Monkole, en los alrededores de Kinshasa

Celine Tendobi, médico en el Hospital Monkole (Congo).

En primera persona

Sucedió todo de forma muy sencilla. Yo acababa de terminar el bachillerato y estaba en mi parroquia, la iglesia de la Resurrección de Kinshasa, aguardando turno para confesarme antes de Misa, como otras semanas. La fila para confesarse era bastante larga. 

Yo iba a la parroquia todos los domingos y ayudaba en lo que podía, como otras chicas católicas de mi edad. A veces, por ejemplo, hacía las lecturas.

Aquel día estaba un poco nerviosa porque acababa de presentarme a los exámenes para pasar a la Universidad y todavía no me habían dado las notas; y mientras esperábamos –la fila era larga, como he dicho- comencé a charlar con una chica que estaba a mi lado. Y en un determinado momento le comenté, entre otras cosas, que estaba buscando un sacerdote con el que pudiese charlar de algunas cuestiones personales.

-¡Ah! –me dijo-. Yo te puedo presentar uno: l´abbé Quirós, un sacerdote del Opus Dei.

Y me explicó que ese sacerdote atendía un Centro de mujeres del Opus Dei, y que allí acudían muchas chicas de mi edad para formarse cristianamente, tener dirección espiritual, estudiar, etc. Aquello me interesó mucho, y un día fuimos al centro, que se llamaba Tangwa, "eco" en lengua lingala.

Me gustó. Era una casa muy sencilla, situada en Livulu, Oasis, en Lemba, a unos 1500 metros de la Universidad pública de Kinshasa. Era sencilla, pero estaba puesta con gusto, limpia y ordenada.

Niña congoleña

Comencé a charlar regularmente con l´abbé y cuando me matriculé en la Universidad iba a estudiar con frecuencia a aquel Centro, que contaba con una buena sala de estudio y una biblioteca. Ahora hay un Centro que conserva el mismo nombre, pero está en otro sitio. Me invitaron a círculos y acepté encantada, porque buscaba desde hacía tiempo una formación que complementase la formación católica que me habían dado mis padres. Somos ocho hermanos –cinco chicas y tres chicos- y yo soy la tercera.

En esos círculos fui conociendo el mensaje de la santidad en la vida corriente y en el ejercicio de la profesión que enseña San Josemaría. Yo soñaba con ser una buena cristiana y una buena profesional de la medicina, pero no sabía cómo hacer realidad las aspiraciones de entrega a Dios que sentía en mi alma. Fui comprendiendo, poco a poco, que Dios me había ido mostrando el camino de mi vocación de una forma muy sencilla: primero, gracias a la formación que me habían dado en mi casa; luego, mediante las actividades en la parroquia, y más tarde, gracias a aquella conversación que me había traído hasta el Centro… Sí; estaba claro: el Opus Dei era lo que Dios me pedía. Ése era mi camino.

Recé mucho, pedí luces y un día me decidí a pedir la admisión. Cuando lo hice, encontré una gran paz y una profunda serenidad interior. Era como si el Señor me dijese en el fondo del alma: “Celine, al fin has llegado: ya estás donde Yo te quería”.

Descubrí, gracias al espíritu del Opus Dei, la maravilla de la vocación cristiana y fui profundizando en las exigencias del Bautismo. Comprendí que vivir “en cristiano” es incompatible con una existencia replegada en si misma. Me fueron mostrando las exigencias de la caridad y de la justicia, junto con las enseñanzas de la Iglesia en materia social, de las que tantas veces se hizo eco San Josemaría. Pero era yo –me insistieron- la que debía dar mi respuesta personal ante los problemas de mi sociedad.

Situación geográfica de El Congo

Como en tantos países, en la República del Congo hay muchas personas que viven en condiciones de vida penosas y que necesitan nuestra ayuda. Comencé a participar en unas actividades de promoción social que se impulsaban desde el Centro en Mont-Ngafula, un poblado de carácter semirural. Esa zona sufre muchas necesidades básicas, aunque está situada sólo a treinta kilómetros de la capital. 

Comenzamos dando unas cuantas clases al aire libre, sentadas sobre unas cañas de bambú bajo los árboles. Venía un grupo cada vez más numeroso de madres de familia y de mujeres jóvenes. Les dábamos algunos rudimentos de alfabetización, junto con nociones elementales de higiene y costura en lengua lingala. A veces las clases se acababan rápidamente, porque se desataba de pronto una tormenta y nos teníamos que marchar para guarecernos del chaparrón…

Así estuvimos hasta que Monkole, un hospital promovido por personas del Opus Dei, construyó unos locales en aquella zona, en los que se comenzó a dar atención sanitaria, humana y social a todas estas gentes. Al principio todo era de carácter elemental. Con el tiempo, tanto la atención médica como los diversos servicios se han ido especializando y profesionalizando.

Yo era muy joven todavía –estaba en los primeros cursos de Medicina- cuando me preguntaron si estaba dispuesta a responsabilizarme de algunas actividades de carácter social de aquel proyecto. Acepté encantada.

Nos enfrentábamos con muchos retos. Las familias eran muy buenas y nos acogían muy bien, pero lo ignoraban casi todo en higiene y nutrición. Muchas de las madres eran jóvenes, algunas casi niñas… Había que enseñarles a cuidar y a educar a sus hijos, que presentaban con frecuencia síntomas graves de anemia, fruto de la mala alimentación.

Algunos estudiantes de Medicina europeos se quejan porque mientras realizan sus estudios se sienten “alejados” de los problemas sanitarios reales: dicen que no tocan la realidad. No era ése mi problema: en mis clases de Universidad iban analizando día tras día cuestiones y problemas que yo tocaba constantemente con mis manos.

A medida que me fui formando como médico, el proyecto fue creciendo y consolidándose en toda la zona. Se pusieron en marcha varios programas de ayuda y comenzamos a enseñar las nociones básicas de una alimentación equilibrada, junto con algunos principios elementales de higiene y comportamiento. Son principios muy sencillos, pero nadie nace sabiendo: se necesita que haya una persona concreta que los enseñe, en el lenguaje adecuado y del modo conveniente a la mentalidad de cada uno. Durante siglos estas gentes no habían contado con esa persona concreta.

Cuando acabé la carrera me dediqué profesionalmente a la atención de esa población y contamos en la actualidad con un pequeño ambulatorio en el que atendemos consultas prenatales y de pediatría. No son simples “consultas”, porque no se trata sólo de atender al paciente, darle una receta y despedirse de él, como sucede en tantos lugares.

Kinsasha

En Monkole nos proponemos ayudar a cada paciente, a cada persona, una a una, ayudándola a resolver sus dificultades, que son distintas en cada caso. Con frecuencia son madres muy jóvenes con hijos enfermos, que no saben qué hacer con ellos, porque nadie les ha enseñado. Además de darles las medicinas específicas y el tratamiento a seguir, hay que hablar con ellas, interesarse por sus problemas, ofrecer algunas pautas de conducta personal, orientar, contestar a sus dudas, explicar -de forma comprensible- cómo pueden actuar en esta situación y en esta otra, a quiénes pueden acudir cuando les suceda esto o lo de más allá… No es fácil. El médico, en estos lugares, debe ser al mismo tiempo un educador social, un promotor de salud, un consejero familiar y un amigo en el que se pueda confiar plenamente.

Si se desconoce su mentalidad y su forma peculiar de afrontar y resolver los problemas, es difícil ayudarles de forma eficaz, porque con frecuencia no entienden exactamente lo que se les pregunta. Hay que adecuar el lenguaje a sus propias categorías, ya que es fácil que no valoren la trascendencia médica de las respuestas que dan. Por ejemplo, hace poco le pregunté a una joven embarazada si sabía cual era su grupo sanguíneo y su RH: ¿A positivo, A negativo, B positivo, B negativo, 0 negativo, 0 positivo?

-¿Sabes cual es? –le dije.

-Claro que lo sé –me contestó, resuelta-: 0 positivo.

Lo anoté y seguí preguntándole por otras cuestiones, de las que deduje que nunca se había hecho un análisis de sangre.

-Entonces… ¿cómo sabes que tienes 0 positivo?

-¡Porque es el numero más bonito de los que me ha dicho!

Estamos impulsando desde Monkole varios programas de lucha contra la desnutrición, en los que se ha ayudado a un buen número de familias. Hemos logrado que aumenten el número de comidas que hacen al cabo de la jornada, pasando de una a tres comidas al día. Se ha logrado también la escolarización de muchos niños y una atención médica regular. Para eso hemos realizado un estudio de los parámetros antropométricos y de las necesidades más urgentes de la población infantil.

También se han puesto en marcha algunos proyectos de piscicultura, que puedan ayudar a estas familias a tener una dieta alimenticia más equilibrada.

Los niños abandonados y huérfanos constituyen un capítulo especial, y desde hace dos años estamos organizando varios proyectos específicos para ellos, con programas de higiene y de nutrición. Esto exige conocer bien las situaciones en que viven y las características del entorno. Necesitamos colaboración para llevar a cabo estos proyectos, porque en ocasiones tenemos que suspenderlos temporalmente -como éste, con los niños huérfanos- mientras recabamos nuevas ayudas económicas.

Otro capítulo especial es la lucha contra el SIDA. Estamos promoviendo, junto con la atención médica y personal, los códigos de conducta que tan eficaces se han revelado para combatir esta enfermedad en otros países africanos. Se ha demostrado que el mejor camino para obtener resultados eficaces en la prevención de esta enfermedad es favorecer la laboriosidad, el sentido de la responsabilidad y las virtudes de la fidelidad y la continencia.

También hacemos un seguimiento gratuito de los embarazos, promoviendo la atención médica durante el parto, porque cuando surgen complicaciones –ya sea por falta de medios o por ignorancia- son pocas las mujeres que acuden a un hospital o piden atención sanitaria.

En resumen: desde aquellas primeras clases bajo los árboles, que a veces terminaban de repente a causa de la lluvia, hemos ido dando pasos en la promoción humana, médica, laboral y espiritual de estas gentes. Entonces yo era sólo una inexperta e ilusionada estudiante de Medicina.

Pero nos queda todavía mucho camino por recorrer. Es un camino difícil y esperanzado, en el que contamos con la solidaridad de personas de todo el mundo que, gracias a proyectos como Harambee, nos ayudan a ayudar a esta población africana de los alrededores de Kinshasa.