¡Vale la pena... dejar hacer al "Pintor"!

Tenía la carrera de ingeniero de Caminos, un buen sueldo... según los cánones vigentes de la sociedad actual, había triunfado. Sin embargo yo no estaba satisfecho. Buscaba algo más, pero no sabía lo que era; y estas inquietudes no podía hablarlas con nadie que me entendiera". Así cuenta Alfonso Sánchez, joven ingeniero de Granada, su encuentro con Dios en el trabajo y el matrimonio.

En primera persona

(Testimonio extraído del libro 'Un amor siempre joven', de Ed. Palabra, sobre las enseñanzas de San Josemaría Escrivá acerca de la familia)

I.- “La gente tiene una visión plana, pegada a la tierra, de dos dimensiones. – Cuando vivas vida sobrenatural obtendrás de Dios la tercera dimensión: la altura, y con ella, el relieve, el peso y el volumen” (Camino, nº 279)

En otoño de 1998 terminé la carrera de Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos y llevaba trabajando varios meses. Tenía 26 años. Disponía de medios económicos, y mis amigos y familiares me felicitaban. Según los cánones vigentes en la sociedad actual, había triunfado

Al poco tiempo me ofrecieron un puesto de mayor envergadura, responsabilidad y sueldo. Sin embargo yo no estaba satisfecho: me costaba el mismo trabajo levantarme por la mañana y no tenía ilusión en el trabajo. Terminaba una obra y venía otra; y la empresa me exigía un resultado exclusivamente económico. Buscaba algo más, pero no sabía lo que era; y estas inquietudes no podía hablarlas con nadie que me entendiera.

En el plano personal, contaba con el cariño de mi familia y el apoyo de mi novia, Inmaculada, que tuvo mucha paciencia conmigo por mi inseguridad al plantearnos un compromiso definitivo. Mi concepto de la familia no estaba claro; y de hecho, cada vez que se mencionaba, intentaba posponer la boda con cualquier excusa, como consecuencia de la inseguridad que proporciona no tener unos sólidos cimientos espirituales.

Poco antes de estos sucesos, Inma empezó a sentir molestias en la garganta. La operaron pensando que era amigdalitis. El diagnóstico no fue acertado y las úlceras que tenía no cicatrizaron. Empezaron a hacerle innumerables pruebas y estudios: ahora diagnostican una cosa, ahora otra; ensayaron muchos tratamientos, pero ninguno resolvió su enfermedad.

II. “También tiene su historia lo del lucero... son esas grandes estrellas que parpadean por la noche, allá arriba, en la altura, en el cielo azulado y oscuro, como grandes diamantes de una claridad fabulosa. Así es de clara vuestra vocación: la de cada uno y la mía” (Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer y el Opus Dei, Eunsa, Pamplona, 1982, p. 26).

A finales de 1999 pasé un fin de semana con un tío mío sacerdote y unos amigos. Tras una animada comida familiar, empezaron a hablar de Jesucristo, y de cómo el trato con Él había cambiado sus vidas. Les noté una paz interior y una alegría desconocidas hasta entonces. Esa misma noche, de temperatura agradable, paseábamos Inmaculada y yo mientras comentábamos las impresiones de aquel encuentro. De pronto, vimos en el cielo un destello impresionante, provocado por una estrella fugaz que dividió el firmamento en dos. Me quedé sobrecogido, y esa conmoción interior me indicó, sin dudas, el camino a seguir.

Cuando pude leer los textos de San Josemaría Escrivá, Fundador del Opus Dei, y leí ese pasaje en que dice que la vocación es un lucero, a mí me pareció ver reflejado el instante en que Dios se hizo presente en mi vida para pedírmelo todo.

III.- “Que busques a Cristo, que encuentres a Cristo, que ames a Cristo.” (Camino, nº 82).

Alfonso y su mujer, Inma

No podía desoír esta llamada. Fui a hablar con mi tío, el sacerdote; éste me regaló un par de libros sobre doctrina cristiana, y me los leí de corrido. Pero con esto sólo, no resultaba suficiente. Seguía buscando. Mi entorno tampoco me alentaba, pues el bagaje formativo de mis amistades era muy escaso.

Inmaculada continuaba con sus problemas de salud: las úlceras en la garganta aparecían y desaparecían con desasosegante intermitencia. Los médicos probaban todo tipo de tratamientos, con poco éxito; y seguían sin tener un diagnóstico claro.

Continuaba con mi formación cristiana de modo autodidacta. Leí un libro tras otro, y empecé a asistir a la Santa Misa. Al poco tiempo, confesé y empecé a recibir la Sagrada Comunión. Hablaba muy de tarde en tarde con algún sacerdote, y empezaba a sentirme interiormente más realizado. Pensaba aún que la vida cristiana se reducía a ir a Misa los domingos, pero yo veía con claridad que aquello no me bastaba.

Unos meses después, abrí un libro que tenía en casa con una encuadernación muy cuidada. Se titulaba Hablar con Dios, y estaba escrito por D. Francisco Fernández Carvajal. Me apropié del ejemplar y empecé a leerlo. Se convirtió en mi libro de cabecera y me acompañaba en todos los viajes de trabajo. Por entonces, oí hablar sobre el Opus Dei y sobre su Fundador, y me di cuenta de que su mensaje no dejaba a nadie indiferente: su afirmación de que Dios nos llama a todos por caminos de santidad (que no es posible vivir un cristianismo “de segunda categoría”) a unos les entusiasmaba y a otros les resultaba inquietante.

De nuevo acudí a mi tío, que me dio una explicación y me regaló Camino, Surco y Es Cristo que pasa: tres libros del Fundador de la Obra. Además, me orientó acerca de cómo leerlos y me comentó la difusión que había alcanzado Camino: más de 4 millones de ejemplares en casi todas las lenguas del mundo.

Portada del libro que ofrece éste y otros testimonios.

“Que tu vida no sea una vida estéril. - Sé útil.- Deja poso.” Así comenzaba aquel libro. Descubrí una gran fuerza espiritual en aquellos consejos. Una aplicación integral y profunda del cristianismo, para la vida actual. Trabajo, lucha interior, vida sobrenatural, llamamiento... Poco a poco fui captando un espíritu, un estilo de vida con el que me sentía identificado. Y caí en la cuenta de que aquel libro que tanto me ayudaba, Hablar con Dios, de cuyo autor no conocía nada, reflejaba esa misma espiritualidad.

Fui ampliando conocimientos acerca del mensaje de San Josemaría y de su aplicación práctica, que constituye el Opus Dei. Decidí contactar con la Obra. No conocía a ningún miembro ni sabía de la existencia de las múltiples labores que realizaba. El sentido práctico de la profesión me llevó a recurrir a la guía telefónica. El contacto fue eficaz y encontré la ayuda que necesitaba.

Vislumbré con claridad mi matrimonio con Inmaculada. Pronto nos casamos, abandonados en las manos del Señor, y sin dejar de poner los medios. La visión de la enfermedad se transformó, y dejó de ser un problema para pasar a ser una dificultad, e incluso un acicate en el que se transparenta el Amor de Dios.

IV.- “Y ¿en un ambiente paganizado o pagano, al chocar este ambiente con mi vida, no parecerá postiza mi naturalidad?, me preguntas. –Y te contesto: Chocará sin duda, la vida tuya con la de ellos: y ese contraste, por confirmar con tus obras tu fe, es precisamente la naturalidad que yo te pido” (Camino, 380).

Con la práctica de las enseñanzas de San Josemaría experimento el ciento por uno prometido por Nuestro Señor a sus discípulos. Voy descubriendo la unidad de vida, que me lleva a dar relieve a las jornadas aparentemente iguales; la fuerza de la oración, siempre fecunda; el valor de la entrega y los pequeños sacrificios, siempre presentes; el valor corredentor del trabajo; la filiación divina, etc. En definitiva, sentirse instrumento de Dios, dejar hacer al Pintor... “Ya puedes desechar esos pensamientos de orgullo: eres lo que el pincel en manos del artista. Y nada más. Dime para qué sirve un pincel, si no deja hacer al pintor” (Camino, 612).

Pero donde se manifiesta de un modo más vivo mi vinculación al Opus Dei, es en el apostolado. Poco a poco mis amigos se acercan a preguntarme qué me pasa, y cuando se lo explico, empiezan a dar los primeros pasos. No son tan rápidos como yo desearía. También ellos tienen su proceso de acercamiento y, por más que quiero quemar etapas, tengo que conformarme con ver cómo avanzan lentamente. Se van preocupando por su alma, se acercan a los sacramentos, a la Obra. Otros acuden a nosotros para solicitar un consejo o una pequeña ayuda. Aquella situación familiar complicada se va resolviendo...

La alegría más grande me la proporciona Inmaculada, que me acompaña y aventaja en este viaje interior. Aunque sigue con sus afecciones físicas, confiamos en la ayuda de nuestro Padre para superarlas; y así se lo encomendamos.

Voy a terminar. Y lo haré con dos párrafos.

El primero es para recordar un encuentro largamente esperado ¡Qué buen rato pasé, hace unas semanas, cuando tuve la oportunidad de saludar personalmente a D. Francisco Fernández Carvajal: un sacerdote joven, simpático y en extremo atento, a quién no acertaba a imaginar así, cuando me levantaba interiormente apoyado en las páginas de su libro!

El segundo es para manifestar un deseo. Querría que estas líneas sirvieran de agradecimiento a Dios por todo lo que hemos recibido en mi familia: algo tan ordinario y tan extraordinario. También le pido a San Josemaría, en el año de su centenario y de su canonización, que estas experiencias sirvan para que otras personas que estén empezando no duden y correspondan desde el principio a la gracias que Dios nos concede inmerecidamente. Vale la pena, también humanamente. ¡Vale la pena!