Oposición de otros católicos

"La fundación del Opus Dei". Libro escrito por John F. Coverdale, en el que narra la historia del Opus Dei hasta 1943.

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La mayor contradicción para el Opus Dei no provino de los círculos políticos ni del mundo académico, sino principalmente de círculos eclesiásticos y clericales. La principal figura de esta campaña contra la Obra era un bien conocido religioso, unido a algunos miembros de órdenes religiosas, sacerdotes diocesanos y seglares piadosos que se movían en sus círculos. Ciertamente, no todos los sacerdotes y religiosos criticaron a la Obra; de hecho, muchos la defendieron afectuosamente. Las críticas llegaron a un punto tal que un catedrático aventuró que acabarían con el Opus Dei. Citando a Santa Teresa, Escrivá calificó la campaña en contra desatada por algunos católicos como “la contradicción de los buenos”. Asumió que los críticos actuaban, como ya había predicho Jesús , “pensando que hacían una cosa agradable a Dios” (Juan 16, 2).

En una carta de septiembre de 1941, el obispo de Madrid resumió el ataque que el Opus Dei recibía desde dentro de la Iglesia. Los críticos lo acusaron de “masonería, secta herética ..., antro tenebroso que pierde las almas sin remedio; y a sus miembros, iconoclastas e hipnotizados, perseguidores de la Iglesia y del estado religioso...” [1] . Desde las sacristías, confesonarios y púlpitos se advertía del gran peligro que representaba para la Iglesia. Se esperaba una próxima condena de Roma. En un noviciado, se habló de Escrivá como del anticristo; en un colegio de religiosas de Barcelona se quemó “Camino” como si de un auto de fe se tratase. Durante una Misa de la Congregación Mariana, a la cual pertenecían algunos de la Obra, el predicador los identificó como miembros de una secta peligrosa, los expulsó de la asociación y les obligó a abandonar el templo.

Algunos religiosos hicieron lo posible ante las autoridades civiles para que se cerraran los centros de la Obra y se metiera al fundador a la cárcel. Consiguieron convencer al gobernador civil de Barcelona para que dictara una orden de arresto si Escrivá era encontrado en la ciudad. La situación se tornó tan grave que el nuncio le recomendó que, si planeaba ir a Barcelona, viajara de incógnito.

A la vez, los críticos intentaron convencer a las autoridades eclesiásticas de que tomaran cartas en el asunto. Dos miembros de una orden religiosa visitaron al obispo de Santiago y le entregaron un documento que quería dar a entender que el obispo de Madrid había prohibido a Escrivá celebrar Misa y oír confesiones. En los círculos eclesiásticos de Madrid, corrió el rumor de que había sido denunciado ante el Santo Oficio. No hubo tal denuncia formal, pero sí hubo intentos bajo cuerda para que Escrivá fuera condenado por la Santa Sede.

Lo más doloroso y dañino para la Obra fueron las visitas que algunos sacerdotes y religiosos hicieron a las familias de varios jóvenes del Opus Dei o que estaban pensando en su posible vocación. Decían a los padres que su hijo había ingresado en una secta herética y que se encontraba en grave peligro de condenación eterna. La madre de Álvaro del Portillo recibió un buen número de anónimos, seguidos de la visita de un religioso que le advirtió del grave peligro espiritual en el que se encontraba su hijo. Afortunadamente, conocía bien a Escrivá y sabía que lo dicho por aquella persona era falso. Sin embargo, muchas otras familias quedaron profundamente golpeadas por esas acusaciones. En algunos casos, amenazaron a sus hijos con la expulsión del hogar si no cortaban de raíz su relación con el Opus Dei.

Las críticas se dirigieron en primer lugar al mensaje del Opus Dei sobre la llamada universal a la santidad y a la posibilidad de santificarse en medio del mundo, sin necesidad de ser sacerdote o de ingresar en una orden religiosa. Esta idea era vista como una peligrosa novedad, contraria a la fe y a la práctica de la Iglesia, que además robaba vocaciones para el seminario y las órdenes religiosas.

Estas acusaciones llegaron a oídos del nuncio, quien pidió una explicación por parte del Opus Dei. En ausencia de Escrivá, fue Álvaro del Portillo quien le visitó. A la pregunta del nuncio de cómo se atrevían a robar vocaciones y a destruir los seminarios y los noviciados, del Portillo respondió: “Nosotros somos todos profesionales, nos ganamos la vida trabajando, y a ninguno faltan veinte duros en el bolsillo. Pues bien, señor Nuncio, ¿sabe lo que le digo?: que hay maneras más divertidas de condenarse” [2] . El sentido común que encerraba esta respuesta desarmó al nuncio. Aprendió tanto sobre el Opus Dei en esa entrevista, que se convirtió en uno de sus más entusiastas defensores.

Resulta paradójico que el Opus Dei fuera acusado de quitar vocaciones al sacerdocio y al estado religioso. La gran mayoría de los jóvenes que se acercaron al Opus Dei en la década de 1940 nunca habían pensado en ir al seminario o al convento. Antes de su primer contacto con la Obra, algunos practicaban en serio su religión, pero otros muchos no. Sólo unos pocos habían considerado la posibilidad de entregarse a Dios.

Es más, un buen número de hombres y mujeres jóvenes que empezaron a tener una vida espiritual más intensa gracias a la Obra descubrieron su llamada al sacerdocio o a la vida religiosa. Escrivá encaminó hacia las órdenes religiosas a un buen número de personas que acudieron a su dirección espiritual. Un buen día, una joven se presentó en el centro de la Obra de la calle Lagasca y le dijo que se sentía llamada a ingresar en un determinado convento, pero que carecía de dote. Escrivá, después de asegurarse de que era sincero su deseo de ingresar en la vida religiosa, le entregó todo el dinero que había en la caja del centro.

Las acusaciones contra el Opus Dei no se quedaron en esto. Muchas de ellas eran tan extravagantes que es difícil comprender cómo pudieron tomarse en serio, si no es porque en el clima de exaltación religiosa y política de la posguerra había gente dispuesta a creer cualquier cosa.

En el pequeño centro de la Obra en Barcelona había una gran cruz negra de madera sin la figura del crucificado. Corrió el rumor de que se usaba para sangrientos ritos religiosos, en los que los del Opus Dei se crucificaban a sí mismos. Para acallar semejantes rumores, se sustituyó esa cruz por una tan pequeña en la que ni siquiera cabía un niño. En Madrid, algunos miembros de un grupo católico juvenil fueron a la residencia de Jenner para descubrir los “secretos” de la “secta herética con conexiones masónicas” que circulaba por la residencia. Dijeron que habían encontrado en el oratorio palabras en no se qué misterioso lenguaje y símbolos cabalísticos de origen judío. Lo que en realidad habían visto eran unos versos de un bien conocido himno eucarístico en latín y algunos símbolos cristianos tradicionales, como la cesta de panes, las espigas o el racimo de uvas.

[1] Amadeo de Fuenmayor, Valentín Gómez-Iglesias, José Luis Illanes. Ob. cit. p. 93

[2] José Orlandis. Ob. cit. p. 169