Por arte de magia

Xavier Margenat habla de magia, cuentos y pasteles

En primera persona

Un día, de pequeño, me hicieron un regalo maravilloso: una gran caja rectangular en rojo y negro, con una varita y una estrella reluciente en la tapa: el famoso Juego de Magia Borrás. 

La magia potagia me entusiasmó durante la niñez y la adolescencia. Gracias a ella empecé a aprender trucos como "Los Discos Camaleones", “El Dedal Fantasma” o “Los Reyes Viajeros”. Pero con el tiempo lo fui dejando, porque veía que, a pesar de mis concienzudos ensayos, en plena función, después de hacer temblar a mis espectadores (mis padres, mis amigos y compañeros de clase) con el famoso grito inicial:

– ¡Mucha atención, señores! ¡Abracadabra! …Me acababan saliendo mal los trucos. Unas veces se veía el cordel en la chaqueta y otras se me caía un naipe escondido, entre la risa general. Hasta que, a través de un amigo, conocí una asociación de magia y aprendí nuevas técnicas. 

Al cabo de los años organicé una actividad de magia en el Club Tramuntana de Salt, en Girona –soy uno de los monitores del Club– y después del éxito con un pequeño grupo de aprendices de mago, actuamos en la fiesta de Padres del Club, a final de curso. 

Más tarde, decidimos organizar una actividad con los chicos, que consistía en visitar a los niños de la planta infantil de un Hospital para alegrarles y distraerles con nuestros trucos.

Yo creo en la magia, naturalmente. Todos los magos sabemos que, con unos cordeles y unas bolas de espuma podemos hacer surgir de repente, como en estas visitas a los hospitales, la ilusión en el alma de un niño enfermo, o que podemos hacerle olvidar por unos momentos, con nuestros trucos, el dolor de su enfermedad… Este es el verdadero poder de los magos: fabricar ilusión.

A los padres del Club les gustó mucho la idea y algunos han colaborado en el taller de magia, donde cada vez nos atrevemos con más juegos y trucos. Hay uno que queda muy simpático y que a los chicos les gusta mucho: consiste en traspasar una caja de cartón, con quince escobas, pero con el ayudante del mago dentro de la caja. ¿Cómo lo hacemos? Me parece escuchar la respuesta de los chicos que participan en la actividad:

– ¡No hay truco! Es… ¡magia!

Esta es una de las facetas más divertidas de mi día a día, que por otra parte discurre por caminos muy alejados de la magia. He trabajado durante años en un centro de proceso de datos de una Caja de Ahorros y ahora estoy en el departamento de Seguridad.

Actualmente estoy avanzando en otro campo: el de la literatura infantil. Desde hace muchos años me ha atraído el mundo del cuento, como instrumento didáctico y de enriquecimiento cultural. Acabo de publicar uno que ha tenido mucha acogida entre los pedagogos, porque sirve para mostrar la riqueza de nuestro patrimonio cultural: describe las andanzas de un niño a lo largo del río Ter buscando un tesoro. Durante su periplo, el joven personaje va descubriendo la riqueza natural, la fauna, la historia y las leyendas de las tierras por donde transcurre el río.

En este aspecto, estas tres realidades –la magia, las actividades del club y el cuento– coinciden entre sí, porque no se sabe nunca a quien le gustan más, si a los niños, a sus padres o a sus abuelos. Pienso que a casi todos por igual, aunque de forma distinta. 

Veo como los padres disfrutan con las actividades formativas y de empleo del tiempo libre del Tramuntana, a veces con la misma pasión que sus hijos. Con el cuento, me pasa lo mismo: a veces, los que disfrutan más son los abuelos.

"El gran truco de la felicidad para los padres es buscar sólo la voluntad de Dios para sus hijos"

Dentro de esa línea, he empezado a colaborar con una serie de títeres para televisión. Estoy muy ilusionado porque es un reto apasionante. Pienso que a los niños hay que ofrecerles productos de calidad, en los que, a través del divertimento y la fantasía, vayan conociendo los grandes valores de la vida, mediante recursos divertidos y positivos.

Me resulta fácil ponerme en la piel de los niños porque tuve la suerte de formarme en un lugar como Bell-Lloc del Pla, donde la enseñanza se da en medio de un clima exigente académicamente, y al mismo tiempo positivo y alegre. Gracias a Bell-Lloc y a mis padres, conocí el Opus Dei. Mi madre, que ya falleció, era cooperadora y tenía un gran deseo de que nos formáramos bien, tanto cristiana como humanamente. Con el tiempo, fui conociendo el espíritu de la Obra más a fondo, y cuando hacía la mili en Ferrol pedí la admisión como agregado.

Ahora me doy cuenta de que mi vida ha girado siempre en torno a actividades y profesiones que intentan trasmitir alegría y belleza a los demás. Provengo de una familia de pasteleros, y de hecho, sigo viviendo encima de la antigua pastelería familiar, fundada en 1929, con mi padre y mi hermano, que también es agregado del Opus Dei. 

Mi padre está feliz, y algunas veces, al pensar en eso, me doy cuenta de que ése es el gran truco de la felicidad para los padres: buscar sólo la voluntad de Dios para sus hijos.

Hablando de trucos, he de reconocer que durante los últimos años he ido mejorando mis actuaciones. Disfruto mucho viendo las caras de asombro y los ¡Ooooooh! del público. Aunque, en ocasiones, cuando intento fusionar dos o tres trucos en uno, las cosas no salen tan bien como uno pensaba. 

Pero, como he aprendido en la Obra, en cualquier tipo de trabajo hay que empezar una y otra vez, con constancia. Ahora estoy perfeccionando un juego en el que saco de un pañuelo un zumo de naranja, y luego hago aparecer una botella de Coca-Cola. Lo de la botella es lo más complicado del asunto, porque en mi última actuación se empezó a desparramar el líquido desde la chaqueta en el momento más inoportuno. 

No hay que preocuparse: son gajes del oficio. Gajes de mago.