Necrológica de Somoano escrita por san Josemaría

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En cuanto tuvieron noticia de la inesperada enfermedad de José María Somoano, sus familiares llamaron a san Josemaría, que acudió inmediatamente al Hospital del Rey para confortarle.

—José María –le decía- hay que estar dispuesto a todo. Lo que Dios quiera. Hay que ser valientes…

Cuenta Leopoldo Somoano que la visita del Fundador fue forzosamente corta porque el médico de guardia le dijo que se fuera enseguida: la simple presencia de un sacerdote en aquel ambiente fuertemente anticlerical le comprometía personalmente. Muchos tenían la certeza de que Somoano había sido envenenado por su negativa a dejar de prestar sus auxilios espirituales a los enfermos del Hospital. 

El joven fundador se marchó, apenado, y después de atender a unos niños pobres de La Ventilla, fue a casa de un sacerdote amigo al que le contó que Somoano estaba gravísimo, sin más esperanza de curación que Dios.

"Parece que le estoy viendo —recuerda Sor María Casado, una joven religiosa del Hospital—. Durante la noche del día 15 estuvimos junto a su cama sin separarnos ni un momento de su lado, sor María Galparsoro y yo. Padecía unas pesadillas y unos espasmos terribles. Cuando se reponía un poco, comenzaba a rezar y a invocar al Señor en voz alta. Le daban unas convulsiones y unos espasmos tan fuertes que teníamos que sujetarlo. Cuando se calmaba, nos miraba a las dos y nos decía:

—Qué trabajo, qué trabajo le estoy dando a las dos Marías...

Y volvía a tener vómitos y estremecimientos. Aquello era muy extraño. Yo no había visto nunca nada parecido y estaba convencida de que lo habían envenenado. En cuanto se le pasaba la desazón, volvía de nuevo a rezar, y a invocar al Señor...

Así pasó aquella noche... Y así, rezando, entre dolores y sufrimientos, invocando al Señor y a la Virgen, a las once de la noche del día siguiente, sábado 16 de julio, fiesta de la Virgen del Carmen, se nos fue al Cielo"...

El día siguiente, domingo, el Fundador llamó por teléfono al hospital a primerísimo hora. Le contestaron que debía esperar hasta las ocho de la mañana y volver a llamar. Celebró la Misa por Somoano: por su alma, si había fallecido; por su salud, si vivía. Avisó a las dos Comunidades de religiosas de Santa Isabel, para que se unieran a su intención. Al llegar al memento de difuntos, tuvo el presentimiento, la corazonada, de que Somoano había muerto. Al acabar la Misa, recibió la confirmación desde el Hospital. Rezó un responso, muy impresionado, y lloró.

Días después escribió esta necrológica:

 

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo y de Santa María.

José María Somoano, Pbro – (+16 –Julio-1932)

El sábado 16 de julio de 1932 día de Nuestra Señora del Carmen —de quien era devotísimo-, a las once de la noche, murió, víctima de la caridad y quizá del odio sectario, nuestro h. (hermano) José María.-

Sacerdote admirable, su vida, corta y fecunda, era un fruto maduro que el Señor quiso para el cielo.-

El pensamiento de que hubiera sacerdotes que se atreven a subir al altar menos dispuestos, le hacía derramar lágrimas de Reparación.-

Antes de conocer la Obra de Dios, luego de los incendios sacrílegos de Mayo, al iniciarse la persecución con decretos oficiales, fue sorprendido en la Capilla del Hospital —del que fue capellán y apóstol hasta el fin, a pesar de todas las furias laicas—, ofreciéndose a Jesús —en voz alta (creyéndose solo), por impulso de su oración—, como víctima por esta pobre España.-

Nuestro Señor Jesús aceptó el holocausto y, con una doble predilección, predilección por la Obra de Dios y por José María, nos lo envió: para que nuestro hermano redondeara su vida espiritual, encendiéndose más y más su corazón en hogueras de Fe y Amor; y para que la Obra tuviera junto a la Trinidad Beatísima y junto a María Inmaculada quien de continuo se preocupe de nosotros.-

¡Con que entusiasmo oyó, en nuestra última reunión sacerdotal, el lunes anterior a su muerte, los proyectos del comienzo de nuestra acción!-

Yo sé que harán mucha fuerza sus instancias en el Corazón Misericordioso de Jesús, cuando pida por nosotros, locos —locos como él, y...¡como El!— y que obtendremos las gracias abundantes que hemos de necesitar para cumplir la Voluntad de Dios.-

Es justo que le lloremos. —Y, aunque su santa vida y las circunstancias que rodearon su muerte nos dan la seguridad de que goza del eterno descanso de los que viven y mueren en el Señor. Es justo también que hagamos sufragios por el alma de nuestro h. (hermano).

El hecho al que alude el fundador sucedió en los días de furia antirreligiosa de 1931 en Madrid. Sor Engracia se quedó rezando en la penumbra, en la pequeña capilla del hospital, cuando vio entrar al capellán, José María Somoano, que pasó a su lado, sin verla y se arrodilló cerca del Sagrario. 

Somoano, creyéndose sólo, comenzó a rezar en voz alta.

-Dios mío -exclamó con fuerza-, te ofrezco mi vida por la salvación de mi patria.

Sor Engracia no supo qué hacer, y permaneció callada.

Somoano continuaba:

-Dios mío, Dios mío: ¡salva este país!

Fuente: José Miguel Cejas. José María Somoano. En los comienzos del Opus Dei. Rialp.