En el ancho mundo del langostino

Juan Latorre vive en Burgos y es ingeniero de telecomunicaciones

En primera persona

En ocasiones la vida te cambia de un día para otro; porque estaba yo trabajando tan tranquilamente en una central telefónica de Madrid, cuando una hermana mía que vive en Burgos me llamó diciéndome que había un puesto vacante en una empresa de langostinos. Era un puesto, decía, que me iba como anillo al dedo. ¿Yo en Burgos? Antes habíamos bromeado sobre el asunto, y yo le había dicho que si me encontraba un trabajo como catador de langostinos, allá que me iba rápidamente…

Y para allá que me fui. Y mis padres, con los que vivo, dijeron que se venían también. Fue un cambio importante, porque los dos son andaluces, de dos pueblos de Jaén: Úbeda y Torreperogil y Burgos está en plena meseta castellana. Mi padre, que trabajaba de albañil, ya está jubilado. Gracias a la formación cristiana que me han dado -mi madre es supernumeraria- y a Tajamar, donde estudié, conocí el Opus Dei. Soy agregado.

En junio del 2003 nos instalamos en Burgos. El trabajo es muy interesante, aunque no como catador, precisamente: soy ingeniero de telecomunicaciones. Yo no sabía mucho de Burgos; pero sí es una ciudad que tengo asociada a la necesidad de ser siempre optimistas. He leído muchas veces que cuando San Josemaría vivió aquí, en plena guerra civil, con el país destrozado, todo invitaba humanamente al pesimismo. Sin embargo, el fundador del Opus Dei se mantuvo siempre fiel al querer de Dios, contra viento y marea, esperanzado casi contra toda esperanza. He pensado muchas veces en esto, durante mis idas y venidas por la ciudad, cuando hago gestiones para mi empresa.

Burgos

Esas gestiones me llevan en ocasiones bastante lejos, por el “ancho mundo del langostino”. Voy con frecuencia a países como Brasil, Ecuador, Nicaragua, Perú, India, Tailandia, Irán, Venezuela… Esos viajes me permiten hacer amistad con muchas personas, de mentalidades, religiones y culturas muy distintas; y he comprobado que, por encima de las razas, las culturas, las religiones y las mentalidades, en todos los hombres late una gran sed de Dios.

Durante esos viajes las conversaciones sobre Dios se puede decir que nacen solas. Porque cuando terminamos de hablar del langostino, pasamos, casi sin darnos cuenta, a hablar de la familia, de los hijos, de los problemas y preocupaciones de cada uno. Y he visto cómo, cuando se acercan a Dios, su vida se llena de esperanza y optimismo. 

Hace poco un amigo mío, católico, que llevaba varios años de vida marital, me ha dado una gran alegría: ha decidido casarse por la Iglesia. Es un hombre muy bueno, con mucho cariño a su mujer, pero que, como tantas personas, no ha tenido en su vida muchas oportunidades de formarse bien. 

Y es curioso cómo hace Dios las cosas: habíamos hablado con frecuencia de la maravilla del sacramento del Matrimonio, pero por unas cosas y por otras no acababa de decidirse. Hasta que un día me enseñó la fotografía de su chica y le dije, de broma:

-Es muy guapa. Ya verás lo que haces; porque… ¡o te casas o te la roban!

Fue una broma, un comentario sin más, ya digo, pero del que Dios se sirvió para hacerle cambiar de vida. He pensado en eso muchas veces: Dios se sirve de pequeñas cosas –un comentario, un e-mail, una llamada telefónica- para mover con su gracia a las personas; y muchas, de un día para otro, como me pasó a mí, se deciden a cambiar no sólo de ciudad, sino de algo más importante: de vida.