Wanda: una cardióloga en Sicilia

Con frecuencia, el mensaje del Opus Dei se conoce a través de una amistad. Es el caso de Wanda Deste, médico cardiólogo que vive desde hace 20 años en Sicilia, quien cuenta cómo procura hacer santo su trabajo día a día.

En primera persona

Soy de Roma, pero desde hace 20 años vivo en Sicilia. Trabajo como Cardióloga en el Hospital de Catania.

Conocí el Opus Dei poco antes de comenzar la universidad, durante las vacaciones de verano. Fue en Castelfusano, una ciudad-balneario cercana a Roma. En aquella época estaba más o menos satisfecha de mi vida: tenía una bonita familia, amigos, buenas notas… y, sin embargo, notaba que me faltaba algo.

Algunas de mis amigas conocían el Opus Dei. Un día, por hablar de algo, le dije a una de ellas que me hablase de la Obra. En el Opus Dei –me resumió con sencillez- había aprendido tres cosas: a querer, a estudiar y a rezar.

Le pedí que me llevase a alguna reunión en un centro de la Obra, algo que hizo tres meses más tarde. El ambiente de la casa me atrajo enseguida: era agradable, sobrio y al mismo tiempo, acogedor. Se estaba muy bien allí.

Con el tiempo entendí que lo que me había atraído era la naturalidad con que aquellas chicas vivían su fe cristiana. Enseguida se me abrieron nuevos horizontes en la vida. Descubrí que Dios me quería y que yo podía responderle en mis actividades de cada día. Mi estudio, mi tiempo libre, mi trabajo, mi futuro, en fin, mi vida, eran un camino para llegar al Cielo.

Pronto vi con claridad dos decisiones que han marcado mi vida: solicité formar parte del Opus Dei como numeraria e inicié mis estudios de Medicina. Quería hacer de mi profesión un servicio. Sentía que había firmado un cheque en blanco, ¡pero no me importaba arriesgar!

Desde entonces, mi vida ha sido muy intensa. Como es normal, no han faltado los momentos duros, oscuros, pero también la fe se ha hecho más fuerte. Recuerdo, por ejemplo, cuánto me costó aceptar la muerte prematura de mi padre, a quien estaba muy unida. Él me enseñó a ser responsable y autónoma para tomar las propias decisiones.

Otro momento difícil fueron los comienzos en la carrera de Medicina. Mi primer examen de Física fue un desastre. El segundo, de Química, me parecía insuperable. “¡Dios mío!, me decía, quizá me he equivocado de profesión”. Recuerdo que aquello me angustió mucho. Conté mi problema a una amiga del Opus Dei, con más experiencia que yo, y ella me serenó y me ayudó a estudiar

¿Y qué ha ocurrido después? Pues encaucé muy bien mis estudios de Medicina, y me especialicé en Cardiología. Desde entonces, procuro ayudar a estudiantes que –como yo entonces- necesitan orientación y sostén en los primeros años de Universidad.

Desde hace 15 años atiendo la unidad de Cardiología a donde llegan los enfermos de corazón de Sicilia Oriental. En concreto me he especializado en la ecocardiografía. En muchas ocasiones, me encuentro asistiendo a un enfermo que se debate entre la vida y la muerte. En esos momentos límites, las enseñanzas de san Josemaría me ayudan a no dejarme llevar por la rutina, a no acostumbrarme al sufrimiento.

Otras veces, cuando estoy de guardia, de noche, paso por las habitaciones de los enfermos; veo sus rostros: algunos duermen, otros no lo logran a causa del dolor, o del miedo o de la soledad. Entonces, procuro pararme y hablar don ellos, darles ánimos y esperanza. Cuando por fin logro tranquilizarles, también mi cansancio parece desaparecer.

Todos los días, cuando entro a trabajar, tomo el ascensor para subir a mi despacho. En ese momento, tengo la costumbre de rezar, dirigiéndome a san Josemaría, para que ilumine mi trabajo y me ayude a ser útil a los demás. Especialmente, le pido que me ayude a ser de ayuda a mis compañeros de trabajo. Con todos, especialmente con los más veteranos, tengo una relación de confianza y estima. ¡Hemos pasado tantos momentos duros juntos! Desde las situaciones de estrés vividas cuando está en juego la vida de un hombre, hasta las mil y una batallas en defensa de la vida, que algunos intentan interrumpir incluso antes del nacimiento.

Pero son los médicos jóvenes quienes realmente dan energías nuevas a mi hospital. Muchas trabajan conmigo para aprender a hacer ecocardiografías. Pero yo procuro no sólo enseñarles eso. Intento también darles, en la medida de mis posibilidades, buen ejemplo.

Y, junto con un colega, hemos organizado unos cursos de formación sobre diversos aspectos como la ética clínica, la dimensión espiritual del enfermo, el sentido del sufrimiento, la justa competitividad, el equilibrio entre trabajo y familia, etcétera. Cada vez participan más doctores jóvenes y ya hemos llegado a la tercera edición. Cuando me los cruzo por los pasillos y veo que están poniendo en práctica lo que yo a mi vez aprendí -¡hacer grande la vida ordinaria sirviendo a los demás!-, doy gracias a Dios.