Recuerdos de boda

Carmen Díaz recuerda al sacerdote amigo de su novio que celebró su boda. Ángel Santos Ruiz y Carmen se casaron en 1941, celebró su boda el fundador del Opus Dei, sacerdote con el que tuvieron una larga amistad de la que recogemos unas pinceladas.

En primera persona

Durante el mes de junio, aprovechando el buen tiempo, se celebran muchas bodas. Yo siempre que llega este mes me acuerdo de mi boda, aunque me casé en diciembre, en uno de esos días de frío y sol típicos de Madrid. Fue el 4 de diciembre de 1941: ¡ayer, como quien dice!

¿Y por qué te acuerdas de tu boda en junio?, me preguntan mis nietos. Y les contesto que la razón es muy sencilla: el día 26 de este mes la Iglesia celebra la fiesta del santo que nos casó, san Josemaría. 

Cuando les cuento esto, con gran agradecimiento a Dios, me dicen: “¿Y qué recuerdas de aquel día?” Y les decepciono cuando les digo que… lo mismo que la mayoría de las novias: fue un día muy bonito y yo estaba muy contenta y muy pendiente de que todo saliera bien, y… nada más.

“¿Y de san Josemaría qué recuerdas?” –insisten. –Pues no recuerdo nada –les digo- porque antes de casarme yo sólo sabía que era un sacerdote muy amigo de Ángel, mi novio, que me preguntó si quería que nos casara él. -Claro que sí, le dije. 

Luego me enteré que Ángel –Ángel Santos Ruiz, mi marido, que ya ha fallecido- le había conocido en septiembre de 1935, en la Academia DYA, a su vuelta de Londres, donde había estado, pensionado, trabajando en el University College. Estuvo hablando durante mucho tiempo con el Padre que al final le confesó. Aquel primer encuentro le impresionó mucho. Luego se fue a estudiar a París y en febrero de 1936 volvió a Madrid, al ganar la plaza de Profesor Auxiliar de Bioquímica en la Facultad de Farmacia. 

A su vuelta siguió dirigiéndose espiritualmente con san Josemaría y participando de la labor apostólica hasta que en julio de 1937, durante la guerra, metieron a Ángel en la cárcel. Primero estuvo en la de Atocha, luego en la de Alcalá de Henares y por último en la de Porlier, donde le visitaba Isidoro Zorzano, uno de los primeros de la Obra, que como llevaba un brazalete de la Embajada argentina, se podía mover con más seguridad por Madrid. Ángel me contaba que Isidoro era la bondad personificada y que cuando le dejaron libre iba a su casa a visitarle para que él y su familia pudieran recibir la Comunión.

Durante ese tiempo san Josemaría estaba muy preocupado por Ángel, y preguntaba mucho por él. Llegó a hacer gestiones para que le dejaran en libertad, y cuando acabó la guerra siguieron hablando, siempre de cuestiones espirituales. 

Ángel era huérfano de padre y tenía muchísima confianza con san Josemaría. Pero me contaba que en asuntos científicos y profesionales no intervenía nunca. Le decía que en esos campos obrara con total libertad, “dando a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César”. 

Tampoco intervenía en su vida sentimental. Sabía que Ángel tenía vocación de casado y le animó a buscar novia, pero por su cuenta: “porque yo no soy un cura casamentero”, le decía bromeando. 

Durante ese tiempo nos hicimos novios, Ángel sacó la cátedra y nos casamos en la Iglesia de San José de Madrid. San Josemaría sólo estuvo en la boda, que fue muy bonita y muy emocionante. Al final de la homilía nos dijo: “¡que Dios os bendiga con una corona de hijos!”. 

A partir de entonces comencé a conocerle más, porque desde que nos casamos hasta 1944 vino muchas veces a comer a casa. Era muy sobrenatural, muy simpático, muy cariñoso y muy, muy humano. Para mí no era “el fundador del Opus Dei”, porque entonces yo sabía muy poco de la Obra, sino un sacerdote amigo de mi marido, que estaba siempre pendiente de Dios y pendiente de todos los detalles.

Es curioso: hay una anécdota sin importancia que se me ha quedado grabada. Una vez que vino a comer a casa le hice un flan de postre y lo puse en el aparador, detrás de él. Comenzamos a charlar y yo comencé a preocuparme, porque iba viendo como, a medida que pasaba el tiempo, el flan se iba desmoronando y deshaciendo… El Padre, que estaba en todos los detalles, como digo, se dio cuenta enseguida y me preguntó qué pasaba. Cuando se lo dije se comenzó a reír y me comentó con aquella simpatía y aquella gracia que tenía que no me preocupase: ¡así sabría mejor y el postre estaría… “más fino”!

Nos quería mucho. Tuvo numerosas muestras de cariño con nosotros Cuando nació nuestra primera hija, Mamen, quedamos en que nos la bautizaría y Ángel fue a buscarle a Diego de León; pero hubo un malentendido de horas y fechas y san Josemaría se había marchado ya. Don José María Hernández Garnica, que fue el que atendió a Ángel, al darse cuenta de la confusión, se quedó desolado. Con Eduardo, el segundo, hubo más suerte y lo bautizó san Josemaría en la Parroquia del Pilar. Recuerdo que le pidió al organista que dejase de tocar durante la ceremonia para que los asistentes pudiésemos seguir bien el ritual. 

Recuerdo estas pequeñas cosas, que parecen sin importancia, porque san Josemaría era “un hombre de detalles”. El cariño, enseñaba, se expresa fundamentalmente en los detalles. Nos hablaba de Dios con gran visión sobrenatural y un gran sentido práctico: “nunca estaba en las nubes –recordaba Ángel- sino en el Cielo”.

En 1947 me puse enferma y los médicos me recomendaron reposo absoluto. Fue una época difícil para todos, especialmente para Ángel, que tenía que cuidar de mí y de los niños pequeños, aunque gracias a Dios, mis padres nos ayudaban en todo. Estuvo hablando con el Padre y con don José Luis Múzquiz, con quien se dirigía espiritualmente, que le confortaron mucho en aquella situación.

Un año después, en octubre de 1948, estuvo en unos Ejercicios Espirituales que predicó san Josemaría en Molinoviejo, y allí decidió entregarse a Dios en el Opus Dei. Fue uno de los primeros supernumerarios. Yo fui conociendo la Obra y tuve la alegría de pedir la admisión tiempo después.

En 1960 mi hija Mamen, estaba estudiando inglés en Rosecroft, en una Residencia de la Obra en Londres y el Padre tuvo un encuentro con un grupo de chicas que estaban allí. Mamen, por timidez, no se presentó, y cuando, después de irse de la Residencia, san Josemaría se enteró de que había estado allí, la llamó personalmente por teléfono para decirle: “Pero hija mía, ¡cómo no me has dicho nada, con lo que yo quiero a tus padres!”.

Y así, durante toda la vida. Todos los años nos felicitaba por Navidad o en acontecimientos especiales: en la boda de un hijo –tuvimos cuatro-, cuando nació nuestro primer nieto, etc. Yo no volví a verle hasta Octubre de 1972, en la Universidad de Navarra. Había mucha gente, y me acerqué, venciendo mi timidez. Muy emocionada, le besé la mano. Le pregunté si me reconocía y si se acordaba de que fue él quien nos casó:

-¡Pero cómo me voy a olvidar, hija mía! –me dijo con aquella simpatía desbordante que tenía-. ¡Si además, estás tan guapa como entonces… y mejor en otros aspectos!

Y a pesar de que había mucha gente esperando para hablar con él tuvo el detalle, como de costumbre, de tener un ratito de conversación con nosotros.