Un año después del Huracán Katrina

El huracán Katrina azotó los EE.UU. a finales de agosto de 2005. Más de 1.500 personas fallecieron y decenas de miles perdieron su hogar en Nueva Orleans. Algunos jóvenes que reciben formación cristiana en centros del Opus Dei acudieron meses más tarde para ayudar en la reconstrucción.

Iniciativas sociales

Se cumple un año desde que el 6º huracán más fuerte de toda la historia alcanzó el sur y el centro de los Estados Unidos. El día 29 de agosto, el ciclón tocó la costa de Luisiana convertido en huracán, con vientos sostenidos 280 km/h por hora. Se dirigía directamente hacia Nueva Orleans, y aunque en el último momento se desvió ligeramente de su ruta, produjo una gran devastación en esta ciudad y en los alrededores.

El 70% de Nueva Orleans se encuentra construída bajo el nivel del mar. La rotura de un dique que no resistió a la fuerza del Katrina provocó el desastre. Se estima que Katrina provocó la muerte a casi 1.500 personas.

Ante eso, los daños materiales apenas importan, aunque éstos también fueron elevadísimos: de unos 75 mil millones de dólares.

Del resto de Estados Unidos, y desde muchos otros lugares del mundo, hubo un gran movimiento de ayuda humanitaria. Sin embargo, todavía queda mucho por hacer en la reconstrucción de la ciudad.

IMPOTENCIA Y COMPASIÓN

Los voluntarios reciben formación cristiana en un centro del Opus Dei de Chicago.

Cuando un grupo de universitarios que frecuenta el centro del Opus Dei en Chicago contempló las imágenes televisivas del huracán, experimentaron la misma sensación de impotencia y compasión que tuvo la mayor parte del mundo; pero acentuada por la proximidad.

Meses más tarde, cuando el Gobierno estadounidense y los grandes grupos humanitarios habían realizado las tareas de ayuda más urgentes, aún quedaba mucho sufrimiento por aliviar. Este grupo de jóvenes de Chicago decidió viajar a New Orleans para cooperar en la reconstrucción de la zona. “Sabíamos que no íbamos a solucionar nada, pero queríamos traducir en hechos concretos nuestro sentimiento de solidaridad con los afectados”, explica Bill.

“Al llegar a la ciudad, dimos una vuelta para ver la situación en que se encontraba y visitamos las partes más afectadas por el huracán. Impresionaba ver vecindarios totalmente desolados, con las viviendas deshabitadas y los edificios vacíos; y eso que ya habían transcurrido varios meses desde el paso del Katrina”.

Eran conscientes de que su ayuda no era más que un grano de arena en un desierto, pero personalmente les estaba transformando. Ayudar a los demás, cambia la vida.

“Por la tarde nos dividimos en tres grupos –continúa Bill-. Mi equipo trabajó con mucho empeño en la demolición interna de una casa en una de las zonas más afectadas. Nuestra tarea consistía principalmente en quitar los tabiques de las paredes, que estaban muy dañados por el agua”.

PINTURA Y DEMOLICIÓN

“Durante estos días, entre pintura y demolición, pude comprobar cómo el espíritu de servicio de todos los del grupo iba en aumento”. Eran conscientes de que su ayuda no era más que un grano de arena en un desierto, pero personalmente les estaba transformando. Ayudar a los demás, cambia la vida.

“Un día sucedió algo emocionante: el dueño de una casa en la que estábamos trabajando apareció de repente. No sé si alguna vez se os pasado por la cabeza cómo os sentiríais si de un día para otro vuestro hogar fuese reducido a un montón de ruinas... La cara de agradecimiento de aquel hombre por el trabajo que estábamos haciendo decía todavía más que sus efusivas palabras”.

'El contacto con esta situación dolorosa para tantas personas y el ejemplo de generosidad de otras nos han ayudado a reflexionar: a descubrir la importancia de ser generosos con Dios'.

Además de ayudar los demás, esos días fueron una oportunidad para tratar más a Dios, en la Misa diaria y en ratos dedicados a la oración.

“Al final, tuvimos ocasión de pasear de nuevo por la ciudad y comprobar que, aunque todavía queda mucho por hacer, se está recuperando poco a poco de esta catástrofe. Por la tarde, después de la Santa Misa, tuvimos una tertulia relatando las anécdotas del día. A la mañana siguiente, agotados pero contentos, salimos de vuelta a nuestras respectivas ciudades”.

“Para todos ha sido una experiencia inolvidable –concluye Bill-. Removía ver a tantas personas venidas de los lugares más recónditos para ayudar, y el enorme agradecimiento de los lugareños. Varios chicos del grupo me comentaron que el contacto con esta situación dolorosa para tantas personas y el ejemplo de generosidad de otras les habían ayudado a reflexionar: a descubrir la importancia de ser generosos con Dios y la felicidad que obrar así proporciona”.