aunque conservaba mi amistad con algunas personas de la Obra. Y así pasó el tiempo hasta que hice un cursillo de cristiandad. Aquellos días me removieron interiormente. Y a partir de entonces comencé a implicarme y a complicarme en algunas asociaciones de la Facultad para defender el derecho a la vida. 

Hasta que un día, haciendo un rato de oración, le dije al Señor: ya no puedo más; ya no tengo tiempo para mí; esto me está costando tiempo, dinero y complicaciones….Y tuve una moción interior: No quiero tus cosas, tu calderilla, tu tiempo... ¡Te quiero a ti! 

Como el “A tí” me sonó a sacerdocio, me negué rotundamente a esa posibilidad. ¡No! Yo soy de los que  me pongo en la última fila en la Iglesia. Jamás he salido a leer una lectura en la Misa. Me da grima salir ahí arriba. Por eso, el sacerdocio no puede ser lo mío. Además, como argumento concluyente, me dije: y me gustan mucho las mujeres… Excusa tras excusa, procuré ir olvidándome del asunto. Pero llevaba esa inquietud dentro del alma.

En ésas estaba cuando un amigo me invitó a una convivencia en Roma durante la Semana Santa, con personas del Opus Dei. ¿Una semana en Roma? ¡Estupendo!  Iba con la idea de hacer turismo: muchos paseos, bastantes gelatti, algo de arte… Pensaba acudir a la audiencia con el Papa en el Aula Pablo VI, pero en el orden espiritual, nada más.

Durante la audiencia, como de costumbre, algunos españoles dimos la nota y fuimos adelantando filas sin orden ni concierto. Yo me puse cerca, muy cerca de Juan Pablo II. El Papa tenía una gran vitalidad y no se me olvidarán nunca sus primeras palabras: ¡Queridos jóvenes! No tengáis miedo de entregar vuestra vida a Cristo, porque no estáis solos. Contáis con la Gracia de Dios. 

"Ya no tenía miedo. Tenía… ¡pánico! Me di cuenta que llevaba dos años regateándole la entrega al Señor. Y aquel día, el domingo de Resurrección de 1988, decidí ser sacerdote"

Ya no tenía miedo. Tenía… ¡pánico! Me di cuenta que llevaba dos años regateándole la entrega al Señor. Y aquel día, el domingo de Resurrección de 1988, decidí ser sacerdote. A continuación, fui a ver al sacerdote que venía en nuestro autobús. Pocos días antes le había dicho que no deseaba hablar con él de cosas relacionadas con Dios durante esa semana. 

- Don Juanjo – le dije-: quiero ser sacerdote. 

Se sorprendió. Pocos días antes le había dicho que no quería saber nada de nada, y ahora, de repente… ¡quería ser sacerdote!. 

-¡Sí!, ¡Sí! –le remaché-. Estoy dispuesto a todo: ¡incluso a los quince años de seminario!

Pensaba entonces, no sé por qué, que para ser sacerdote había que estar interno quince años en un seminario. No tenía ni idea. Ni siquiera sabía dónde estaba físicamente el Seminario. Y yo, que había estudiado Ciencias Puras, por no dar Latín, le dije:

- Y además, estoy dispuesto a aprender latín y a tener que estudiar todo en latín. 

Él comenzó a explicarme, divertido: no eran quince años, sino siete; y  no se estudiaba todo en latín, como pensaba yo; sólo había una asignatura…

- Me da igual –le dije-. Estoy completamente decidido. Y si hay que hacer algún papel aquí en Roma, pues lo hago.

Como se ve, sabía bastante poco de la organización eclesiástica.

Don Juan José me dio algunas ideas básicas: me explicó que no había que “inscribirse previamente en Roma”. Si deseaba ser sacerdote debía ir primero al Seminario de Madrid.

-…y en el Seminario –siguió explicándome, con paciencia- hay un sacerdote que se llama el Rector del Seminario. Cuando volvamos a Madrid, si sigues queriendo ser sacerdote, vamos al Seminario y yo te lo presento. Hablas con él, y él te irá explicando todo lo que tienes que hacer para ser sacerdote. Primero hay un tiempo de discernimiento, en el que te irán conociendo. Y tú irás discerniendo también si esto que sientes ahora es un querer de Dios o no…

Regresé completamente decidido. Luego me he dado cuenta que -como le gustaba recordar a San Josemaría- gran parte de mi llamada al sacerdocio se la debo a la formación cristiana que me dieron mis padres. Ahora, cuando atiendo a algunas familias que vienen por la parroquia, me recuerdan mi propia historia. Cuando me iba a ordenar sacerdote, con treinta años, mi madre, que ya era viuda, me dijo: 

-¡Hijo, te voy a contar una cosa que tú no sabes! 

Me eché a temblar. 

-No te creas que te ordenas sacerdote así como así. Cuando hiciste la primera Comunión y te llevamos a la catequesis, le dije a tu padre: si llevamos al niño a la catequesis, nosotros tenemos que empezar a ir a Misa todos los domingos…

Ahora, en las catequesis de Comunión, procuro hablar con cada uno de los padres y animarles para que den ejemplo de coherencia cristiana a sus hijos. Y son muchos los que responden positivamente.

Siendo seminarista estuve dos años en práctica pastoral en la parroquia de Santa María Micaela en Madrid. Luego continué como vicario parroquial. Desde hace cuatro años estoy en Collado Villalba, en una nueva parroquia: Virgen del Camino. Era una ermita que dependía de la parroquia de Santísima Trinidad. En Collado Villalba, hay 60.000 personas censadas y en verano residen alrededor de 115.000. Se necesitaba una tercera parroquia y hubo que acondicionar el templo y construir un nuevo edificio, con salas para las catequesis, despachos y viviendas para los sacerdotes. 

"Nuestro trabajo pastoral se inspira en una enseñanza de Juan Pablo II en la encíclica "Novo millenio ineunte", en la que proponía que las parroquias fueran escuelas de oración"

Nuestro trabajo pastoral se inspira en una enseñanza de Juan Pablo II en la encíclica Novo millenio ineunte, en la que proponía que las parroquias fueran escuelas de oración. “Para que los alumnos aprendan, hay que abrir las escuelas -pensé-. Entonces lo primero que tenemos que hacer es abrir la parroquia todo el día: desde las 7:30 de la mañana hasta la noche, cerrando sólo a la hora de la comida, para facilitar que muchas personas puedan encontrarse con Jesucristo en el Sagrario y hacer oración”. 

Es un gozo ver como, poco a poco, han ido inscribiéndose los niños para la catequesis de Primera Comunión, como han ido llegando los primeros jóvenes para prepararse para la Confirmación, los futuros esposos para los cursillos prematrimoniales…

-¿Oiga, y qué es eso de ser cura? ¿En qué consiste su trabajo?, me preguntan los jóvenes, con un despiste similar al mío cuando tenía su misma edad. Les explico que mi trabajo consiste en ser un puente entre Dios y los hombres: en llevar las cosas de los hombres a Dios y las cosas de Dios a los hombres, muy unido al Obispo diocesano.

Después de aclararles que significa la palabra “diocesano”, sigo explicándoles, de la forma más sencilla posible, acomodándome a su mentalidad, como hizo don Juanjo conmigo- que la tarea de sacerdote diocesano es colaborar con su Obispo en comunión con los Apóstoles en la predicación de la palabra de Dios, en la administración de los Sacramentos de Jesucristo y en el ejercicio de la caridad.

Poco a poco lo van entendiendo; aunque la vida misma vale más que mil palabras. Además de hablarles de la confesión, esos jóvenes ven en la iglesia a sacerdotes confesando todos los días. Y después de recibir el Sacramento de la Reconciliación se van felices, gozosos, por haber recibido el perdón del Señor.

Así se ha ido creando esta gran familia de la parroquia. Queremos que sea como aquella fuente de la que hablaba Juan XXIII. El Papa  comparaba  la parroquia a la fuente de la aldea, donde van todos los vecinos desde sus casas para recoger el agua que les fortalece en sus actividades cotidianas. 

Me alegra ver como grandes y pequeños se van acercando al Señor. Un día de fin de curso vi como una niña, de unos seis o siete años, subía al altar y abría la mochila. Me puse nervioso, porque pensé que iba a sacar unos rotuladores y hacer un estropicio. Pero me detuve al ver que sacaba una hoja y se la enseñaba a la imagen de Cristo Crucificado, diciéndole:

-Señor, son mis notas. Me han quedado tres. ¡A ver como se lo explicamos a mamá!

Le lanzó un beso al Señor con la mano, y se marchó.