Una granada desactivada

Muchos piensan que las corbatas las diseñan los italianos, las visten los españoles y los franceses las copiaron. Algunos saben que los creadores fueron los croatas, pero muy pocos saben hasta dónde se puede apretar el nudo en la antigua Yugoslavia.

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"Dragones interiores: una granada desactivada" (reportaje en PDF)

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DRAGONES INTERIORES: UNA GRANADA DESACTIVADA

Paciencia Darko, paciencia. Estoy agotado, exhausto, nervioso. Sí, no hay prisas ni tiempo en esta habitación. Ni un mal botellín de Fernetgorak. Parezco un animal camino del matadero. Somos 16 prisioneros intentando sobrevivir en un espacio de 8 metros cuadrados. No es una excursión, ni un viaje de placer. Estamos al comienzo de una posible guerra, de la que formamos parte como rehenes. Mercancías para intercambiar o desahuciar. «Pero debo vivir -me digo-. Te esperan en casa. Has prometido un paseo en bicicleta a tu hijo».

La promesa es simplemente un sueño pues, ¿qué importa si no soy una persona en la oscuridad de este zulo? Hemos andado 50 kilómetros en tres noches a punta de pistola. Así que intento cerrar los ojos y cortar los miedos gigantes que produce la imaginación. Los dos heridos duermen. Deliran en el suelo. El hueco de un ladrillo vacío sobre el muro es la única ventilación y el sudor empapa el uniforme. Arrastro el pie unos centímetros en la baldosa para evitar los calambres. Giro la nuca. La mandíbula se abre y cierra demandando oxígeno. En esta situación mi orgullo reside en haber estado en el lugar oportuno. Soy un policía croata de 26 años que vive un conflicto político donde todo es violento.

El 25 de junio de 1991 Croacia se ha declarado independiente del ficticio Estado yugoslavo, formado por distintas culturas, etnias y religiones. Esa misma noche el Ejército Popular Yugoslavo se ha desplegado por Croacia. Cuatrocientos militares irrumpen con artillería ligera en Glina, mi ciudad, localidad de 25.000 habitantes. Los edificios oficiales son asaltados. No hay preguntas, sólo ráfagas de disparos de las tropas yugoslavas. Arde la comisaría. El camarada Tomislav no ha tenido suerte. Muere por ser croata. Y por ser policía.

Amanece.

-«Vamos, vamos, salgan con los brazos en alto. Miren al suelo. Entren en el furgón», gritan desde fuera.

Siendo un niño también madre venía al amanecer. No gritaba, sugería.

-«Vamos, son las 5.30 de las mañana. Darko, tenemos que vender leche en el mercado».

Entonces ignoraba el sufrimiento, pues las horas eran para trabajar. Esa fue mi infancia. Aprendí a pasear en la soledad del horizonte hasta que conocí a Katica, aquella chica de mirada fuerte que observaba mi adolescencia. Con 20 años nos casamos y la mujer de mi vida me ha dado dos hijos: Marin tiene seis años y Martina uno. «¿Seguirán vivos los tres? Si existes, Dios, hazme fuerte».

La banalidad del mal

«Vamos Darko, rápido. Entre ya.», grita el carcelero. El furgón avanza 240 km por carreteras tortuosas hasta Knin, sede de la Armada Serbia en Croacia, en la costa dálmata. Aquí nos espera el campo de concentración, una fortaleza militar. El guardián ríe mientras nos quitan la ropa. No debo levantar la cabeza, ni hablar con otros prisioneros aunque, si agudizo el oído, descubro chasquidos, susurros imperceptibles.

El régimen es de adelgazamiento: agua mezclada con té y sobras de los carceleros. Son las únicas comidas. Durante el día limpiamos baños y letrinas; recogemos restos de basura, papeles o piedras. La canícula y la humedad del mar provocan deshidratación. Enloquecemos por agotamiento. Así que no me importa cuando los carceleros nos ponen la pistola en la sien. Intuyo que soy como un muñeco troceado al borde de camino, con una casa muy lejana y una mujer que no puede oír los quejidos de mis tres costillas rotas. Y aunque he perdido también los dos colmillos, el dolor de mis dientes es moral. Aislados de noticias exteriores me consumo en pensamientos: «¿Para qué huir?».

El preso Darko Kauric, el cuarto por la izquierda durante su estancia en Knin en la portada del periodico. Fotografía: Ismael Martínez Sánchez

Entre los carceleros, Neso Bijelic es el camarada de Satanás. Alto y frío, de andar torcido y pupilas en alcohol, escruta continuamente mis pasos. Neso Bijelic sabe que los gritos y las risas me producen desequilibrios. Para él cualquier excusa justifica un golpe. La banalidad del mal está en el alejamiento de la realidad, en la irreflexión.

Al calor del día, Neso Bijelic, con sus pasos torpes pero decididos, ha puesto su bayoneta sobre mi cuello y el pavor en mis ojos. Jadeante, me doblo sobre la pared. Desconozco los segundos que el cuchillo ha descompuesto el interior de mis ojos y mi estómago. ¡Aj.Dios! ¿Por qué me haces ver la faz del mismísimo diablo? Esta locura me enerva. Sé que no debo, que no puedo. El mal violenta mi ser y juro que le mataré si salgo vivo de esta cárcel.

La Cruz Roja realiza gestiones desde nuestra llegada a Knin. Últimamente hemos oído pasos nerviosos por los pasillos y, aunque la imaginación es mortificante, la ignorancia es una pequeña felicidad que se rompe bruscamente por carceleros que entran a la celda. Pasillos y gritos nos empujan hacia un furgón. Desistimos de ofrecer resistencia, pues hace tiempo que obedecemos como autómatas. «Un bosque, un disparo, una fosa. Ojalá acabe pronto». Me dicen que para llegar al cielo debes cruzar un purgatorio. Pero yo procedo del infierno. Subir en autobús, contemplar un rostro y ver al fin una sonrisa es un nuevo paraíso. Agotado, nos trasladan a un punto seguro donde la Cruz Roja nos confirma lo que intuíamos durante los dos meses de cautiverio: la guerra se ha extendido por todo el país.

-«¿Y mi familia? Señor Darko, la ciudad de Glina ha sido arrasada, pero algunas familias han huido. Señor Darko, me alegra decirle que su familia ocupa un lugar entre los vivos».

Los ojos me brillan. Tras varias horas de viaje mi mujer e hijos esperan en la puerta del autobús. Los niños (jamás los vi tan limpios y elegantes) se agarran a mis pies y brazos. Katica mantiene las manos en la cara. Sólo desea que sea su marido y no un espectro. Dodite k meni svi koji ste izmoreni i optereceni (venid a mi todos los que estáis cansados y agobiados, leía de niño en el templo). Marin me tira del pantalón mientras le beso. «Papa tengo la bicicleta, tengo la bicicleta. ¿Cuándo me enseñarás a montar?» «Cuando volvamos a casa, hijo. Cuando volvamos a Glina».

Las primeras noches deambulo con alucinaciones y despertares bruscos entre el deseo de acudir al frente o permanecer junto a mi familia. Katica lo entiende. Conoce que soy un patriota sin nacionalismos que ama la tierra de sus padres y. que aquella bayoneta me ha perforado el corazón. Por eso, sólo su serenidad, sus besos y abrazos me confortan con la humanidad perdida.

-«Cariño, intenta olvidar. Hemos de recuperar la confianza en los otros. Nadie puede herirte sin tu consentimiento», me dice.

-«Sí, lo sé. En el campo de concentración aprendí que lo que no mata, fortalece. Alguien dijo que la fuerza está en la cabeza, no en el cuerpo». Katica sonríe dulcemente mientras contempla la delgadez de mi estómago sin arrugas...

-«Me alegra que el odio no entre en esta familia», apunta Katica.

¡Aj me!

Entre 1991 y 1995 hay continuos avances y retrocesos en la guerra serbo-croata. Con la aprobación familiar me alisto en el Ejército. Dos meses confinados en Knin valen como cuatro años de contienda pero, con la operación militar Oluja en agosto del 95, estamos ya cerca del final, cerca de Glina. Las horas nocturnas se suceden con mi subfusil AK-72 y revivo mi infancia: el lugar donde aprendí a fumar, la habitación donde velamos a mi padre, el campo de fútbol donde jugaba de lateral izquierdo. Mi cuerpo aletargado en el uniforme azul, gastado y sucio, espera la segunda liberación de mi alma. La respuesta definitiva.

El 6 de agosto llegamos al pueblo. El recuerdo de Knin nubla mi mente, pero a diferencia de aquella cárcel, no habrá alambradas en mi jardín. Deseo correr campo a través, pero las minas obligan a caminar por la carretera. Hay cascotes y piedras en las calles. Rescoldo de casas incendiadas, metralla en los edificios. El sudor frío recorre mis brazos. Aumentan las pulsaciones.

-«Tranquilo Darko, tranquilo, ya queda menos».

Me arrodillo. Al frente del camino se levanta una estructura de paredes. Nada más. Una carcasa con escombros y maleza. 'Aj me!' (¡Ay de mí!). Han cortado el árbol. pero aquí siguen mis raíces. Prometo que brotarán ramas con la fuerza de mis hijos».

El 15 de agosto de 1995 capitula el Ejército Popular Yugoslavo. La guerra ha terminado. Comienzan las discusiones sobre cifras de muertes, emigrados y damnificados. Glina pasa de 25.000 a 9.000 habitantes. Muchos han muerto y numerosos serbios han sido obligados a regresar hacia Belgrado, la madre patria, ya sea por miedo a represalias croatas, ya sea por las represalias serbias de Milosevic.

En abril de 2000 comienzan los juicios por crímenes contra la humanidad en la antigua Yugoslavia. Junto a otros altos dirigentes, el 14 de noviembre el carcelero de Knin, Neso Bijelic, es acusado y sentenciado a cinco años de prisión.

Glina, en la actualidad

Agosto de 2010. Darko Kauric fuma cigarrillos Rothschild expirando el humo y dibujando chimeneas en esa boca sin colmillos por la que intenta sonreír la vida. Darko ha reconstruido su casa y ha montado un pub, donde se encuentra sentado. «A mis vecinos serbios -a la gente de a pie- sólo puedo desearles suerte en la vida. Me gustaría que muchos puedan regresar y habitar sus casas abandonadas de Glina. Aquí cabemos todos. Entiendo que en la guerra, en medio de la oscuridad, es difícil navegar entre los mares del odio o la ideología, pero cuando parece que todo está perdido, siempre tienes la posibilidad de retomar el rumbo del perdón y de volver a casa».

-«Bueno usted ha ganado», le inquiere alguien. «¿Qué es ganar? No hay propiamente vencedores ni vencidos. Todos hemos perdido algo en el camino. Todos, yo también tengo dragones interiores. Tengo el recuerdo de una bayoneta contra la que luchar. Y sé que la justicia juzga el pasado pero yo -aunque me desespere- intento mirar al futuro. Sólo tengo una vida y no debo malgastarla en la espiral del odio y el rencor», asiente Darko mirando a su mujer.

El sol también aprieta al presidente de la República de Croacia, el socialista Ivo Josipovic, que visita Glina esta mañana. Numeroso público y medios de comunicación siguen expectantes la comitiva, como el hijo de Darko. El pequeño Marín es hoy un joven de 26 años empeñado en «otra guerra»: dirigir un campo de trabajo con universitarios extranjeros. «No somos pobres, pero toda ayuda será buena para Glina», le anima el alcalde que visita junto al presidente este grupo de 45 estudiantes italianos, españoles y croatas que pintan la escuela pública y colaboran con la Cruz Roja. Algunos como Axel Godoy han recorrido 2.300 kilómetros en coche desde Granada con la Asociación Alayos , club promovido por personas de Opus Dei. «Hacemos lo que podemos», dice Axel al presidente, quien agradece el gesto mientras la comitiva avanza.

De pueblos cercanos llegan más ciudadanos para saludar al jefe de Estado. Un hombre alto desciende del autobús. Darko reconoce a este hombre que se ha presentado en Glina y que no busca al Presidente, sino publicidad. Darko anda despacio, aunque el hombre le persigue con la mirada. “Darko, te cortaré de nuevo el cuello como a una gallina”, le amenaza Neso Bijelic, el carcelero.

Darko, con su cigarro entre los dedos, camina tranquilo. «No deseo dragones en mi vida», se repite. «He aprendido a perdonar porque me han enseñado a querer».

Darko y su familia. Katica, Marin y Martina. Foto: Ismael Martínez Sánchez

  • Ismael Martínez Sánchez // Ideal de Granada