"Practicamos deporte, nos lo pasamos bien y todos juntos maduramos.”

Ignasi Taló, director de una entidad deportiva, ha organizado con sus amigos un equipo de voluntarios para ir a hacer deporte a una prisión de jóvenes en Barcelona.

En primera persona

“Hemos formado un equipo de voluntarios con amigos ─explica Ignasi─. Jugamos a fútbol en la prisión de jóvenes de L’Alzina, un centro educativo penitenciario destinado a delincuentes menores de dieciocho años. 

Una vez al mes jugamos y merendamos con ellos. Ya sé que no es mucho; sólo es una gota en una piscina. El impacto de una tarde al mes es quizá muy pequeño, una circunstancia en medio de mil positivas y negativas. Pero es lo que puedo hacer, lo que está a mi alcance. Lo hago porque estas personas, aunque hayan sido condenadas por delitos importantes, merecen que se les ayude y que se les perdone. 

Se lo pasan muy bien. Lo peor que hay en la prisión es la rutina. Y un partido de fútbol y una merienda rompen la monotonía de los días iguales. Además, ven y agradecen que alguien de fuera haga alguna cosa por ellos. Cuando juegas a fútbol con los internos te das cuenta de que son personas con la autoestima muy baja y la agresividad a flor de piel. Ellos piensan, con razón, que la sociedad los rechaza; y nuestra compañía les muestra que no todo es así y les ayuda para la futura reinserción. Practicamos deporte, nos lo pasamos bien y todos juntos maduramos.”

El equipo de voluntarios deportivos está formado por jóvenes, en edad de fin de semana lleno de planes de diversión. Para ellos, dar una horas de estos días festivos a los chicos presos es una alternativa. “La prisión engancha ─comenta Ricardo, uno de los voluntarios─. Tiene algo especial que la hace muy atractiva. Cuando invito a mis amigos para que vengan conmigo, se quedan extrañados, pero una vez que están allí, desaparecen los temores. Y con el tiempo, acabas haciendo muchos amigos.”

Ignasi, que dirige ahora la Escola Esportiva Brafa ─una obra corporativa del Opus Dei en Barcelona─, siempre se ha mantenido en forma como buen atleta.

“Cuando entrenaba profesionalmente ─recuerda Ignasi─, el espíritu del Opus Dei me enseñaba que todo el esfuerzo que hacía en cada movimiento lo podía ofrecer a Dios. Trabajaba la musculatura con un doble objetivo: mejorar las marcas y, a la vez, ofrecer alguna cosa a Dios. El atletismo, por otra parte, me ha aportado muchos valores: la constancia, la paciencia, el orden, la superación de dificultades... Son virtudes humanas que también como cristiano procuro vivir en todos los ámbitos de mi vida”.

“A lo largo de la vida ─continua Ignasi─ he ido tratando a Dios y dándome cuenta de lo que nos ama, del amor que Dios tiene a cada hombre. Y, en consecuencia, he aprendido a procurar valorar a cada persona de esta manera, a valorar la dignidad de cada persona. Todos, desde esta perspectiva del amor de Dios, merecen que se les ayude. También los chicos que están en la prisión, aunque gran parte de la sociedad los rechace y considere que no tienen ningún futuro y que deben estar allí encerrados para que no puedan hacer daño”.