Un combate por la santidad en medio del Ejército

Desde Kosovo MªJosé Martínez Torres, Fiscal Jurídico Militar y supernumeraria del Opus Dei, nos relata su vocación y como ésta le ayuda a trabajar con alegría y a vivir las virtudes cristianas.

En primera persona

La manera en que conocí el Opus Dei es muy peculiar. Al menos a mí, desde la distancia, me lo parece. Todo empezó en mi Parroquia –San Pío X de Madrid- cuando llegó en el año 1993, aproximadamente, un seminarista, ahora ya sacerdote, que me regaló un “Camino” de bolsillo, para que rezara. Yo lo abrí y lo primero que me encontré fue un punto del capítulo “Carácter”, que viene a decir que ampararse en el mal carácter de uno para justificarnos acerca de nuestros errores es, precisamente, falta de carácter. Aquel punto me pareció tan lleno de sentido común que me dije que ese libro encerraba sabiduría. Y a partir de entonces, de vez en cuando, tomaba el librito para rezar o para orientarme.

Tiempo después, al aprobar la oposición en el año 1994, e ingresar en las Fuerzas Armadas, conocí a un compañero del Cuerpo de Ingenieros, con el que coincidía en Misa todos los días, mientras estuvimos en Zaragoza, y entablamos buena amistad. Yo pensaba que él era del Opus Dei, pero no le pregunté nada, hasta que la Providencia, una vez terminado el ciclo formativo, me llevó a Sevilla destinada y coincidí con él. Entonces me dijo que era supernumerario. A mí me ayudaba con su ejemplo: veía su tesón en el trabajo, la paciencia que tenía con todo y con todos, la constancia en ir a Misa a diario…

En Sevilla comprendí, tras un período de frivolidad, que necesitaba reencontrarme con el Señor y hablarle cara a cara. Quería que Dios  volviera a centrar mi vida, porque había abandonado mi trato con Él. Hablando con ese compañero, le dije que necesitaba un poco de silencio, hacer unos ejercicios espirituales o algo parecido. El me dijo que podría ir a un curso de retiro para mujeres, que hablaría con un sacerdote del Opus Dei y que ya se pondrían en contacto conmigo.

Así fue. Asistí al curso de retiro y, como el Señor sabe más y mejor que nosotros, al poco me fui destinada a la Guardia Civil en el País Vasco. En Logroño, pedí la admisión en el Opus Dei, donde he aprendido que mi campo de trabajo no se reduce a mi profesión únicamente, sino a todo lugar y persona que se me acerca.

Actualmente trabajo en una Fiscalía Jurídico Militar, donde me esfuerzo por trabajar con alegría viviendo las virtudes cristianas. Porque uno no es perfecto por el hecho de haberse entregado a Dios; al contrario, parece que el Señor ahora  me deja ver más los defectos y las asperezas que hay que limar, para que pueda ir puliéndolas. Es como un aporte extra de luz en esos momentos en los que te enfadas o pierdes la paciencia. 

 

También intento crear buen ambiente entre mis compañeros y compañeras de trabajo, y  aprovechando que el Señor me ha dado alegría, procuro repartirla entre ellos. Para mi es muy importante saber que cada  persona vale la sangre de Cristo y que merece, sea cual sea su circunstancia, un trato de cariño, atención y respeto. Digo esto porque en un mundo como el de la Justicia, tan frío, es necesario transmitir algo de calor; al menos hacer ver  a cada persona en concreto que su problema cuenta, que se le escucha. 

Ahora estoy de misión en Kosovo, como Asesor Jurídico.  Terminamos en julio, si Dios quiere. Es una experiencia profesional interesante y en ocasiones dura, pero cuando se trabaja con ánimo y en presencia de Dios, todo se saca adelante. Nos levantamos a toque de diana a las siete de la mañana –excepto los sábados y domingos que es a las ocho- y a partir de ahí, Santa Misa, el desayuno y comienzo de la jornada de trabajo, hasta las once de la noche que tocan silencio. 

Mi trabajo como Asesor es muy variado: hago informes jurídicos sobre diversas materias; realizo tareas de enlace con las autoridades y con el personal civil que trabaja en Kosovo; ayudo a la sección de cooperación cívico-militar en las labores con la población civil, sobre todo en la enseñanza de español, etc. También colaboro con el Pater (como se llama cariñosamente al sacerdote dentro de las Fuerzas Armadas) en las catequesis de Confirmación.

Lo sorprendente de esta misión, además de la experiencia que supone para mi trabajo, es descubrir cada día que las personas, sin importar raza o religión o lengua, entienden perfectamente el lenguaje del amor, pero Amor con mayúsculas: Si repartes cariño, atención, respeto, recibes lo mismo, elevado a cien. Esto mismo experimento yo cada día, a pesar de las equivocaciones que todos tenemos: recibo más de lo que doy.