Profesor de profesores

Luis Borrallo, del Departamento de Desarrollo de Strathmore, Kenia

En primera persona

Yo no me acuerdo del asunto; pero mi padre asegura que fue así. Cada cierto tiempo, como todos los padres, me hacía la consabida pregunta: “¿y ya te has pensado que vas a ser de mayor?” Yo le iba contestando, como todos los niños, según las aficiones del momento: unas veces quería ser piloto de carreras y otras aviador, torero, futbolista, hombre-bala… Hasta que un día –cuenta él- se me ocurrió decirle:

-Yo lo quiero ser es… ¡profesor de profesores!

Debí haber sacado algún suspenso en el Colegio para darle aquella respuesta, en la que late un afán por controlar las notas que me ponían los profesores, y quizás también la oportunidad de suspender a algún profesor mío; pero a mi padre le impresionó mi contestación, la tomó por su lado más trascendente, y pensó que era una declaración de principios; y desde entonces me la recuerda con frecuencia.

Lo divertido del caso es que ahora, al cabo de los años, sin pretenderlo, me dedico, en cierto sentido, a la formación de profesores.

Irlanda, Kenia

Para contar esta historia tengo que dar algunos datos previos: estudié en Madrid, donde conocí el Opus Dei, y desde muy joven manifesté mi deseo de sacar adelante la Obra en otros países. “-¿Qué idiomas sabes?”, me preguntó un director de la Obra cuando le dije que me gustaría marcharme a otro país. “- Por ahora, ninguno –le contesté- pero eso es fácil: es sólo cuestión de estudiarlos…”.

Las cosas no suelen ser tan sencillas, aunque en mi caso lo fueran: estudié inglés y me fui a Irlanda, donde viví diecisiete años, trabajando como profesor de idiomas, hasta que un día me preguntaron: 

-¿Te gustaría ir a Kenia?

-Naturalmente, respondí; y todavía recuerdo la sorpresa de mi padre cuando le conté que me marchaba a África. 

Y en Kenia me he convertido, al fin, en profesor de profesores, algo que, según mi padre (porque yo no me acuerdo) era mi vocación profesional desde mi tierna infancia.

Strathmore

Soy profesor en Strathmore University, una iniciativa docente impulsada por fieles del Opus Dei y cooperadores, con la ayuda de numerosos amigos, del país y del extranjero. Strathmore fue al principio un colegio de preparación para entrar en la universidad. Luego comenzó a dar cursos de contabilidad.

Más tarde comenzaron los cursos de Enseñanza Primaria, que después se completaron con los de Secundaria. En los años noventa, debido al alto número de alumnos y de cursos, los mayores se trasladaron a otro campus. Y desde 2002 Strathmore es, además de todo lo anterior, una Universidad. Todo esto da idea del ritmo de crecimiento y desarrollo de Strathmore. 

Gracias a Harambee, una ONG europea nacida con ocasión de la canonización de San Josemaría, Strathmore University está organizando unos cursos de reciclaje pedagógico para profesores de primaria y secundaria. Me ocupo de la formación de estos profesores y de conseguir fondos. Y además de estos cursos para profesores, dirijo el departamento de Desarrollo. 

La Universidad se encuentra en pleno proceso de crecimiento; crecimiento de personas, de instalaciones y de algo que suele acompañar este tipo de procesos: de necesidades y preocupaciones económicas.

Afortunadamente la Unión Europea ha proporcionado una ayuda económica relevante. A los expertos que vinieron a analizar el proyecto educativo por parte de la Unión les sorprendió constatar el carácter interracial que ha tenido este centro educativo desde sus comienzos, la calidad científica y el cuidado de las instalaciones materiales, en un medio social donde estos rasgos no son tan frecuentes. Gracias a la Unión hemos podido construir el edificio de aulas, un edificio de Bibliotecas y un salón de actos, además de crear un fondo de becas. Han ayudado también los gobiernos de Kenia e Italia.

En resumen: la respuesta a la petición de ayuda económica ha sido muy generosa, aunque insuficiente todavía para dar respuesta a los retos que plantea la situación del país. 

Cinco mil alumnos

Strathmore cuenta en la actualidad con cinco mil alumnos, a los que el claustro de profesores procura formar lo mejor posible, porque es consciente del papel decisivo de la Universidad en África.

Antes de seguir, como llevo tantos años fuera de Europa, me gustaría dar algunos datos estadísticos, porque ignoro hasta que punto la realidad educativa keniana resulta conocida en el exterior. 

En Kenia se ha establecido la Enseñanza Primaria obligatoria. Eso significa que el país cuenta con siete millones de niños escolarizados. Otra cuestión es la calidad de la enseñanza y los medios materiales de esas escuelas, que con frecuencia son elementales.

Y otra cuestión, más ardua todavía, es garantizar el acceso de esos niños a la Enseñanza Secundaria, porque en la actualidad el país sólo dispone de un millón de plazas disponibles para la Secundaria: es decir, tal como están las cosas, únicamente podría acceder a la Secundaria un niño de cada siete.

Y el embudo se hace aún más estrecho en el paso de la Secundaria a la Universidad, que cuenta sólo con 150.000 plazas.

Estas cifras dan idea de la magnitud del problema educativo; un problema urgente, porque Kenia necesita contar, cuanto antes, para desarrollarse en todos los órdenes, con personas bien capacitadas profesionalmente.

Los que trabajamos en Strathmore procuramos ayudar al país en la medida de nuestras fuerzas. En la actualidad, nuestros alumnos tardan una media de seis meses en encontrar trabajo tras terminar sus estudios. Es una media bastante buena, y eso resulta estimulante; pero quedan aún muchos retos pendientes.

Retos

Uno de esos retos es la sensibilización social de los estudiantes, de forma que se involucren decididamente, en la medida de sus posibilidades, en la resolución de los grandes problemas del país. Esa es la razón por la que se ha implantado en Strathmore, dentro del marco de la formación universitaria, un programa de voluntariado, obligatorio, de ocho semanas, que ya comienza a dar sus frutos.

Pienso por ejemplo en David, un universitario proveniente de una zona muy pobre del país, que pudo estudiar en la Universidad gracias a una beca de una multinacional cervecera. A finales de primer año debía hacer su programa de voluntariado y decidió organizar en su pueblo unas clases de informática para jóvenes. Al ver la buena acogida de esta iniciativa, siguió trabajando durante años en esta línea y ahora que ya ha terminado la carrera, está promoviendo, con la ayuda de una fundación internacional, una escuela en su pueblo. Ya ha conseguido siete mil euros para el proyecto.

Pienso que este tipo de actuaciones resultan particularmente decisivas porque, como es bien sabido, la resolución de los grandes problemas de África está en manos de los propios africanos, en gran medida.

Qué se puede hacer con 30 euros al mes

He hecho esta precisión, “en gran medida”, porque seguimos necesitando mucha ayuda del exterior. En esto mi padre, que es supernumerario del Opus Dei, ha colaborado mucho conmigo. Se puede decir que desde que me vine a África él se vino también aquí de alguna manera, porque desde entonces no ha cesado de hacer gestiones para conseguir ayudas para Strathmore por parte de amigos y conocidos.

La última vez que estuve en Madrid me presentó a uno de ellos. Era un padre de familia deseoso de ayudar, pero con escasa disponibilidad económica.

-Yo solamente te puedo dar 30 euros al mes –me dijo-. ¿Qué se puede hacer con eso?

Le sorprendió saber que con 30 euros al mes en Kenia se puede hacer mucho; y poco después le conté para qué habían servido aquellos 30 euros mensuales: Había un universitario, muy inteligente y trabajador, que no acababa de rendir en los estudios. Hablando con él, su tutor descubrió la causa. Era huérfano, tenía un hermano pequeño que dependía de él, y vivían de la generosidad de sus parientes, que los iban alojando durante temporadas en sus casas, muy lejos de la universidad, con lo cual, el poco dinero que tenía para comer se lo gastaba en transporte. Como resultado, muchos días no comía, y esto, unido a la falta de un lugar para estudiar, hacía que se resintiera en sus estudios.

Esa beca mensual de 30 euros le ha cambiado la vida. Ahora, con quince euros al mes, puede comer todos los días en la universidad –la comida está subvencionada-; y puede darle los otros quince euros a uno de sus tíos, que reside en una casa más cerca de la universidad.

En las cárceles

Hace años una persona que trabajaba en el sistema carcelario del país preguntó si Strathmore podía participar de alguna manera en el proceso de formación e integración social de los presos del país. En aquel momento no se pudo hacer nada por falta de recursos económicos.

La solución vino en el 2002 con motivo de la canonización de San Josemaría. Gracias a Harambee pudimos disponer de una ayuda económica para poner en marcha un programa de contabilidad básica para 140 presos.

Hemos seguido desarrollando este programa –sobre todo en la cárcel de Naivasha-, ampliando progresivamente el número de alumnos. Se les envían libros y ejercicios, que luego se corrigen, preparándolos de forma individualizada para los exámenes. 

Este programa resulta muy útil para motivar a las personas que están en prisión: se produce en ellos un cambio de actitud muy positivo cuando advierten que hay sectores del “exterior”, de la sociedad, que están preocupados por su rehabilitación y futura reinserción social.

Las ayudas para este proyecto han sido muy generosas. Por ejemplo, un antiguo alumno de Strathmore, un indio no católico, ha donado un millón de chelines para ese proyecto, que se quiere extender al resto de las cárceles de Kenia. 

Buscando ayudas

He vuelto de nuevo a Europa para buscar ayudas, y sin hacer valoraciones generales, que suelen ser injustas, tengo la sensación de que muchos europeos no aprecian del todo los numerosos recursos de los que gozan, por ejemplo, en el ámbito educativo. En Kenia el hecho de haber tenido acceso a una educación primaria ya significa mucho. Y para darles esa educación a sus hijos los padres sacrifican lo que haga falta: venden las tierras, las vacas, las cabras, hacen lo posible y lo imposible para que puedan ir al Colegio.

Tengo la impresión de que entre muchos europeos se da una percepción distorsionada de África. Es cierto: en África hay muchos problemas; hay corrupción; hay inseguridad… pero existe una juventud africana –a la que conozco, y en la que está la clave del futuro- con muchos valores: son jóvenes trabajadores, emprendedores, receptivos, abiertos… 

Europa está haciendo mucho, pero pienso que todavía puede hacer muchísimo más por África.

Además, dentro del contexto africano, Kenia es un país clave, al estar rodeada por países con perfiles problemáticos, como Sudán, Etiopía, Somalia, Tanzania y Uganda. Si Kenia se desarrolla adecuadamente puede ser un ejemplo y un motor de avance para los países vecinos.

En Strahtmore trabajamos día tras día para hacer realidad ese desarrollo, que no es sólo un desarrollo material: es también humano y espiritual. Colaborar con ese desarrollo no es un deber de solidaridad, sino también de justicia, como recordó en tantas ocasiones San Josemaría.