"Yo no podía ser el único beneficiario"

Patricio Huenchuñir Gómez es profesor de Química de la Universidad Católica de Chile. En este testimonio cuenta cómo agradeció a Dios que entrase en su vida: "Tenía que transmitirlo a mis amigos"

En primera persona

Patricio está convencido de que en su caso se ha cumplido lo que decía San Josemaría, de que el noventa por ciento de la vocación de los hijos se debe a los padres, pues una respuesta generosa sólo germina habitualmente en un ambiente de libertad y de virtud. Su madre asistía a cursos de doctrina católica que daban personas de la Obra y averiguó si había alguna actividad para jóvenes porque tenía dos hijos universitarios. Le contestaron que sí y le sugirieron que dejara los nombres y teléfonos para contactarlos.

“Cuando me llamaron para invitarme a Carén (un centro de varones del Opus Dei) un sábado en la mañana pensé: ¡Qué lata más grande! En ese tiempo yo estudiaba en la Universidad de Chile y no iba a Misa ni los domingos. Pero acepté”.

 Volví sin que me llamaran

Confiesa que lo impresionó “la alegría de la gente que encontré en Carén y el tono humano, sencillo y de familia que se respiraba en el centro, educado y culto a la vez, algo que tantas veces se echa de menos en la sociedad actual. Yo me sentí tratado con un respeto muy especial y eso me impactó tan profundamente que hizo que a la semana siguiente volviera a ir, solo, sin que nadie me llamara por teléfono”.

Patricio nació en Arica, la ciudad más al norte de Chile, donde su padre pertenecía al cuerpo de Carabineros y su madre era ayudante de contabilidad en una importante ferretería. En sus años de colegial participó en la banda de guerra, en el equipo de basketball y llegó a ser el presidente del centro de alumnos.

“Por haberme educado en un colegio católico, algo sabía rezar, alguna vez había hecho oración y había estado en algunos retiros. Pero me di cuenta de que se me estaba proponiendo mucho más: ser santo. Me llamó la atención la naturalidad con que se hablaba de Dios, no como algo impuesto, sino como un aspecto cotidiano de la vida: de la misma forma como se hablaba de los estudios, las cuestiones de la profesión, o de la vida común y corriente, se podía hablar de Dios, pero sobre todo, que Dios influía en la forma como se encaraba la vida. Me invitaron a un curso de doctrina católica, empecé a ir a las meditaciones[1] los sábados en la tarde y a tener dirección espiritual. Después de asistir a un retiro me dije: ¡mira, se puede ser católico de manera normal!”

  Meses de descubrimientos

“Descubrí que eso de ser santo tenía que conseguirlo con la gracia de Dios, en medio de las ocupaciones habituales. Como en ese momento mi ocupación era estudiar, tenía que ser santo estudiando Química y Farmacia (y más adelante, trabajando como Químico Farmacéutico). Pensé que eso lo iba a conseguir a base de esfuerzo personal, de voluntad propia… y me equivoqué, ya que me daba cuenta rápidamente de lo poco que avanzaba. Por eso, con la ayuda de la dirección espiritual, me hicieron ver que “procuramos luchar por ser santos”, “ponemos nuestro empeño personal”, pero es Dios quien da la gracia".

'Procuro impregnar las actividades con el “buen olor de Cristo”, como decía San Josemaría.

 “Descubrí también que ser santo implica ofrecer el trabajo a Dios, y si se lo ofrezco, debo procurar que esté bien hecho. Me empeñé para trabajar mejor, pero por amor a Dios, no simplemente por la nota (estaba estudiando), y luego por el dinero".

“Y claro… yo no podía ser el único beneficiario de estos descubrimientos: tenía que transmitirlos a mis amigos. En Camino 805, San Josemaría se pregunta (nos pregunta, y en ese momento, me preguntaba…): “Oye, ahí… ¿no habrá uno… o dos, que nos entiendan bien?". "Comencé a hacer apostolado entre mis compañeros de universidad. Algunos empezaron a ir al centro, otros a tomarse la vida más en serio… los más no me hicieron mucho caso, pero seguimos siendo tan amigos como siempre, porque estoy convencido de que Dios no pierde batallas y de que es Él el que hace el apostolado. Los hombres somos meros instrumentos".

“Aunque esos meses fueron de descubrimientos, todo transcurrió con la mayor naturalidad. Dios se fue metiendo en mi vida, lentamente, con tranquilidad, sin nada extraordinario… Y sin darme cuenta, descubrí que el Señor me estaba llamado para seguirle más de cerca. Con el pasar del tiempo, me empecé a inquietar, porque me iba dando cuenta que esa llamada era más radical, total, en celibato apostólico como Agregado del Opus Dei. Tenía la ilusión de formar una familia, había “pololeado” en alguna ocasión, estaba en búsqueda de una “polola”… y al Señor se le ocurre llamarme. Frente a la resistencia inicial, me di cuenta que Dios me quería más cerca, no porque fuese mejor que el resto (de hecho, cada día estoy más convencido que hay personas que son infinitamente mejores que yo en todo orden de cosas), sino porque Él así lo quería. Y luego de un tiempo, en que me resistía pero le pedí ayuda a Dios, decidí decirle que sí como Agregado del Opus Dei, el 15 de octubre de 1988".

 

Un tío normal

Cuando le preguntan qué es ser Agregado, se ríe.

“Es ser, como dicen en España, un tío normal, que busca la santidad en medio de sus ocupaciones habituales, con una dedicación completa al Señor, en celibato apostólico”.

Después de hacer un doctorado en la Universidad de Navarra, Patricio regresó a Chile en 1998. Actualmente da clases universitarias de Farmacocinética y Biofarmacia, e investiga nuevos medicamentos para el tratamiento del Alzheimer, la obesidad, el cáncer y las cataratas.

“El agregado alguien normal que busca la santidad en medio de sus ocupaciones habituales, con una dedicación completa al Señor, en celibato apostólico”.

“En todo esto, procuro ver la mano de Dios, llevar a mis colegas y a mis alumnos a Dios, e impregnar las actividades con el “buen olor de Cristo”, como decía San Josemaría. Esto no significa que todo salga bien: utilizo el liquid paper muchas veces al día. Lo importante no es no caerse sino saber pedir perdón y volver a recomenzar con buen humor y serenidad”.

 El mejor negocio es preguntarle a Él

“Con los años, me he dado cuenta que el Señor no defrauda… si nos pide algo, Él nos da las gracias suficientes para responder que sí… es por ello que la duda inicial de si seremos capaces de responder a eso que nos pide el Señor… es soberbia: Dios no pide imposibles sino lo que podemos y Él nos da lo que haga falta. Cada día estoy más convencido de que el mejor negocio es preguntarle al Señor qué quiere y hacer su voluntad. Esto no asegura que las cosas serán fáciles… pero asegura la felicidad, porque nos confirma que estamos haciendo la voluntad de Dios y Él no se equivoca”.

 

[1] Oración guiada por un sacerdote.