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Datos informativos sobre el Opus Dei. Descripción general.

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El Opus Dei, desde su fundación en 1928, difunde el mensaje de la llamada a la santidad de todos los bautizados, en el cumplimiento del propio trabajo y de las obligaciones personales de cada uno.

«El espíritu del Opus Dei (…) tiene como característica esencial el hecho de no sacar a nadie de su sitio (…), sino que lleva a que cada uno cumpla las tareas y deberes de su propio estado, de su misión en la Iglesia y en la sociedad civil, con la mayor perfección posible»[1]. El Opus Dei busca servir a la Iglesia y a la sociedad fomentando la santidad y el compromiso evangelizador de los cristianos, ayudándoles a descubrir y asumir las exigencias de su vocación personal en el lugar que cada uno ocupa en el mundo. 

Los fieles del Opus Dei son ciudadanos comunes que en nada se distinguen de sus iguales, los demás ciudadanos; con todos conviven y de todos aprenden.

Algunos rasgos del mensaje del Opus Dei son los siguientes:

Hijos de Dios. «La filiación divina es el fundamento del espíritu del Opus Dei»,[2] señaló San Josemaría. La formación que proporciona la Prelatura fomenta la confianza en la providencia divina, la sencillez en el trato con  Dios, un profundo sentido de la dignidad de todo ser humano y de la fraternidad entre los hombres, un verdadero amor cristiano al mundo y a las realidades creadas por Dios, que infunde serenidad y optimismo.

Amor a la libertad. Los fieles del Opus Dei son ciudadanos que disfrutan de los mismos derechos y están sujetos a las mismas obligaciones que los demás ciudadanos. En sus actuaciones profesionales, familiares, políticas, económicas, culturales, etc., obran con libertad y con responsabilidad personales, sin involucrar a la Iglesia o al Opus Dei en sus decisiones y sin presentarlas como las mejores o como las más congruentes con la fe. Esto implica respetar la libertad y las opiniones ajenas. En la formación que ofrece la Prelatura se fomenta un respeto al legítimo pluralismo que, en materias opinables, existe entre los propios católicos.

Vida ordinaria. El cristiano está llamado a buscar la santidad, es decir, la identificación con Jesucristo, a través de las circunstancias de su vida y de las actividades que desarrolla. Todas las virtudes son importantes para el cristiano: la fe, la esperanza y la caridad, apoyadas en las virtudes humanas, como la generosidad, la laboriosidad, la justicia, la lealtad, la alegría, la sinceridad, etc. Con el ejercicio de las virtudes, el cristiano se va configurando con Jesucristo.

Otra consecuencia del valor santificador de la vida ordinaria es la trascendencia de las pequeñas cosas que llenan la existencia de un cristiano corriente. “La santidad grande está en cumplir los deberes pequeños de cada instante”[3]. Son cosas pequeñas, por ejemplo, los detalles de servicio, de buena educación, de respeto a los demás, de orden material, de puntualidad, etc.: cuando se viven por amor de  Dios, esos detalles son importantes para la vida cristiana.

Santificar el trabajo, santificarse en el trabajo, santificar con el trabajo. La santificación del trabajo ordinario supone esforzarse por realizarlo con la mayor perfección humana posible (es decir, con competencia y honradez profesional) y, a la vez, también con perfección cristiana (hacerlo por amor a Dios y en servicio de los hombres). 

Cualquier trabajo honrado, ya sea importante o humilde a los ojos de los hombres, es ocasión de dar gloria a Dios y de servir a los demás.

Caridad y apostolado. Las personas del Opus Dei se esfuerzan por dar testimonio de su fe cristiana con ocasión de sus actividades ordinarias y de su vida de relación con los demás. Su apostolado se dirige a todos los hombres sin distinción alguna, y se ejerce, primero, con el ejemplo personal, y después con la palabra. El afán de dar a conocer a Cristo, consecuencia directa de la caridad (es decir, del amor a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo), es inseparable del deseo de contribuir a resolver las necesidades materiales y los problemas sociales del entorno.

Vida de oración y de sacrificio. El espíritu del Opus Dei mueve a tener una vida de oración y penitencia. Para lograrlo, se recomienda incorporar a la propia vida unas prácticas habituales de oración, participación diaria en la Santa Misa, confesión sacramental, lectura y meditación del Evangelio, devoción a la Virgen, etc. Junto a ello, es importante cultivar un espíritu de sacrificio y de penitencia, especialmente en todo aquello que facilita el cumplimiento del propio deber y hace la vida más agradable a los demás, así como la renuncia a pequeñas satisfacciones, el ayuno, la limosna, etc.

Unidad de vida. La amistad con Dios, las ocupaciones ordinarias del trabajo o de la vida familiar o social, el empeño apostólico personal, etc., han de fundirse y compenetrarse en unidad de vida. Así se alcanzará una coherencia profunda entre todas las actuaciones, deseos y aspiraciones. Esa unidad interior evitará que se produzca “una doble vida: la vida interior, la vida de relación con Dios, de una parte; y de otra, distinta y separada, la vida familiar, profesional  y social.  (…) Hay una única vida, hecha de carne y espíritu, y ésa es la que tiene que ser -en el alma y en el cuerpo- santa y llena de Dios”[4].

Ambiente de familia. Una característica de la fisonomía del Opus Dei es el ambiente de familia cristiana. Ese tono familiar está presente en todas las actividades que organiza la Prelatura. Se materializa también en el calor de hogar de sus centros, en la sencillez y confianza en el trato, y en las actitudes de servicio y comprensión en la vida cotidiana.

[1] Conversaciones con Monseñor Escrivá de Balaguer, n. 16.

[2] Es Cristo que pasa, n.64.

[3] Camino, n. 817.

[4] Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, n. 114