No os imagináis

“Dios se hace el encontradizo en algún momento de la vida, como me pasó a mí, por medio de una amiga”, cuenta en este testimonio una periodista canaria.

En primera persona

Soy canaria, de Santa Cruz de Tenerife. Desde hace un tiempo soy cooperadora del Opus Dei. En mi familia unos creen y otros no, pero -por lo general- no practican. Eso explica que aunque me bautizaron de pequeña, no me dieran formación religiosa; y que no hiciera la Primera Comunión –a diferencia de mi hermano, que sí la hizo- y que tampoco tuviera ningún contacto con la Iglesia hasta muchos años después.

Sin embargo, durante mi adolescencia y mi primera juventud sentía en el alma una inquietud espiritual que no sabría explicar, y buscaba respuestas y razones para vivir, sin encontrarlas.

A lo dieciocho años me vine a Málaga y me encontré con una amiga que estaba preparándose para la Confirmación. -¿Te animas, Tatiana? Dije que sí, y gracias a ella fui conociendo algo más de la fe y comencé a experimentar unos deseos cada vez más grandes de recibir al Señor.

Todo esto es tan personal, que resulta difícil de trasmitir. Recibí la Primera Comunión en la Catedral, el Sábado de Vigilia, y sólo puedo decir que aquella alegría que sentí es algo indescriptible: son cosas que hay que vivirlas para entenderlas. Mi madre tenía la ilusión de viajar desde la isla para estar presente en la ceremonia, pero al final no pudo venir.

A partir de ahí fueron como recomponiéndose las piezas de un puzzle... Comencé a asistir a medios de formación cristiana en el Opus Dei, y poco a poco, fui encontrando aquellas respuestas que me planteaba desde pequeña. Y a medida que avanzaba en el conocimiento de la fe me sentía más serena y más feliz. Luego me preparé para hacer la Confirmación y tuve la alegría de estar en Roma, en la Semana Santa, junto al Papa.

Estos dones de Dios me han servido para afrontar las penas y desgracias de la vida. Hace tiempo, en un sábado, día de la Virgen, falleció mi hermano. Fue un golpe tremendo; algo que me hubiera llevado a la desesperación más completa si no hubiera tenido la ayuda de la fe.

Quizá todo esto pueda decir poco a los que han tenido fe desde siempre; pero yo lo cuento pensando sobre todo en tantas chicas y chicos de mi edad a los que les pasa lo mismo que a mí: nadie les ha hablado de Dios, de los Sacramentos, de la Iglesia… y tienen una visión muy deformada de la religión.

Si alguno de ellos me lee, le aconsejo que siga buscando, porque Dios se les hará el encontradizo en algún momento de su vida, como me pasó a mí, por medio de un amigo o de una amiga. Y les recomiendo que abran su corazón a la fe. No os imagináis qué alegría da poder recibir a Dios cada mañana en la Eucaristía, y saber que, pase lo que pase, siempre estamos en sus brazos: los brazos de un Padre que nos quiere con locura.