Una historia verdadera

Irene Kalpas conoció el Opus Dei a los 90 años en Polonia, concretamente el 26 de junio de 2002, aniversario de la marcha al cielo de San Josemaría.

En primera persona

"Por una casualidad, me encontré en la calle Filtrova, donde viví durante la guerra (desde septiembre del 39 hasta noviembre del 44), frente a la que fue mi casa familiar. De esta casa salimos mi madre, mi padre, mi tía –dueña de la casa- y yo cuando nos detuvieron y nos mandaron a un campo de concentración. Mi tía murió en Ravensbrück (campo de concentración de los nazis), mi padre murió en Oranienburg, y yo volví sola con mi madre de ese campo de concentración. Eso sí, nuestra casa había sido requisada. Desde entonces no había vuelto nunca a la calle Filtrova. Intentaba evitarlo, había  demasiados recuerdos dolorosos...

Y este 26 de junio entré en la calle Filtrova desde el lado de la plaza de Nautowich. Caminaba y caminaba. No sé porqué, hasta ahora no me lo he explicado. Así que llegué a nuestra casa en Filtrova 27. Desde fuera se notaba que todo estaba bien arreglado, el jardín y la entrada luminosa y bonita, restaurada. Me dije 'Dios mío, el garaje está como antes'. Y me pregunté: '¿y cómo estará el jardín de atrás?' Y puse la mano en la manilla de la puerta..., aunque tengo que decir que no pertenezco al tipo de gente que entra en cualquier lugar y buscan no sé qué. Apreté la manilla, entré en el jardín para ver si el jardín era el mismo. Aunque todo lo que hacía era como sin darme cuenta. Y pensé: 'puede haber un perro',  y di unos pasos atrás. 

Observé entonces que la escalera estaba puesta de otro modo, y el escalón de la entrada también había cambiado. Subí este escalón, había un timbre, y no sé porque, toqué el timbre. La puerta se abrió y salió un hombre joven con apariencia simpática, me parece que con gafas. Yo estaba muy impresionada y me dijo: 'Dígame usted'. Le respondí que sólo quería ver el jardín y él me animó a entrar. Le comenté que en ese lugar había una terraza. Él se extrañó y le dije que ese lugar había sido mi casa familiar, en la que yo había vivido durante la guerra. Me dejó entrar en la casa. Me encontré en el recibidor. No reconocía casi nada. Pasé un pasillo que daba a la antigua sala de estar donde nos detuvieron en 1944. Sin embargo, esa sala de estar había desaparecido, ahora había una capilla en la que un sacerdote que estaba rezando me sonrió al verme. Yo me despedí amablemente. Tenía demasiadas cosas en mi cabeza.

Sucede que en esa casa, 50 años después, había un centro del Opus Dei. No sabía nada del Opus Dei ni de su Fundador. ¿Por qué había llegado yo hasta allí? Y a partir de ese momento, inesperado para mí, conocí el Opus Dei. Y comenzaron grandes cambios, el principal en mi vida interior. Ahora soy supernumeraria del Opus Dei y estoy enormemente agradecida a Dios y a San Josemaría que me ha elegido a mí, una persona desconocida, que no se lo merece. 

Cuento esto porque acabo de cumplir noventa años y quiero decir a toda la gente que es mayor, enfermos o desanimados en la vida, que no hay ningún límite, nunca se sabe cuándo nos puede tocar la gracia de Dios. Naturalmente que yo vivía con Dios desde el principio, desde el momento, se puede decir, del Bautismo. Pero toda mi vida, aún con Dios, era tibia. Y ahora he empezado a tener una vida interior más fuerte, intentando profundizar en ella cada día. Y por eso agradezco a Dios de todo corazón que al final de mi vida me haya permitido empezar algo nuevo que vale la pena.